Aparece novela erótica guardada casi 30 años

Aparece novela erótica guardada casi 30 años
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Visita a México por estos días la narradora y ensayista costarricense Anacristina Rossi (San José, 1952), quien está considerada por la crítica como una de las voces más significativas de la literatura

centroamericana contemporánea. Fuertemente marcada por Anaïs Nin, los textos  instigadores de Rossi exploran las razones del placer desde una visión que cuestiona los prejuicios sociales contra la sexualidad natural femenina. Su novela María de la noche (1985) —Premio Nacional de Novela— traza un viraje  en la perspectiva de la narrativa de Costa Rica.

Circula en librerías Tocar a Diana (Alfaguara, 2019), la más reciente fábula de Anacristina Rossi, que aborda episodios de una mujer descendiente de la alta burguesía contra cuyos principios se rebela. El descubrimiento de los placeres corporales en la adolescencia la lleva a explorar los secretos de una pulsión sexual que la desborda en empalmes con la necesidad de amar. Estilo narrativo marcado por la oralidad en la apelación de imágenes  de  sugerente  belleza y descarnado naturalismo.

"Hay que romper con los prejuicios: las mujeres sienten un deseo más grande y orgasmos más grandes que los varones, eso fue medido. En ‘Los monólogos de la vagina’, se explica y se demuestraquelas mujeres sentimos más”

Anacristina Rossi

Narradora

“Esta novela estuvo guardada durante casi 30 años. Se la di a leer a una amiga y me acusó de pornógrafa: no me atreví a mostrársela a nadie más. Era muy joven y no estaba preparada para defender un texto que tiene mucho de autobiográfico donde expongo el descubrimiento de la sexualidad de una adolescente de la alta burguesía, quien rompe con los cánones establecidos por la familia al entregarse sexualmente a un primo mayor de edad quien pronto contraerá matrimonio. Imagínese el escándalo suscitado”, precisó en entrevista con La Razón, la escritora costarriqueña.

¿Claro influjo de Marguerite Dura, Anaïs Nin y Virginia Woolf? Escritoras fundamentales en mi formación. Pero, no puedo dejar de mencionar a Henry Miller, novelista que dejó huellas imborrables en mi visión del erotismo en la literatura.

¿Y el mexicano Juan García Ponce en obras como Inmaculada o los placeres de la inocencia, De Ánima...?   Fui una lectora precoz: recuerdo mis asombros ante el universo erótico de García Ponce, cuyos libros llegaban a San José.

¿Y el Georges Bataille de El Erotismo? Con Bataille aprendí los resortes de la trasgresión en el ámbito del erotismo.

¿Novela de aprendizaje en la develación de los itinerarios de las mutaciones, de la niñez a la vida adulta, de la protagonista? En ese sentido, se muestra la evolución, desarrollo físico, moral y psicológico de Diana. Novela de formación evocativa, agregaría yo. No olvidar que hay aspectos autobiográficos en ella.

¿Diálogo entre un psicoanalista y un personaje que ‘quiere cambiar’ frente a la aprensión que le provocan sus gestos sexuales? Estrategia narrativa abordada como la transcripción de una sesión de psicoanálisis. Lo interesante está en el desborde del yo. Digamos que el analista va guiando esta suerte de puesta en escena objetiva y descarnada.

Transposición de imágenes poéticas en un habla narrativa franca, presta y convincente... Sí, apelo a un naturalismo que se vale de imágenes poéticas para desdeñar vulgaridades. En Costa Rica llaman al sexo femenino con el nombre de ‘sapo’: yo utilizo una metáfora,  lo llamo “animalito baboso en mi entrepierna”.

Tocar a Diana

Por Anacaristina Rossi

Quién es Sergio?

Sergio era… bueno, es mi primo segundo. Lo veíamos todo el tiempo pues le encantaban las tierras del Caribe donde tenían fincas mis abuelos Tazio y después papá y tío Arnoldo que las heredaron. Lo invitaban a las fiestas y tertulias familiares como si fuera primo hermano. Mi padre lo adoraba porque Sergio, después de terminar agronomía y zootecnia, había sacado una maestría en administración de negocios, abriéndose así al futuro, según ellos. Estábamos en mil novecientos ochenta, la Thatcher había cambiado el orbe —para mal, opino yo— y un año después Reagan reforzaría el cambio y, aunque en Centroamérica las cosas llegan tarde, ya se veía venir que hacer negocios y ganar montón de plata iba a ser lo único esencial. Pues ese muchacho abierto al futuro, como decían papá y tío Arnoldo, participaba en nuestras fiestas, pero desde sus veintidós, veinticuatro años, del lado de los adultos. Tenía diez años más que yo.

Fue en una reunión familiar donde el tío Arnoldo. Acababa de cumplir yo catorce y andaba muy incómoda pues me habían empezado a crecer unos botones en el pecho antes liso; dos botones que no sólo me estorbaban sino que eran cuernecitos sensibles que con sólo que algo los rozara me provocaban terribles ansiedades: ganas de correr llorando, de nadar desnuda, de montar a caballo sin los pantalones, de oír canciones de Lola Beltrán. Mamá me compraba camisetas ceñidas con el pretexto de que papá estaba pasando una pésima racha en sus negocios y eran las más baratas. Con eso era imposible disimularlos. A la fiesta donde tío Arnoldo llegamos papá, mamá, mis hermanos y yo directamente de la estación de tren, veníamos de nuestra finca predilecta: Santamaría, en el Caribe. Yo les rogué que me llevaran a la casa para cambiarme la camiseta por un vestido suelto, flojo, pero papá había dicho: “¡No! ¡Ya estamos atrasados!”

Mi vergüenza no les importaba en lo más mínimo.

Recuerdo que saludé y me fui a encerrar en el estudio de tío Arnoldo. Tomé Orlando furioso y me recosté en el sofá y abrí el libro. Siempre agarraba el mismo libro, ilustrado por Doré. Empecé a hojearlo, echada.

El estudio daba a un cuarto de baño y alguien salió.

Fragmento tomado del libro.

Tocar a Diana

Autor:

Anacristina Rossi

Género: Novela

Editorial: Alfaguara, 2019

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