“No me gusta la ópera y, en realidad, ni siquiera escucho música”, confiesa el artista y activista Ai Weiwei (China, 1957) en los primeros minutos del documental sobre su puesta en escena de la obra de Giacomo Puccini (1858–1924), Turandot, en el Teatro de la Ópera de Roma. La declaración convierte al filme en un enigma en sí mismo, replicando el motivo central de esta historia. Como los pretendientes de la princesa, la audiencia debe descifrar las razones que llevaron al aclamado artista a aceptar semejante desafío.
Tuvo total libertad para reinterpretar la ópera. La única directriz de Carlo Fuortes, entonces director general del teatro, fue ofrecer una visión contemporánea y en sintonía con su trayectoria de opositor al régimen chino. “Todo es arte; todo es política”, leemos en el texto que abre el documental que ya se ha presentado en festivales de cine. Son palabras que resumen la postura vital del artista y que, como veremos, funcionan también como clave de su aproximación a Turandot. El filme, dirigido por Maxim Derevianko, invita al espectador a seguir paso a paso el proceso mediante el cual Ai Weiwei va encontrando puentes entre la ópera y su propia expresión artística.
- El Dato: En el montaje de Turandot de Ai Weiwei se puso una gran pantalla en la que se mostraron videos de migrantes que intentaban atravesar el mar para llegar a Europa.
El libreto original —escrito por Giuseppe Adami (1878–1946) y Renato Simoni (1875–1952) para la última ópera de Pu -ccini— se sitúa en un Pekín imaginado y cuenta la historia de la princesa del título, una mujer fría e implacable que, para evitar el matrimonio, exige que sus pretendientes resuelvan tres acertijos; quien no lo logre, será decapitado. Sólo uno se atreve a intentarlo, Calef, un príncipe persa exiliado. Esto termina por remitir inevitablemente a Ai Weiwei a su propia condición, la del migrante. A la vez que pone de relieve el autoritarismo que sigue definiendo a la China contemporánea mostrando imágenes del arresto del artista en abril de 2011 en el aeropuerto de Pekín.
El documental Turandot de Ai Weiwei arranca con la llegada del artista a Roma en el fatídico marzo de 2020. Antes de que se declare la pandemia, asistimos al proceso típico en el montaje de una ópera: cantantes, músicos, el director de orquesta, diseñadores de vestuario y tramoyistas comparten con la cámara su visión sobre la importancia de Turandot. Hablan en un lenguaje que dominan y comparten entre sí, mientras Ai Weiwei se aproxima con sigilo, respeto y con curiosidad casi antropológica, pero sólo observa.
Sin que se defina del todo la visión del artista, el proceso se detiene por la irrupción del Covid-19. El teatro debe cerrar sus puertas por primera vez en más de 140 años y la ópera queda pospuesta indefinidamente. Esta pausa forzada ofrece al documental la oportunidad de incorporar circunstancias contemporáneas que dan vigencia a la obra. Cuando los ensayos finalmente se reanudan, la película adquiere un tono militante, trazando paralelismos entre Turandot y los populismos actuales, y mostrando cómo estos terminan apropiándose de su propio relato.
Un hecho importante derivado del retraso obligado es que el director de orquesta Alejo Pérez ya no está disponible y es sustituido por la directora ucraniana Oksana Dyka, lo que aporta una mirada particular ya que en el ínter se produce la invasión de Rusia a Ucrania dándole un nuevo trasfondo a la obra.
Turandot se estrenó en 2022, la apoteósica música tiene un efecto electrizante en la audiencia y funciona como advertencia: mantenernos despiertos ante el avance del autoritarismo en el mundo. La emoción hace que, como el príncipe refugiado persa, sintamos que quizás también ahora… ¡venceremos!