Especial
Ayer, jueves, a las 10 de la mañana, Editorial Mondadori me entregó Yo no vine a decir un discurso de Gabriel García Márquez: debo confesar que comencé a leerlo a las 10 y 5 y no lo solté hasta dos horas después, exactamente a las 12 y 5 del mediodía más triste de mis lecturas: me di cuenta que el libro se había acabado. Se me fueron como si nada los 22 “discursos” (¿?) y las 154 páginas de un texto que aumenta mis amores por el autor de El coronel no tiene quien le escriba. Siempre me pasa lo mismo.
Siempre todo se detiene ante la prosa del célebre hijo de Aracataca.
Recuerdo que leí sin parpadear, durante un día seguido, El otoño del patriarca. Tenía 16 años y me sumergí en las páginas de Cien años de soledad con un entusiasmo sólo comparable a los ardores de eros que comenzaba a frecuentar por esas fechas de pubertad. Crónica de una muerte anunciada: Santiago Nasar, Ángela Vicario, Bayardo San Román, Los hermanos Vicario y Plácida Linero me hicieron pasar una de las noches más felices y perturbadoras de mi vida: noviembre, 1981. Ahora me ha sucedido igual. Ayer regresé al júbilo del lector que se enfrenta a la página untada de voces para atravesar otra vez los azogues. “La soledad de América Latina” (Suecia, 1982), “El cataclismo de Damocles”( Ixtapa-Zihuatanejo, 1986), “No estoy aquí”(La Habana, 1992), “Mi amigo Mutis”(Bogotá, 1993), “El argentino que se hizo querer de todos” (Ciudad de México, 1994), “Botella al mar para el Dios de las palabras”( Zacatecas, 1997), “La patria amada aunque distante”( Medellín, 2003)… Ayer de 10 y 5 de la mañana a las 12 y 5 del mediodía entré a la comarca del ensueño. En estos tiempos de manuales experimentales en los que las palabras son esclavas de incongruencias, Yo no vengo a decir un discurso nos devuelve a la cartografía del gozo. El autor de Vivir para contarla ha venido a recitarnos 22 fábulas. Un loro rojo, violeta y amarillo —encaramado en un arcoíris— ilustra la portada. Sólo resta darle las gracias al narrador que tantas veces nos ha hecho felices.