PSICOGRAFÍA

No estacionarse en el chaflán

No estacionarse en el chaflán
No estacionarse en el chaflán Foto: Cortesía del autor

CERCA DE LA MEDIANOCHE suena el celular, un mensaje en el chat de vecinos. Otra vez la misma fuga en el estacionamiento. La semana pasada vinieron a repararla y tuvimos que evitar las descargas de agua durante casi un día completo para que pudiera secarse el material. Al administrador del edificio le gustan las amenazas, la intriga y los castigos. Quien se atreva a abrir una llave tendrá que pagar el costo total si la reparación vuelve a salir mal, nos dice a todos. Me aguanto las ganas de preguntarle que, en caso de que alguien no acate su orden, cómo va a enterarse de cuál de los departamentos lo hizo. Después del incendio y la avalancha de preguntas y respuestas sobre horarios y costos, el administrador deja una última advertencia de su parte: “Dejen por favor de estacionar sus coches en el chaflán”. Nadie responde.

Mientras me lavo los dientes busco en el celular lo que es un chaflán. Agradezco en mi mente al vecino inquisidor por ensanchar mi mundo. Entre las opciones que me da el menú del buscador puedo leer que en el reglamento de tránsito de la ciudad está prohibido dejar coches en ese espacio. Los chaflanes están hechos, entre otras cosas, para mejorar la circulación. En la entrada del diccionario digital de la RAE el ejemplo es muy claro: “Al llegar al cruce, el taxista se detiene en el chaflán”. Con una sencilla diagonal se corta una esquina y se crea una casilla vacía. Los del servicio de recolección de basura utilizan a diario ese espacio. En la fecha más reciente que ofrece la aplicación Google Maps de la vista de calle, el camión basurero se encuentra estacionado justo ahí, en el chaflán del edificio. Termino de lavarme los dientes y leo una última información de los chaflanes, los cuales también se conocen como ochavas, y es que el ensanchamiento que provocan en las calles funcionó en algunos lugares para colocar fuentes en los entrecruces.

ACABO MI BREVE LECCIÓN DE ARQUITECTURA y urbanismo y me preparo para salir con Lisa a nuestra más breve caminata nocturna. Pensar en los chaflanes me trae a la cabeza una frase que ha escrito Juan José Millás en su libro Ese imbécil va a escribir una novela: “los mejores negocios del mundo son los que dan a dos calles”. Escuché muchas veces a mis padres decir frases similares: “No hay como las esquinas”. Entiendo poco de negocios y de inmuebles, pero es una idea simple: en una esquina puedes tener dos entradas, dos fachadas, mejor entrada de luz; dominas virtualmente dos espacios. El recorrido con Lisa en la noche es de sólo una cuadra. Son tres o cuatro minutos en los que doblamos en cuatro esquinas, todas con sus chaflanes que sirven también para avisar que otros perros vienen. El olfato de Lisa es terrible y sólo se percata de la presencia de otros perros hasta que logra verlos. Sin los chaflanes la tomarían desprevenida en cualquiera de esas vueltas. A unos pasos del edificio veo salir al administrador, que suele bajar a la misma hora a pasear a su perra, una lobera de treinta kilos que se ha quedado ciega. Su olfato está intacto y le gruñe a Lisa. Ellos caminan hacia su izquierda y nosotros hacemos lo mismo. No hay como las esquinas.

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