Pessoa, el escritor ocultista

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Foto: larazondemexico

Por Gerardo De la Concha

El Sol animaba la tarde en ese muelle de Lisboa. De pronto, la bruma invadió el lugar. Un hombrecillo vestido de negro, con el sombrero calado hasta las orejas, esperaba impaciente. Había atracado ya el vapor Alcántara. En el venía un viajero especial, uno de los magos más importantes de su tiempo: Aleister Crowley (1875-1947), quien se hacía llamar la Bestia 666. Era el mes de septiembre de 1930.

Bajó por las escalerillas del barco, robusto y calvo, envuelto en una capa oscura y acompañado de una bella joven alemana, Hanni Larisa Jaeger, espigada e impasible. Crowley vio al hombrecillo de negro y a grandes zancadas se acercó a él y le dijo a modo de saludo:

—Pero ¿qué idea ha sido esa de enviarme una niebla para allá arriba?

Fernando Pessoa (1888-1935), se quitó el sombrero, sonrió tímidamente y de manera galante besó la mano de la muchacha, quien lo miró curiosa:

¿qué clase de mago era este personaje tan esmirriado e insignificante? Cómo contrastaba con la personalidad de Crowley, cuyo cuerpo albergaba además a varios personajes interesantes como Master Terion, Lord Boleskine, el Príncipe Chou Kun y el sabio Li Yu.

Diligente, Pessoa encargó se transportara el equipaje de los visitantes, a quienes condujo en un taxi al Hotel Europa. Estaba resignado y sereno, a pesar de haber tenido miedo de este encuentro. Consultó previamente el Tarot, hizo preguntas al péndulo, estudió su horóscopo. Todo ello lo había tranquilizado, podía superar la prueba.

Su temor nació cuando Crowley le anunció su visita a Lisboa con el propósito de conocerse personalmente. Este interés surgió de una carta de Pessoa quien observó un error en la carta astral publicada en las Confesiones de Crowley. Le escribió entonces en inglés al gran mago, quien de inmediato reconoció los conocimientos astrológicos del poeta portugués.

Pessoa no quería relacionarse más estrechamente con el fundador de la Orden Golden Dawn, por una razón muy sencilla: el mago británico era satanista, practicaba la magia negra y demoníaca. El autor del Primer Fausto creía, por su parte, en la magia blanca. ¿Podía haber sido un conjuro la repentina aparición de la neblina? De alguna forma sintió la coincidencia como una protección hacia su persona.

Ese otoño iba a estar marcado en su vida por esta visita. Crowley había sido expulsado de la Golden Dawn por intervención de uno de sus iniciados, el poeta W. B. Yeats. El escándalo era el compañero constante de su vida. Su viaje a Lisboa no iba a ser la excepción.

Además de jugar ajedrez con Pessoa y confirmar sus amplios conocimientos esotéricos, el mago británico se dedicó a hacer turismo en compañía de la bella muchacha alemana. Sin embargo, unas semanas después hubo un incidente, un pleito resonante de la pareja al parecer surgido de algún malentendido en una operación de magia sexual. Por tal motivo el Hotel Europa los corrió de sus instalaciones. Se vieron obligados a hospedarse en un sitio de menos categoría y, de pronto, cansada ya quizás de los rituales demasiado intensos de Crowley, Hanni Larissa Jaeger puso pies en polvorosa.

A pesar de ser un mago negro de alcurnia, Crowley sentía el rechazo como cualquier enamorado infeliz. Ideó entonces un falso suicidio para llamar la atención de Hanni. Y para ello solicitó la colaboración de Pessoa, cuya adicción a la magia blanca y, sobre todo, la experiencia de su propia vida, lo hacía proclive a entender los enredos del desamor.

Así pues, en un acantilado de nombre la Boca del Infierno dejaron una pitillera y un mensaje: “No puedo vivir sin ti. La otra Boca del Infierno va a devorarme, aunque no será tan ardiente como la tuya, tú Li Yu”. La policía interrogó a Pessoa sobre los indicios del suicidio. La prensa de varios países se ocupó del asunto. Dos agentes especiales británicos volvieron a interrogar al poeta portugués. Después se sabría del rastro de Crowley persiguiendo a la alemana huidiza.

Fernando Pessoa fue un creyente y practicante del ocultismo. Públicamente defendió a la masonería y a los rosacruces contra una ley de la dictadura de su país para prohibir a las sociedades secretas. Pero más allá de ello, de sus creencias y sus posturas políticas, su ocultismo se expresó en su capacidad creadora a través de sus heterónimos Alberto Caiero, Ricardo Reis, Alvaro Campos y Bernardo Soares.

La poesía —de igual manera que las doctrinas ocultas—, intenta establecer las correspondencias entre lo de abajo y lo de arriba, entre la naturaleza y el misterio, entre el hombre y lo sagrado. La poesía es una forma de la magia.

Sin entender su vínculo con el ocultismo no se puede comprender la obra de Pessoa.

Anarquismo

(Fragmento)

La noche y el caos forman parte de mí.

Me remonto al silencio de las estrellas.

Soy el efecto de una causa del tiempo,

del Universo [quizás lo excedo].

Para encontrarme, debo buscarme entre las flores,

los pájaros, los campos y las ciudades,

en los actos, las palabras y los pensamientos de los hombres,

en la noche del sol y las ruinas olvidadas de mundos hoy desaparecidos.

Cuanto más crezco, menos soy.

Fernando Pessoa