180 grados después

La vida cotidiana en la Ciudad de México y su zona metropolitana —antes y después de la pandemia—,
desmiente convicciones o prejuicios con la velocidad que los tiempos imponen. En unas cuantas
décadas, parte de aquello que desbordaba lo permisible o se consideraba, inclusive, un tabú, se ha vuelto
cada vez más normal o aceptable —como el consumo de la marihuana o la afición a los tatuajes.
Entre el desasosiego y la alegría, este repaso ancla otra conclusión de Bob Dylan: “Quizá lo mejor será no estorbar”.

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Bob DylanFuente: aliexpress.com / concreterep.com
Por:
  • Rogelio Garza

Yo sí estaba en onda… pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es onda. Y la onda de onda me parece muy mala onda… ¡Y te va a pasar a ti!

El abuelo Simpson

Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura. Fue la señal inequívoca de que las cosas habían cambiado ciento ochenta grados. Para mi novia fue “God The Save The Queen”, de Sex Pistols, en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Pero en 2016 cruzamos al punto sin retorno en nuestra caída horizontal. ¿Quién iba a creer que el cantautor contracultural de The Times They Are A-Changin’, aquel poeta pacheco que encabezó la rebelión juvenil con una guitarra de palo, iba a recibir el Premio Nobel de Literatura? La piedra rodante del camino convertida en un monumento cultural. La canción cae como lluvia profética en tiempos inclusivos de Tik Tok y reguetón: "Vamos, madres y padres de toda la tierra / y no critiquen lo que no pueden entender / Sus hijos e hijas están más allá de su dominio / Su viejo camino envejece rápidamente / Por favor, salgan del nuevo si no pueden ayudar / Porque los tiempos están cambiando".

LA BATALLA MUSICAL

Una de las arenas más visibles de la confrontación generacional siempre ha sido la música. Ahí se dan los encontronazos entre Los Anticuados, el grupo incapaz de entender los nuevos estilos y carente de la sensibilidad para sentirlos, contra La Juventud Divino Tesoro que busca identificarse, expresarse y divertirse. En ese coliseo movedizo ahora hay una batalla cantada entre el rock y el reguetón con todos sus derivados. El argumento del rock para allá es que el reguetón no es música, sino ritmo elemental y parloteo sexista. Y el de allá para acá es que el rock está muerto. Dos extremos absurdos que se tocan la corneta. Sí, con la edad te vuelves conservador y reaccionario, inevitable como los achaques corporales. Ahí está la vaca sagrada de John Lydon —antes Johnny Rotten—, haciendo el ridículo por Trump e impartiendo cátedra de estilo patrocinado por Banamex.

Los nuevos dinos nos oponemos al cambio, pero también nos resistimos a la extinción. Ciento ochenta grados después, al igual que los terraplanistas, los antivacunas y los covidiotas, la reguetoñiza proclama que Bad Bunny es el Bob Dylan del siglo XXI y que el rock ya murió, ignorando que la música no muere ni se destruye, sólo se transforma. Al rock lo han dado por muerto desde 1959. Será un muerto que se pasa de vivo porque sigue bailando, aunque no en la pista principal del Spotify. Las discusiones, críticas y mame que causó la serie Rompan todo duraron más de cuatro meses. Es demasiado tiempo y el debate fue muy intenso para que el rock esté muerto.

Después del tostón ando desorientado, un rucker sin brújula. Dejé de ser el que hace la fiesta, ahora soy el que toca en piyama para exigir que le bajen al volumen

De verdad, solía estar en sintonía con la cultura juvenil, más forever que Angelo Papeto. Pero después del tostón ando desorientado y nostálgico, me siento un rucker sin brújula. Dejé de ser el que hace la fiesta, ahora soy el que toca en piyama al vecino para exigir que le bajen al volumen. No tengo la dicha ni la vocación de tener bendiciones, nunca he lidiado con adolescentes intransigentes y mucho menos los entiendo. Me ofrecí como voluntario con fines puramente periodísticos y me expuse tres meses a la discografía de su líder espiritual: Bad Bunny. Este texto se escribe bajo los influjos de su ritmo, para tratar de encontrarle una emoción o una razón, de sentir y entender qué le oyen tantxs millonxs de chamcxs y algunxs cuarentonxs ridículxs que también le ponen al lenguaje inclusivx para estar a tono. Lo dejo sonar como acostumbro, que fluya mientras hago lo que suelo hacer; si la música tiene algo que decirme, tarde o temprano lo hará. Pero después de un par de horas no surte ningún efecto, salvo el hartazgo del sonsonete y una que otra rima ingeniosa, nalgona y sabrosa. Pero mi patita no agarra el flow. Estoy fuera de contexto. Ell@s sólo están en lo suyo, pasándola chévere, así como tú ere’. Eso sí, nunca se les ocurra dar una opinión sobre BB a sus seguidorxs, lo primero que hacen es ofenderse y victimizarse, antes de hacerte saber que eres un viejo pendejo y obsoleto con un ya siéntese c ñor.

