LA FAMOSA calabaza convertida en carruaje, los ratones transformados en caballos, los valses, la zapatilla perdida y las hermanastras llegaron la tarde del domingo al Palacio de Bellas Artes con el ballet Cenicienta, a cargo de la Compañía Nacional de Danza (CND) que, tras más de una década, volvió al imponente recinto.
Con música de Sergei Prokófiev ejecutada por la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, bajo la dirección de Sylvain Gasançon, la historia de Charles Perrault se presentó con más de 70 artistas.
El público se transportó a la casa de Cenicienta, interpretada por Ana Elisa Mena, para después sorprenderse con la aparición del majestuoso carruaje y la transformación de la protagonista al pasar de su humilde vestimenta a un elegante tutú.

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Mientras que en la atmósfera del palacio destacaron los cuerpos de baile ejecutando precisos valses y los pas de deux protagonizados por Cenicienta y el príncipe Henry (Alejandro Hidalgo), que reflejaron los momentos más románticos.
Las cómicas interpretaciones de las hermanastras se robaron los corazones y risas del público, ya sea con sus interminables peleas para competir por el amor del príncipe, con su torpeza y poca gracia al bailar, sus gestos o sus caídas.
Aunque, en general, la producción con coreografía de Ben Stevenson destacó por la destreza técnica de los bailarines, no estuvo exenta de tropiezos apenas perceptibles para el público, como la caída de Ana Elisa Mena. Al final, los asistentes se desbordaron en aplausos. Las funciones continúan hasta el 3 de julio.


