Silis luce, mas no convence en epílogo de la temporada

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Foto: larazondemexico

De lo alto, el fuego del día en la arena; y en medio del remolinar de la tarde lapizlázuli de abril se respiraba ya el epílogo de esta temporada grande, tildado por la empresa “Corrida de triunfadores”, con una ganadería que llegó flaca de mansedumbre, de un hierro San Marcos otrora legendario, que en esta última cita de toros en la Plaza México deslució entre grandes banderilleros y la ansiedad claroscura de los disímiles coletudos.

Tango abrió plaza, de sombrero descarado, de casi la media tonelada exacta, cárdeno claro, nevado. El carifosco fue para Fabián Barba, oro en turquesa, un pretexto nada más para dar una cátedra de faena de aliño, pues ni haciendo repetir en la capa a su animal, ni Omar Morales y su buena mano, se pudo hacer algo por la docilidad del astado de Jalisco, en el que acaso un par de doblones y derechazos en el discurso del hidrocálido pudieron sobresalir antes del derrumbe .

A su primero lo quiso matar por suerte contraria, pero acabó en pinchazo, dejando desprendida la toledana en un segundo viaje descontrolado. Con su segundo, Clásico, 545 kilos de un girón enmorrillado, pero bien bajito, tampoco fue la tarde para Fabián, que de nuevo cayó en la arena, envolviéndose en su manta: puya a toro parado, tres malos pares de rehiletes, con la muleta sólo enteró al de San Marcos de medias embestidas, y bien desprendido con la espada, a apesar de dejarla entera al primer viaje.

Niebla en torno a Pepe Murillo, con el mismo vestido del domingo anterior, le tocó Sombrerero, ejemplar cárdeno claro de Valparaíso, que con sus 513 kilos llegaba parchando el cartel. Chincolo lucero, alto de agujas y bien corto de fuerza, que ya en manteles se vino abajo, escapándose luego de la pica Juan Carlos Paz, y sufriendo los pares resplandecientes de palitroques con que Gerardo Evangelino puso de pie a los trescientoscincuenta espectadores.

Con buenos y contados muletazos deletreados, y ante un debilucho que se tumbó con parsimonia durante casi 10 minutos, no sombra de irse de hombros. Tampoco con su quinto de la alta tarde, 543 kilos de Rockero, meano zaino, delantero de pitones, enmorrillado, pudo ver la luz para el recién doctorado, a pesar del astado, a pesar de la pegada en alto de la aguja de Luis Miguel González, o el quite vistoso e incomprensible con el que quiso agradar el joven espada.

Lo único destacado de este segundo para Murillo fueron los aplausos para Pascual Navarro por su igualado juego de arponcillos con mucho riesgo. No obstante el muletero quiso signar con unas bernardinas valientes sin conexión con los tendidos, y de pinchazos se fue arrastrando su tarde hasta una medio y muy presionado espadazo, con el que se inventó una vuelta al ruedo inmerecida.

Juan Luis Silis, malva trasnochada en bordados oro, vio cómo a su suerte se la llevaba el viento. Romántico, 510 kilos de colorado, ojito de perdiz, alto enmorrillado, bocidorado y cornivuelto le lució en los lances de a verónicas, pero no paró de tirar arreones a pesar de los dos varazos que pidió de desfleme. Ya con la sombra comiéndose el escenario, el de la espada tardó en entrar al lomo de un toro aún entero.

El cierratemporada Salsero, cárdeno claro, nevadito, 493 de pitones bien delanteros, hizo crecer momentáneamente la corrida y a Silis. Con sentidos trincherazos en los medios, un martinete de altura, y una serie larga de derechazos inmensos, fajándose al toro por molinetes, hizo ver gran final de la grande, sin embargo los dos pinchazos al noble y soso burel de Valle de Guadalupe, sólo le valieron la vuelta al ruedo a este rendido matador.

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