Más allá de lo musical está la incoherencia de su extraña clase de moral & corrección política, más guangas y palomeadas que mis calzones Rinbros. Muy dignos y con una mano en su celular cancelan a los artistas, obras y personajes que, de acuerdo con su criterio, gustos y fobias, merecen ser borrados del mapa. La censura del nuevo conservadurismo. Pero al mismo tiempo encumbran a personajes sexistas nivel “Dákiti” como Bad Bunny, nombrado en 2020 el Mejor Compositor del Año por la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores (ASCAP). Feministas empoderadas y orgullosas de su cuerpa han hecho de Instagram y Tik Tok una galería de mujeres semidesnudas que también pintan o hacen yoga, bailando aquello de “Mira puñeta, no me quites el perreo”. Lo siguen y defienden con fanatismo. En su música pude percibir la urgencia de sexo y dinero lo más rápido posible, como lo canta en “Maldita pobreza”, “Hoy cobré”, “200 Mph” y “Caro”. Un ritmo pegajoso entre el reggae y el rap muy bien tuneado y producido para perrear. No dista mucho del tradicional sexo, drogas y rock, pero tenía otro significado, la rebelión y la liberación. Eso ya no tiene sentido. Es la distancia entre “Girl From The North Country” y, por ejemplo, “Safaera”: "Perreando e’ la bichota / Se ve que chinga rico en la nota / Yo quiero tirarme una selfie con esa nalgota’ / Parao’, parao’, parao’ lo tengo, se me nota / ¿Qué vamo’ a hacer con esa nalgota’?". Así el Dylan moderno. No obstante, ese choque generacional ha desaparecido en otros asuntos que solían ser espinosos en el seno familiar, como fumar marihuana y hacerse tatuajes.

180 grados despuésFuente: pixabay.com

MI AHIJADO Y LOS GALLOS

Como ustedes, crecí en la cultura de la prohibición y la satanización de las sustancias que alcanzó su nivel más paranoico, histérico y siniestro en la Guerra contra las drogas. Ir a armarla y pachequear siempre ha sido un riesgo. Por su puesto, en diversas ocasiones he sido torcido por posesión. Hasta se oye satánico, es el peor malviaje. La cosa dio un giro cuando en varios países comenzaron a despenalizar y a normalizar el consumo de la marihuana. Y, de paso, a restringir y satanizar el de tabaco. Acá, con nuestras sempiternas décadas de atraso en estos asuntos, apenas estamos gateando en despenalización y consumo medicinal. Acostumbrados a vivir en la ilegalidad y la marginación familiar y social por los hábitos como el de fumar hierba o consumir otro tipo de sustancias, hoy saca de onda que fumarla sea más permisivo, saludable, correcto y cool que prender un cigarro. El tabaquismo le ha salido muy caro a la salud pública y es completamente inútil.

A la yerba y sus derivados, en cambio, todos los días le salen beneficios para la salud, la medicina, la economía, la industria y, claro, el relax y el vacilón. Antes se fumaba y se comía a escondidas, en el rol del hipócrita, en el corrillo sospechoso, tenías que estar al pendiente de la gafa, la tira y el petate. Ahora existe una galaxia de formas para consumirla en todos los estados de la materia. La pipa y el bendito jíter fueron desplazados por los vaps. En vez de armar tu huato vas a la tienda y compras los cartuchos con aceite de THC sin ningún dope. No huele y hay un menú con variedad de estados de ánimo y sabores. La marihuana tampoco es la misma. De la panteonera prensada en tabique a la que nos tenían acostumbrados bajo la consigna de la peor hierba es la que no hay, pasamos a las hidropónicas índicas y sativas de calidad y potencia excepcionales. Aunque el precio también es excepcional. El ingenio del pacheco es prodigioso para inventarse formas de consumir su planta.

