Viernes 16.04.2021 - 23:54

REAL DE SALINAS

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REAL DE SALINAS
Por:
  • Raúl Sales

La carretera era solitaria, contrariamente a la autopista principal, saturada de viajantes, autobuses, carcachas destartaladas que parecían perros viejos emocionados por salir al parque antes de fallecer, este angosto camino en línea recta, casi invadido por la selva tropical lo convertía en un túnel verde, el camino terminaba abruptamente como si los constructores se hubieran aburrido o se hubieran dado cuenta de que después de mucho ir y venir, solo se llega al mismo lugar, que puedes huir de todo pero no de ti, que no importa cuantas vistas cambies, siempre las ves con los mismos tristes ojos.

Descendí del auto, uno que había dejado uno o dos amortiguadores en la travesía y que en cualquier otro momento me hubiera dado coraje el estado del pavimento pero, que hoy, justo hoy, era indistinto. Frente a mi estaba el camino pero hundido entre raíces de mangle, entre las ramas alcanzaba a distinguir la costa de un mar sin movimiento y de un inusual color rosáceo.

Seguía sin saber que hacía ahí, las historias de mi infancia del Real de Salinas nunca fueron factor de dejar todo el mañana a la venia de Dios para visitar el ayer olvidado y dejado de la mano de la misma deidad.

Como pude pasé, mis zapatos no eran del tipo de calzado usado para este tipo de actividades, no eran impermeables, no eran de las mil vueltas de agujeta para no perderse, eran unos zapatos normales que tuvieron su último adiós pegados en un charco de sal marina del cual, al dar el paso ahí quedó y lo que yo daba por raíces de manglar eran troncos petrificados y el manglar vivo esquivaba la condena de sal del camino para rodear por el aire y simular que no caminabas sobre la salación.

Cuando llegué a los cascotes de construcciones otrora orgullosas casas de potentados de sal, supe que me había llevado ahí, una necesidad de reencontrar mi pasado para entender mi presente y poder ver un futuro que no era más que bruma difusa.

Aún se vislumbran algunas tejas francesas en los pocos techos que permanecen, quizá si este poblado hubiera estado en otro lugar, la vegetación lo hubiera cubierto hasta hacerlo indistinguible de la muralla verde pero, entre los charcos de sal no cosechada, la vegetación no se atrevía ante el riesgo de perecer y el rosáceo brillo de los cristales de sal marina amplificaban el sol raja piedras del trópico, sol arriba, resolana abajo y un aroma sobrecargado a salitre. Nada vivo en derredor y sentía que nada vivo quedaba en mí. Quizá debiera contarles la traición de amores que me trajo aquí, el corazón deshecho en añicos, en polvo, en la absurda y terrible forma de amar sin ser amado de vuelta… pero, no, tampoco es que estuviera aquí por ella, aunque fuera ella la precursora de dejar todo y salir justo en semana santa, en el peor momento para abandonar la ciudad,

Fui desprendiéndome de traje conforme bajaba al sur y subía la temperatura, no sé porque puse en el gps “Real de Salinas” quizá, por las historias de papá sobre la familia, quizá quería ir a uno de los últimos recuerdos de él, refugiarme en la memoria de su abrazo cálido…

-Hola.- Su voz me sobresaltó, pues pensaba estar en medio de la soledad.

-Hola.- Contesté con educación mientras mi cerebro se reponía del sobresalto y analizaba a la mujer de larga trenza negra y vaporoso vestido blanco.

-Hacía mucho que no venias.-

-Sí, hacía mucho.- Mi respuesta salió antes de pensar en cómo carajos sabía que no había venido en décadas o peor aún, cómo sabía quién era.

-Muchas preguntas y conoces la respuesta desde la primera vez que nos vimos.-

Su sonrisa disipó el temor de que supiera quien era y estuviera, en todo sentido leyendo mis pensamientos. La sonrisa era cálida, encuadrado en un rostro bello con espesas cejas negras sobre el curvilíneo cuerpo mostrado cuando la brisa pegaba la vaporosa tela a la piel.

-No me acuerdo. Perdón, pero no sé tú nombre.-

-Nombres, nombres ¿Acaso el sol es menos cálido por el nombre? O ¿El beso es menos dulce y suave por solo tener cuatro letras? Los nombres son una forma muy burda y simplista de querer clasificar lo que somos, tenemos, queremos, deseamos o sentimos. Somos lo que somos y no tenemos que ponerle nombre pero, si te sirve de algo, llámame Ixchel.-

-¿Cómo la luna?-

-La luna es blanca como la sal.-

-Ixchel será.-

Digamos que me vacié, Ixchel decía conocerme, yo no la recordaba y estaba seguro que de haber conocido a una mujer tan hermosa como ella lo último que me hubiera pasado era dejarla en el olvido pero, no era su hermosura lo que me tenía cautivado, era la forma en la que había logrado que un tipo tan reservado y huraño como yo, estuviera hecho un ovillo sobre su regazo, llorando a moco tendido mientras su fría y blanca mano acariciaba mi cabello como una madre, como una amiga, como una amante, como todo a la vez y nada al mismo tiempo pero, yo estaba ahí, cuidado, protegido y limpiando con lágrimas saladas, el escozor de mi ego, la lástima de mi autoestima, el dolor de amores y la sal de la herida.

El sol se ponía y el rosado mar se tornaba rojo y la playa de sal reflejaba llamas, y el cielo guiñaba el ojo ante el adiós de uno y la llegada de la otra.

-Adiós. Gracias por visitarme.- Dijo Ixchel mientras se levantaba.

-¿A dónde vas?-

-A donde siempre voy.-

-¿Te veré otra vez?-

-Siempre me ves aunque no esté.-

Esperaba que se metiera al mar y rielara de plata hasta escalar a la bóveda pero, no fue así, solo despareció en mi parpadeo y eso fue, quizá lo más normal en ella.

Dicen en Celestún que Real de Salinas está embrujado, que por las derruidas casas, se ve a la Ixtabay deambular buscando almas incautas de hombres a los cuales enamorar y atormentar. Yo sigo sin saber si la Ixtabay se encontró con un hombre atormentado o si la luna se encarnó para visitarme o si lo soñé o si la sal que ha sido el conductor de vida de civilizaciones completas y destructor de imperios, emporio de familias y condena de salud, era el conducto de la vida del mar y la muerte en tierra, el recuerdo constante de que el exceso acaba. No lo sé pero, mientras veo la noche estrellada y la luna trazando un arco sobre mí, recuerdo a Ixchel y como tuve que viajar 2500 kilómetros para encontrarme, huir de todo para llegar al mismo punto, de escapar del llanto provocado por una mujer para terminar llorando sobre el regazo de otra, de entender que soy un grano de sal en un blanca playa pero que, puedo ser tan peligroso como desee o tan bueno como me dejen.

Quizá lo soñé pero, en esta playa blanca de sal con la espuma salpicando por el romper de las suaves olas de un mar rosáceo y una luna llena cambiando todo el color a plata azulada, uno sabe que no es lo que se ve sino lo que se siente, que no es lo que se prueba sino el recuerdo que queda, que no es amor hasta que… se llora por ello.

Es sal…