Las joyas de los Romanov

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Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gamés pensaba en la mentira, esa forma del conocimiento sin la cual todos moriríamos de desesperación y aburrimiento. Así se enteró Gil de la existencia de Freddy Novelo, un personaje espectacular y notable coleccionista yucateco.

Freddy ofreció una exposición inigualable de Los tesoros de los Romanov.

El gobierno de Yucatán, amante del arte, pagó por ver la exposición en cualquier nada: tres milloncejos para mostrar al público yucateco las joyas de los Romanov.

No es poca cosa lo que ofrecía Freddy Novelo, caray, una colección de joyas perteneciente a la dinastía de los zares de Rusia. Ver un anillo de Miguel I tiene su chiste, y qué decir de las piedras preciosas de la casa Romanov, que extendió su poder a través del siglo XV. Y resulta que los gobiernos de Campeche, Jalisco y Sonora también compraron la exposición única de las piezas de los Romanov. Y Freddy Novelo inauguraba aquí y allá de traje oscuro, tomaba vino de cavas selectas mientras lo fotografiaban con los gobernadores y los secretarios de Educación. ¿Qué le parece este collar ensimismado que usó Anastasia unos días antes de su misteriosa muerte, señor gobernador? Un deleite, estimado Freddy. ¿Y usted cree que mañana podría recoger el pago de los gastos de la exposición, señor gobernador? Ah, qué exquisitos pendientes, no dudo que Rasputín los haya tenido en sus manos.

Todo iba de maravilla hasta que la museógrafa Lucía Ruanova (de la dinastía de los Ruanova de Xcaret) sostuvo: “de ninguna manera la colección de arte ruso de Novelo merece los millones de pesos que han pagado los gobiernos de Yucatán, Campeche, Jalisco y Sonora en exponerla”. Según Ruanova, “en esa colección de cincuenta piezas no hay nada espectacular que justifique la exposición en el Palacio de Gobierno de Mérida”. Lo malo fue que al inaugurar la exposición la gobernadora Ivonne Ortega lució en el pecho el broche oriental de los Romanov.

Gamés vio la fotografía en su periódico Reforma. Papelazo. Gobernadora, le habría dicho Freddy Novelo, hágame el honor de lucir esta noche el broche imperial de la princesa Aleksandra Iosifovna. Ay, no, Freddy, cómo cree. Sí, Ivonne, usted nada le pide a la dinastía Romanov, de hecho se parece a Iosifovna. Y, mole, que se pone el broche imperial.

La pregunta que se hace Gil es la siguiente: si las piezas no son auténticas, ¿de dónde vienen? Muy fácil: Freddy se dio una vuelta por el Monte de Piedad y compró una buena colección de joyitas en remate.

Éstas parecen las joyas de los Romanov. Gumaro, le diría a su ayudante, nos vamos a hacer una exposición exquisita en gira por los estados de la república. Entre las joyas más preciadas de Freddy se encuentra el Huevo del invierno azul, que el yucateco genial atribuye a Peter Carl Fabergé. Lucía Ruanova jura y perjura que es falso.

En Mérida, Novelo le contó a Lucía Ruanova de su relación con Charles Rockefeller. Freddy sostiene que Rockefeller murió en sus brazos y le heredó su colección de 2 mil 500 objetos de arte, joyas y documentos. Ruanova afirma que la versión de que Novelo y Rockefeller se conocieron en París cuando ambos estudiaban historia del arte es falsa, pues Novelo carece de títulos académicos.

Freddy enfrenta una demanda que se ha extraviado en los laberintos de la justicia yucateca, y la gobernadora quisiera extraviar la fotografía en la cual luce el broche imperial. ¿Qué sería del mundo sin seres extraordinarios como Freddy y sin mujeres crédulas como la gobernadora de Yucatán? El broche imperial, qué maravilla.

La frase de Nietzsche se abrió paso entre las piezas falsas del amplísimo estudio de Gil: “La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano”.

Gil s’en va

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