Y más me sorprendió mi ahijado, estudiante Químico Fármaco Biólogo. Hace unos meses empezó a cultivar marihuana para hacer CBD como parte de sus estudios. De pronto su casa se llenó de plantas, tenía unas de campeonato. Lo fui a visitar cuando cumplió veinte años. Estábamos en el jardín, con la sana distancia, y de pronto sacó una ziploc —el verdadero negocio de las drogas— con unos cogollos curados de sus plantas. Contuve la respiración cuando me la regaló. “¿Quieres que te ayude a forjar unos?”. Me quedé frío. Mis compadres sonrieron alzando los hombros con cara de así las cosas. Y me salió mi abuelo Simpson: “Cómo han cambiado los tiempos”. Con mano temblorosa tomé la bolsa y, como en La creación de Adán, de Miguel Ángel, mi ahijado y yo conectamos el material. Fue un momento sublime, extraño y memorable. La marihuana dejó de ser contracultural hace muchos años. Pero qué rica es.

A la yerba y sus derivados, en cambio, todos los días
le salen beneficios para la salud, la medicina, la economía, la industria y, claro, el relax y el vacilón

ELLA SE LLENA DE TATUAJES

Para hacerte un tatuaje en la Ciudad de México hace treinta años tenías tres opciones: La Lagunilla, El Tianguis del Chopo y Tepito. Si ibas al Chopo un sábado por la mañana con el legendario Piraña, el punk colocaba dos bancos tras un tendedero de sábanas y ahí te rayaba con una máquina hecha por él mismo. También hacía sus agujas y diseños, en vez de tapas utilizaba corcholatas para las tintas y a veces usaba china. Todo lo desinfectaba en una solución clorada, pero no dejaba de ser un volado en esas condiciones. En los noventa estábamos en plena guerra contra el sida, en la cruzada del condón, y el uso de agujas compartidas era —y sigue siendo— un asunto de alto riesgo. Al Piraña lo conocí en playa Zicatela durante un viaje del que sólo recuerdo el primer tatuaje. Años después regresé con él, cuando ya estaba instalado en el estudio Evolution. El otro lugar para rayarse era un estanquillo en Tepito, donde tatuaban el Socio y el Fer, dos tipos llegados de Los Ángeles con máquinas y manos profesionales. Después caí con el Chakal, Azael y el Shit entre los años 91 y 94.

Lo que siguió en casa tras la pregunta “¿Te hiciste un tatuaje?” fue un largo silencio que duró días. Les cayó como bomba y no sabían lidiar con eso, así que optaron por no decir nada y dejarme tranquilo. También siguieron nueve tatuajes. Es común que, después del primero, los demás lleguen solos. Seguramente había otros sitios en la Ciudad de México, todos ilegales, hasta que se realizaron las primeras expotatuajes y comenzaron a abrir los estudios formales en 1995, como el de Danny Wakantanka, pionero del arte corporal moderno en México. Así empezó el proceso de regulación, legislación y aceptación. Pasaron décadas para que la sociedad mexicana aceptara los tatuajes abiertamente. Eran motivo de rechazo social en todas partes y discriminación escolar y laboral. Además del acoso policial. Te hacías los tatuajes con la total desaprobación y resignación familiar.

Hoy es completamente distinto. No es necesario arriesgar ni desafiar nada para hacerte un tatuaje. Ahora haces una cita y vas a un estudio en Polanco, la Condesa o en cualquier plaza comercial. Si lo prefieres, el tatuador va a tu casa y lleva su kit profesional: máquina, agujas nuevas, tintas brillantes, joyería gruvi, guantes de colores. De hecho, hoy existe una sobrepoblación de tatuadorxs como las plagas que hubo de diyeis y youtubers.

Lo curioso es el giro que han dado los tatuajes en esta familia. No sólo se acepta cariñosamente la bendición con sus rayones y perforaciones, sino que se le subsidia y motiva para los siguientes. Los tatús ahora se comparten y comentan en familia y sin Chabelo. Sucede en la casa de Claudia, su hija de veinte años se hace un tatuaje por semana. Una joven amiga suya que estudió para tatuar va a su casa. Se volvió el deporte familiar de los viernes. En algún punto durante estos treinta años sucedió la conversión entre la publicidad, el cine, la tele y la farándula. Ya no es mal visto. No es motivo para ser desheredado, excomulgado ni rechazado en el empleo. Ya no sufres acoso policiaco. Ni malos tratos ni miradas molestas. Hoy es una moda muy bien asimilada, un maquillaje permanente. Conozco a mamás tatuadas que lo comparten con sus hijos, haciendo honor al meme del adolescente que se queja: “Me caga que estés de acuerdo con mi rebeldía”.

Tatuarse tampoco significa lo mismo. Ya no es el mapa de tu vida en la piel, sino una cuestión estética y ganas de atraer la atención a huevo.

Prácticas que solían estar prohibidas hace unos años ahora son perfectamente normales y legales, lo cual me alegra y me causa desasosiego al mismo tiempo. Quizá lo mejor será, como cantaba Dylan, no estorbar. Bueno, ya me voy a sentar.