Diversa Cultural

Diversa Cultural
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EL IRÓNICO FINAL DE FLAUBERT

El irónico final de Flaubert
El irónico final de Flaubert ı Foto: Especial

EMPOBRECIDO, SOLITARIO y agotado, muere Gustave Flaubert. En su nota necrológica, Zola comenta que cuatro quintas partes de Rouen no le conocían, y que la otra quinta parte le detestaba. Deja sin terminar Bouvard et Pécuchet. Dicen algunos que le mató el trabajo de la novela; Turguénev le dijo, antes de que la comenzara, que sería mejor darle forma de relato corto. Después del funeral, un grupo de acompañantes del féretro, entre los que se encuentran Coppée y Théodore de Banville, celebran en Rouen una cena de homenaje al escritor fallecido. Al sentarse a la mesa, descubren que son trece. Banville, muy supersticioso, se empeña en que busquen otro comensal, y envían a Émile Bergerat, yerno de Gautier, a rondar por la calle. Después de que varias personas se nieguen a aceptar su ofrecimiento, regresa con un soldado de permiso. El soldado no ha oído hablar nunca de Flaubert, pero arde en deseos de conocer a Coppée.

Julian Barnes, El loro de Flaubert, trad. Antonio Mauri, Compactos Anagrama, 1995.

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Extraño en la ciudad
Extraño en la ciudad ı Foto: Especial

EXTRAÑO EN LA CIUDAD

EL PEQUEÑO PUEBLO que se hacinaba junto a las murallas nunca se convirtió en una parte integral de la ciudad o del campo que se extendía más lejos, y una vez, mientras Wang Lung oía a un joven que arengaba a un grupo de gente en una esquina del templo de Confucio, donde todo hombre que se sienta con el coraje de hablar al público puede hacerlo, al oírle decir que China necesitaba una revolución y que debía levantarse contra el odiado extranjero, Wang Lung se escabulló alarmado, sintiéndose el extranjero contra quien aquel joven hablaba tan apasionadamente. Y cuando otro día oyó a otro joven perorar −porque esta ciudad estaba llena de jóvenes que peroraban− desde su rincón, y decir que China debía unirse y educarse modernamente, no se le ocurrió pensar que nadie estuviese hablando de él.

Pearl S. Buck, La buena tierra, trad. del inglés Elisabeth Mulder, Diana, 1969.

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Arte y curiosidad
Arte y curiosidad ı Foto: Especial

ARTE Y CURIOSIDAD

LOS ESCRITORES muy rara vez son “grandes artistas”; es mucho más frecuente que un libro no reclame el estatuto de obra de arte en absoluto. Tomemos como ejemplo las biografías y autobiografías, las vidas de los grandes hombres, hombres muertos y olvidados hace mucho tiempo, que se codean con las novelas y la poesía, ¿debemos negarnos a leerlas porque no son “arte”? ¿O debemos leerlas, pero de otra manera, con otro objetivo? ¿Debemos leerlas en primer lugar, para satisfacer la curiosidad que nos domina a veces cuando nos paramos al atardecer frente a una casa con las luces aún encendidas y las persianas sin correr, cuyas plantas de interior dan cuenta de distintos aspectos de la vida humana? Nos consume la curiosidad por la vida de esa gente: los sirvientes que chismorrean, los caballeros que cenan, la joven que se viste para una fiesta. […] ¿Quiénes son, que son, cómo se llaman, a qué se dedican, en qué piensan, cuales son sus aventuras?

Las biografías y las memorias responden a esas preguntas, iluminan un sinnúmero de casas de ese tipo; nos muestran personas que se ocupan de sus quehaceres cotidianos, que trabajan duro, fracasan, triunfan, comen, odian, aman, y finalmente mueren. Y a veces, mientras observamos, la casa se desvanece y las barandillas de hierro se esfuman y nos hallamos en mar abierto.

Virginia Woolf, ¿Cómo debería leerse un libro?, trad. Camila Ramírez Cuervo, ilustraciones Ji Hiun Yu, Libros del Zorro Rojo, 2025.

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La convicción en un relato
La convicción en un relato ı Foto: Especial

LA CONVICCIÓN EN UN RELATO

SORPRENDE EN CIEN AÑOS… el afán desmesurado que tiene G. M. por contárnoslo todo. Todo: lo maravilloso, lo cotidiano, lo increíble, lo sobrenatural…; y nos lo cuenta todo imperturbable, con “cara de palo”, mezclando y confundiendo las categorías: lo sobrenatural puede ser cotidiano, y lo cotidiano sobrenatural. […]

G. M. tardó mucho tiempo en encontrar el tono y el lenguaje para su novela, este tono que parece tan natural y por el que luchó muchos años. Él mismo, en su conversación con Fernández Brasó, nos explica sus problemas y cómo los resolvió: “Necesitaba un todo convincente, que por su propio prestigio volviera verosímiles las cosas que menos lo parecían, y que lo hiciera sin perturbar la unidad del relato. […] Tuve que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos, es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque les estuviera cayendo el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en la literatura no hay nada más convincente que la propia convicción”.

Carmen Arnau, El mundo mítico de Gabriel García Márquez, Ediciones Península, 1971.

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LOS PLATOS ROTOS

LOS AÑOS SE ACUMULAN como una tambaleante pila de platos. Cada una tiene sus imágenes, imágenes de pensamiento e imágenes de vida, y sobre el plato más alto me siento yo. Cuando la pila se derrumbe me caigo y me muero. Los platos están todos rotos, las imágenes esparcidas en trozos pequeños con los bordes afilados. ¿Adónde irán cuando me muera? Quizás al encuentro de gente que no está muerta, gente que va a encontrarse con esos fragmentos en sus mentes y no va a saber lo que significan. Mira, aquí está la luna, aquí hay montañas, aquí está el mar, aquí hay dos esfinges. […] ¿Y qué es el mundo sino trozos de imágenes?

¿Y quién puede ver una imagen completa?

Russell Hoban, Ven a bailar conmigo, trad. Andrea Palet, Sigilo editorial, 2025.

Los platos rotos
Los platos rotos ı Foto: Especial

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LO QUE LAS MUJERES ME ENSEÑARON

LAS MUJERES ME REVELARON que algunos lugares comunes, corrientemente aceptados entre los hombres, son moneda falsa; me educaron, ampliaron mi comprensión, me afinaron el tino y me ayudaron a distinguir lo que es auténtico de lo que no lo es.

Como siempre las quise, quedé bastante preocupado cuando una amiga, después de leer uno de mis libros, me reprochó la mala opinión que yo tenía de las mujeres. Quedé preocupado y hasta me pregunté qué podía esperar de mí, como escritor, si no lograba que hubiera coherencia entre lo que sentía y lo que expresaba. De tales perplejidades me sacó una novelista, al asegurar que en mis relatos me manifestaba como firme partidario de las mujeres. Esta gratificante aureola no duró demasiado, porque otra novelista, muy amiga mía, me explicó que las mujeres de mis relatos son tontas o “no existen”, con la excepción de una de mis heroínas, una tal Clara, “que es querible, pero no tiene alma de mujer”. Para reponerme un poco me dije, no muy convencido pero con el necesario coraje, que el escritor debe esperar tantas interpretaciones como lectores y que de nada vale aferrarse a la más adversa. Pensé también que la gente no lee, ni tiene por qué leer, todo lo que uno escribe.

Adolfo Bioy Casares, La otra aventura y otros escritos, Debolsillo, 2025.

Lo que las mujeres me enseñaron
Lo que las mujeres me enseñaron ı Foto: Especial