Píntalo. Con un pincel delgado,
con color bien ligero. Pinta
El reflejo del sol sobre las aguas,
En su fondo piedrecillas que sueñan. (…)
- Luis Cernuda-1
Preguntarse qué es la pintura no sólo ha articulado el lenguaje de Vladimir Cora sino también le ha otorgado a éste, un aspecto de progresiva radicalidad que, al ver en retrospectiva su trabajo, parece culminar con una afirmación casi literal de la desnudez de lo pictórico. Y es en el veleidoso y convulso mundo del arte contemporáneo, de México, pocas trayectorias han sido tan solidas y serenas como la del pintor y escultor Vladimir Cora, que se dio a conocer en la década de los sesenta y que, más de cuarenta años después, sigue a lo suyo sin que haya mermado el interés por lo que hace. La vocación comienza con un llamado. En este sentido, habiendo fijado Cora su identidad artística inicial en una concepción analítica de la pintura, no ha dejado de evolucionar, en primer lugar, durante los años de 1970, afrontando una dimensión más figurativa y barroca de lo pictórico, de atmósfera muy romántica, y, más tarde, durante la de 1990, depurando sustractivamente su lenguaje hasta transformarlo en una visión cada vez más, vamos a decirlo así, "concreta y sintética". La siguiente década a partir del año 2000, su obra se ha ido despojando de cualquier certeza y seguridad, esenciando los parámetros de los cuales se ha construido. Permanece la impronta de sus construcciones cromáticas sobre la superficie de la tela, el rastro emocional de las figuras y los gestos, las sombras de esas figuras de luz que se aben en el color. También, queda, - sus cuadros Entre un laberinto y un espiral (2001); Magnolia entre mangles (2002); La modelo (2004); La visita (2009); Las tres gracias (2005); Bañistas (2007); Autorretrato (2007); La silla amarrilla (2008), son un claro ejemplo de trabajos significativos del momento-, la ambigüedad de unas formas que son pensadas y sentidas a la vez, pues en ellas no sólo está recogida su estructura formal, su esencialidad, y desde luego, su estricta inmanencia. Su pintura no lo muestra: lo dice, lo grita. Por eso la obra de Cora se sitúa en esos años en un punto de equilibro fugaz de los contrarios, “en un punto donde – dice el poeta José Ángel Valente- por un instante, coexisten lo pleno y lo vacío”.2
Cada una de sus obras es una aventura estética: encuentro y desencuentro. Tiempo y memoria. En realidad, desde hace más de cuatro décadas, Cora ha alisado la superficie pigmentada, no sólo convirtiendo las figuras y los gestos en apenas una impronta patinada, sino neutralizando los campos de color, que parecen como barridos cromáticos poéticos. La influencia que en este proceso ha tenido la experimentación de la escultura y de otros materiales, como las técnicas gráficas, y desde luego, el dibujo, han sido claves para encontrar su propio territorio estético. Al pintar traza dibujos; su mano pinta, su memoria traza signos. Es un arquitecto invisible.
A la manera de un renacentista pero con la conciencia esencial de su tiempo, Vladimir Cora se sumergió en lo más profundo de la forma y la materia, para desarrollar sus diversas series de autorretratos, que son de alguna manera un juego de espejos de él mismo. Como esos ejercicios caligráficos que a fuerza de repetición nos procuran el dominio de la figuración, Cora no ha escatimado esfuerzos a la hora de dotarse de recursos técnicos y expresivos, en especial el dibujo y la gráfica. Su conocimiento exhaustivo de la perspectiva científica, de los principios que rigen las leyes de la proporción y la mesura o, entre otros, de las gradaciones y combinaciones cromáticas, le permitieron emprender con plenas garantías su emotiva y profunda interpretación y reconocimiento del mundo. Preferencias que nos descubren una doble pasión: el impulso poético y la voluntad del orden.
Me siento dios por un instante: os veo
a él, a ti, al mar, la luz, la tarde.
Todo lo que contemplo vibra y arde,
y mi deseo se cumple en mi deseo…3
Esa forma de mirar, cercana y a la vez reflexiva, es la que unifica todos sus trabajos. Cora es un caso único en México, pues su línea al momento de autorretratarse es un ir y venir de una contemplación inédita constante. Esa mirada y una misma libertad, una incuestionable intuición para hacer de un simple motivo, metáfora de la unidad de lo existente. Desde sus formas femeninas, cabezas, animales, plantas, faunas, y paisajes, Cora ha desarrollado una de una época determinante y sugestiva en su trayectoria, en un período que abarca del 2000 al 2009. Como un ceremonioso ritual que se repetía cada instante, el artista realizó incontables dibujos -primero al carboncillo y luego con pinceles y grafito-. Cuadros como: Desnudo con dos cabezas (2001); Cabeza y figura (2001); Cocal (2003); Tres gracias en el novillero (2005); Señorita con espejo (2006); Colibrí (2007); Tres gracias con una litera (2008); Tres gracias nocturnas con autorretrato (2008); son una advertencia de su encuentro no sólo con la figuración “renovada”, más poética, sino también la recuperación de su encuentro con el arte precolombino, y sobre todo, con el color de Refino Tamayo, Ricardo Martínez, María Izquierdo y Francisco Toledo. En efecto, la forma –color, siempre controlada, pasa del bicromatismo temprano a un efectismo cromático más complejo, puesto que sobrepone colores primarios a sus complementarios e incluso enfrenta tonalidades de una misma gama de color. Azules, verdes, amarrillos transformados en signos anaranjados, al igual que los rojos dan vida a un eficaz espectro en ocres para crear sus formas, sus espacios imaginarios. Figuras que nos invitan a la imaginación, a descubrir el asombro permanente. ¿Hacia dónde? Al aquí y al allá de la creación del artista.
