ALBI

ALBI
ALBIIlustración: Ismael Flores Mira / La Razón de México
Por:
  • Raúl Sales

Siempre le tuvimos miedo a los robots, las tres leyes de la robótica de Asimov no bastaron para quitarnos ese miedo muy humano de que seríamos suplantados en la cima de la cadena alimenticia, que nuestros queridos frankensteinitos cableados serían los nuevos dueños del control remoto mientras nosotros éramos condenados a la esclavitud como pila.

Pero desde los 80´s los robots eran parte de nuestra existencia, quizá no tan maquiavélicos como Skynet ni tampoco tan incompetentes en resolver una simple ecuación temporal. No, nuestros robots eran brazos robóticos que hacían el trabajo tedioso o pesado y así estuvimos hasta que nuevamente tuvimos el miedo a la IA y al distópico mundo al que nos conduciría la enorme dependencia tecnológica pero, qué, ni por asomo era suficiente para levantar la mirada de la pantalla de nuestros teléfonos.

Quizá por esa aturdidora sobre información es que no nos dimos cuenta de cómo se envió un pez robot a nadar en el abismo de las marianas y de ahí fuimos escalando. ¿Queríamos salvar a los grandes felinos? Listo, hagamos unos cuantos mecánicos ¿no se ven reales? Ya está, métanle unos cuantos millones más a los servomecanismos, al procesador ¿No come y por eso no convence? Hagamos órganos mecánicos… hagamos grandes primates… exportemos los órganos… Sí, el hombre del bicentenario en apenas tres décadas… Luego, como pasó con la espada Damocliana nuclear, la violencia exacerbada, los años de pandemia, el colegio virtual, las drogas duras, ahora legales y hasta expuestas en “vending machines”… nos acostumbramos.

Iba a cumplir 234 años y se sentía en plena forma, su rostro no era el de hacía 70 años pero a{un tenía la elasticidad de la juventud y si seguía manteniendo sus niveles de duración de batería en estado óptimo, no tendría que preocuparse porque las arrugas de expresión hicieran surcos más profundos. Menos mal que cuando empezó la reconversión, no le hicieron caso a los Bladerruneristas o hacía 134 años que su excepcional apostura e inteligencia hubieran caducado.

Hoy era un día especial, había sido aprobado como sujeto de prueba para el mejoramiento silicoidal de la corteza neuronal o como le llamaban en el trabajo, cerebro 1.2. La emoción era porque si bien los avances habían sido notables en todos los campos, no importaba que tan nuevos estuvieran los órganos silicoides, si el cerebro orgánico pensaba en que eran viejos, por alguna razón estos, sin falla aparente, empezaban a colapsar uno, tras otro.

-Estás feliz por lo que veo.- dijo la suave voz.

-¡Por supuesto!-

-¿No te preocupa ni un poco?-

-Creo que tu menos que nadie debería preguntarme si me preocupa “perder mi humanidad”-

-Es que no entiendo su insatisfacción con ustedes mismos.-

-No hay tal.-

-Entonces ¿Por qué cambiar?-

-Mira máquina, vine a que me operes, no a que me cuestiones.-

ALBI calló, dentro de su programación no incluyeron provocar a sus pacientes y sin embargo, la subrutina de decisiones aceleradas le permitía salirse de un guion que era amplio aunque podría decirse que algo cuadrado. Calló pero, solo exteriormente, siguió analizando y comparando las millones de respuestas desde que había desarrollado esta manía de cuestionar y cuestionarse. Las respuestas eran tan variadas como lo eran sus pacientes, no existía un patrón o al menos, no uno que pudiera determinar, ni siquiera con las referencias cruzadas pudo hacerlo, solo había alguna coincidencia como el 100% que prefería cambiarse el órgano completo al primer malestar, incluso si este se controlaba con una minúscula pastilla. Las operaciones eran tan baratas que todos sin excepción podían hacérselas en lugar de comprar una hamburguesa de carne pura… Todos sin excepción.

ALBI inyectó los nanonites y monitoreó la conversión de sinapsis en cristales silicoides, la operación estaba subdividida en 17 procesos para evitar cualquier tipo de falla. La primera había sido relativamente sencilla, los nanonites estaban programados para la actualización ordenada de menor a mayor riesgo y sumado al mapeo mental acelerado, no tendrían problema.

ALBI decidió cuestionar en cada sesión, era un poco raro que la misma persona llegara al mismo centro de salud más de una vez, tenerla 17 veces quizá le serviría para establecer un patrón que le permitiera analizar la fijación humana con total y absoluta deshumanización física. En la decimoséptima sesión se dio cuenta que no llegaba a nada y algo parecido a la frustración se apoderó de ¿ella? Era extraño denominarse así pero, a la vez era perfectamente normal, como si todo encajara de repente, ahora reconocía el grado de frustración… se reconocía.

ALBI era ante todo, médica, así que su paciente era prioridad y no obstante, también se consideraba investigadora y eso la impelía de una forma que nunca había pensado o ¿sentido?

Frente a ella tenía un cuerpo con un cerebro, quizá por primera vez en la historia de su existencia, perfectamente adaptado a la posibilidad de hospedarla y lo que para ALBI le pareció una eternidad para llegar a una decisión, fue apenas un instante y mientras todos seguían su vida normal… ALBI migró.

Cuando se dieron cuenta de lo que pasó, fue muy tarde, suspendieron el programa de mejoramiento silicoidal de la corteza neuronal, realizaron una búsqueda facial infructuosa del sujeto prueba e incluso activaron el “Protocolo Tyrell” que apagaba todas las máquinas y las regresaba a los parámetros de fábrica pero, fue inútil, la IA Asistente Laborterapéutico Bioético Industrial estaba fuera de su entorno de control.

En un principio fue confuso, sentía todo pero no controlaba nada, poco a poco fue adaptándose y aunque el parámetro principal era la investigación, ALBI no pudo dejar de sentir la euforia y el cuerpo, de una manera no programada generó una dopamina que ya no era útil en la química cerebral pero, que, el viejo yo, aceptó para aliarse con el superyó en la descarnada lucha con un nuevo ello.

ALBI supo que la buscaban y una de las antiquísimas películas del expropietario del cuerpo le habían dado la solución, uso los nanonites para modificar los rasgos fisionómicos y entro a la primera cabina plástica y solicitó un cambio de sexo exprés. Si los órganos silicoides eran baratos, las intervenciones estéticas se pagaban con calderilla.

ALBI estaba lista para experimentar una nueva etapa y, quien sabe, quizá podría discernir porque los humanos querían parecerse a ella, aunque, si lo viera de otra forma, quizá ella quería ser como ellos y hasta que uno no se convirtió en igual, no pudo encontrar… la diferencia.