ESPERA

ESPERA
ESPERA
Por:
  • Raúl Sales

El dolor de cabeza es tan intenso que no tolero ni ver el celular, la pantalla, por tenue que esté, se sienten como agujas ardientes a través de mis ojos. La televisión es solo para escuchar algo, lo que sea, cualquier cosa que sirva para llenar el silencio de una habitación donde la soledad de la enfermedad es lo único que te alivia al mismo tiempo que te carcome.

Los minutos se alargan en el dolor y a pesar de ello, los disfrutas pues en tu cabeza aletea la duda de si serán las últimas entradas de la bitácora de tu existencia.

No aguanto más, no han pasado ni 5 horas de las 8 que tengo que esperar para tomarme la pastilla, pero, en estos momentos me importa más la incapacitante cefalea inmediata que cualquier episodio cirrótico posterior así que me la tomo, lo que sea para bajar este dolor que lleva más de tres días de manera continua.

Aún con dolor, lo único que hago es pensar, pensar en lo que hiciste o dejaste de hacer y te sorprende la larga lista de arrepentimientos, de decisiones que, a lo lejos se ven obvias pero que en ese momento estabas cegado, las oportunidades que no tomaste por comodidad, desidia o simple y llana estupidez, los amores que perdiste, los que no mereciste ni bien, ni mal. Carajo, no soy un cúmulo de experiencias sino un vertedero de malas elecciones. Bueno, no todas, el rostro de mi amor surge regañándome entre las penumbras y el de los rapazuelos atrás de ella, imaginarlos me hace pensar que no estuve tan mal después de todo y, entonces, la angustia por ellos se materializa como una pesada criatura que se sienta en tu pecho a morderse asquerosamente los pellejos de las garras sonriendo maliciosamente mientras los mastica haciendo ruidos que compiten con tu jadeo por la falta de aire.

Me coloco el oxímetro en el dedo índice mientras rezo cada oración que conozco para que mi familia se encuentre bien, no soy el más fiel o fervoroso creyente, soy pecador reincidente y, aunque me falte humildad, seguro más decente que muchos que se golpean el pecho con total cinismo, pero, no soy quién, ni es el momento para ponerme a juzgar. Dicen que solo cuando estas a punto de verlo es que te acuerdas de Dios para pedir una prórroga en tu fecha de caducidad.

Me levanto con dificultad mientras el piso se mueve como si fuera cama elástica, llego al baño y me siento para orinar, es más cómodo así y no hay nadie en derredor que ponga en entredicho mi hombría y si así lo hicieran, que lo hagan pero que vengan a ayudar a levantarme de la taza, error, no debí sentarme… me arrastró de regreso y me tiendo en la cama a ver el reloj correr y esperar y esperar y pensar y… pensar en lo peor.

Minutos, horas, días, semanas, todo se convierte en una bruma atemporal, creía que la vacuna sería suficiente y caí en la trampa y justo antes de caer escucho que las condiciones preexistentes son causales, o sea “no culpes a nada de lo que tú tuviste la culpa” y bien, la hipertensión es culpa mía, la diabetes también, el estrés, la falta de dinero, el pleito con hacienda pero, nada importa, al menos pagué las tarjetas me digo y luego me pregunto ¿para qué? Para una urgencia suena la voz de MaJe en mis oídos con un tono de reproche pues desde que me casé vengo pagando las mismas tarjetas… Los desvaríos del tiempo, el miedo atemperado por lo mundano, la soledad convaleciente… maldito bicho.

Esto quizá sirva para eliminar todos mis absurdos, sé lo que importa y por eso me aislé, entiendo el sentido del tiempo pues me di cuenta de lo que desperdicié, cosas insignificantes como el aroma del café o tu guiso favorito ahora sabes lo importantes que eran y lo terriblemente importante como el dinero ahora sabes que no compra ni salud, ni tiempo, ni el amor con que me nutren a la distancia y sin el cual enloquecería… más.

No le dices a nadie excepto a los que debes y aún así se enteran, te avergüenza, no la enfermedad sino el haber sido tan descuidado como para contagiarte y cada mensaje te lo recuerda, cada llamada, cada buen deseo y con la vergüenza en el rostro, una lágrima corre porque te sabes amado, porque hay gente que se preocupa por ti, porque quizá si no la libro, no dejarán solo a los rapazuelos… es terrible la soledad y el llanto en ella.

¡El bendito eucalipto! El aroma es tenue aún en el concentrado frasco de esencia pero ahí está, lo que antes hubiera molestado por la intensidad es apenas un ligero toque de olor y mis fosas nasales lo absorben mientras me alegra la tarde. Gracias… es todo lo que surge en mi mente. Gracias a todos… gracias a todo… gracias a Dios.

Por primera vez en semanas, me subo al auto y manejo, me toca consulta y mientras espero en el estacionamiento del hospital a que el neumólogo me reciba pienso en lo afortunado que soy y en la triste pérdida de queridos amigos, de primos, de familia de mis amigos y le marco a los niños por video, los veo y siento una caricia en el alma. Ahora sé a quienes le importo pero, más importante aún, que es lo que importa.

¿Qué importa? Importan todos, importa todo lo que das por sentado, el pequeño goce de un rayo de sol, de una brisa de mar, del abrazo de tus niños, el beso de tu pareja, el tiempo de los demás, el tuyo ante los demás. Somos iguales siendo distintos y en este escrito, escribo para mí por ti, porque sé que perdiste, sé que duele, sé que crees que no puedes más, que la ausencia agobia, que el espacio vacío en el corazón nunca se llenará pero, cada uno de tus seres queridos pensó en ti, por ti se aisló y te agradeció el amor… espero que regrese a ti aquí, así como yo pero, si se adelantó, dile a las estrellas que pasen un mensaje “espérame en la vereda estelar bajo un frondoso árbol que te de sombra, espérame sin prisa pues ya conoces la eternidad, espérame haciendo cosas importantes como cerrar los ojos y relajarte en una tarde de otoño, espérame que yo también tomaré el mismo camino y ahí, cuando me veas, salúdame en las distancia y sigamos caminando juntos”… Espera…