Vladimir Cora ha sobrepasado con creces los límites de esa naturaleza sobria en la que inició sus tanteos con la realidad más prosaica para alcanzar esa excepcional libertad en la que se forjaron sus últimos cuadros titulados simplemente Autorretratos, que de alguna forman, convergen en su pasión por la forma de cabezas y sus apósteles. Contemplativas y de un dinamismo visual que oscila entre la contención formal y esa vibrante energía que aplicaba a la ejecución de cada composición, hoy sabemos que esas pinturas rigurosamente teñidas de la calidez del gesto humano, tienen una deuda de gratitud con el dibujo. Tiene este conjunto de telas recientes y su serie de grabados una marca de vida y de calma, un aire amable que no es inflexión de postrimerías sino naturalidad de cauce ya hecho, de torrente que discurre sin obstáculos. Dibujos que manifiestan, mediante esa especie de condición líquida, el goce de vivir (de existir en el tiempo) y de crear, que traslucen la plena experiencia sensible de las cosas y el posterior trasvase al redil enmarañado de las ideas. Tal amabilidad es abiertamente visible en los temas (horizontes marinos, mínimos bodegones ante la ventana, composiciones de espacios en la noche).A lo largo de casi de cuarenta años de creación, Vladimir Cora nos conduce por su claro ideario estético, aquel que responde a un complejo y meditado análisis de las sensaciones, especialmente de aquellas relacionadas con la especialidad, el cromatismo y la forma.
Sé que debo ir lejos
atravesar la ciudad y luego
más allá, hasta que sea hora de ir
a caminar largamente por el bosque…4
En ese atravesar el bosque, como dice el poeta sueco Tomas Transtrômer, Cora va buscando y encontrando grandes superficies vacías, que muchas veces
encuentra en el paisaje como unidad espacial de infinitas incidencias plásticas y el diálogo constante entre lo circundante y los esquemas visuales que la realidad posibilita son las coordenadas básicas de una obra a la que se ha despojado de todo elemento distorsionante para manifestar, sólo, aquellos impulsos significativos que proporcionan estados de máxima. En ellas lo íntimo se hace más patente hasta conseguir que las formas manifiesten su expresión más pura. La no presencia de los elementos, la superación de lo tangible a la búsqueda de realidades sensitivas que marcan las rutas de lo ausente, de aquello que se presiente, de la ausencia, del silencio, del vacío que acusa una imagen recordada, en definitiva, el alma de una ciudad llena de espiritualidad y magia, puesta en evidencia con unos mínimos rasgos, llenos de solvencia plástica y formal.
La fase creativa de la década del 2000 al 2009 quizá sea la más madura y decisiva de la obra de Vladimir Cora, en la que más retos se están planteando: el equilibrio entre una depuración representativa que roza la abstracción y la inserción de un universo particular de signos que remiten a motivos visibles; el cruce entre el color y el dibujo (la línea imperfecta, el círculo, configuran aquello que remite al signo, al motivo); la ampliación del cuadro como ventana a un exterior que es interior y como universo particular casi infinito. “El espacio no es una extensión – dice Octavio Paz- sino el imán de las Apariciones”. Quizá es en estos años donde el artista busca el equilibrio formal, la aparición de lo invisible. Equilibrio y dinamismo. Tal vez Cora podría decir como el genial violinista Menuhin: “Mi vida se ha gestado en la creación de utopías”.
*Este texto pertenece al libro Vladimir Cora: Arenas del trópico (Editorial Black Coffee, México, 2017). Se presentó el viernes 1 de diciembre del 2017 en el marco de la Feria Internacional de la Feria del Libro de Guadalajara.
1 La realidad y el deseo, Luis Cernuda. Cátedra, Madrid, España, 1990.
2 Elogio del calígrafo. José Ángel Valente. Galaxia Gutenberg, Barcelona, España, 2001
3 La música y yo. Ángel González. Editorial Visor, Madrid, España, 2002
4 El cielo a medio hacer. Tomas Transtrômer, Nordicalibros, Madrid, España 2010.

