Una odisea al asombro. Un viaje por los orígenes de la ciencia ficción en el cine

Para un amplio público, la gran obra de ciencia ficción cinematográfica es la saga de La guerra de las galaxias, de George Lucas, estrenada en 1977 y cuya trama podríamos reducir a la lucha del Bien contra el Mal. Este ensayo que preparó Javier Solórzano Casarín para El Cultural nos conduce por las cintas y directores, antecedentes de un género productor de obras que combinan la intensidad psicológica con todo tipo de recursos tecnológicos cada vez más espectaculares

Una odisea al asombro. Un viaje por los orígenes de la ciencia ficción en el cine
Una odisea al asombro. Un viaje por los orígenes de la ciencia ficción en el cine Foto: Especial

Pensar en la ciencia ficción es aludir inevitablemente a las obras de George Orwell, Isaac Asimov, Philip K. Dick, Jorge Luis Borges, Ray Bradbury, Margaret Atwood, Cormac McCarthy y muchos otros gigantes de la literatura. En los universos que crearon, fundamentados por supuesto en nuestra realidad, imaginaron a nuestro planeta y a nuestra especie atrapados en una espiral dentro de la catástrofe absoluta. Pero también concibieron interminables posibilidades del viaje fantástico y de la exploración cósmica a lugares remotos y a los recovecos más misteriosos de la mente humana.

Javier Solórzano Casarín │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Javier Solórzano Casarín │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón ı Foto: Especial

No es mera coincidencia que la obra de todos ellos haya sido adaptada al cine y a la televisión. En la mayoría de los casos con formidables resultados.

Wikipedia define ciencia ficción así:

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Es la denominación de uno de los géneros derivados de la literatura de ficción, junto con la literatura fantástica y la narrativa de terror. Algunos autores estiman que el término es una mala traducción del inglés science fiction y que la correcta es ficción científica. Nacida como género en la década de 1920 (aunque hay obras reconocibles muy anteriores) y exportada posteriormente a otros medios, como el cinematográfico, historietístico y televisivo, tiene un gran auge desde la segunda mitad del siglo XX debido al interés popular acerca del futuro que despertó el espectacular avance tanto científico como tecnológico alcanzado durante todos estos años.

En el mundo de la cinematografía definimos a la ciencia ficción como un género en el cual los creadores (guionistas y directores) imaginan un mundo generalmente situado en el futuro, tanto distópico como representativo de un presente que se orillaba cada vez más hacia el precipicio. En muchas ocasiones se mezcla con otros géneros como el terror, la acción, el drama psicológico, la aventura y hasta el propio thriller, pero al paso de los años ha trascendido a algo más: a una profunda y cautivadora reflexión sobre la soledad, la individualidad, los peligros de la tecnología, las contradicciones de nuestra existencia y lo que significa realmente ser humano.

Con obras como El consolidador (1705) de Daniel Defoe, Icosameron (1788) de Giacomo Casanova, Frankenstein o el Moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley, Viaje al centro de la tierra (1864) de Julio Verne y La máquina del tiempo (1895) de H.G Wells, los pioneros del cine se inspiraron en la literatura universal, utilizando elementos centrales de la ciencia ficción para trasladarlos al nuevo y emocionante lenguaje visual.

El viaje a la luna (1902)
El viaje a la luna (1902) ı Foto: Especial

MUCHOS CONSIDERAN EL VIAJE A LA LUNA (1902) de Georges Méliès como la primera película (en formato largometraje) de ciencia ficción. No solamente fue el primer filme en desarrollar una historia narrativa con personajes ficticios, sino que soñó con las incalculables posibilidades del intelecto y del potencial humano. Dotado con el oficio de ser un mago profesional, Méliès sabía que la cámara de cine elaborada por los hermanos Lumière era el instrumento ideal para crear la ilusión de un mundo fantástico, capaz de simular la exploración de otros mundos y rincones del universo. Adaptando su propia cámara, se embarcó en filmar una película que llevaría a un grupo de excéntricos y valientes científicos a viajar a la luna. Algo inédito, que nunca antes se habría podido concebir en los primeros ejercicios de la imagen en movimiento, mucho menos en la fotografía.

Previamente se habían realizado algunos intentos por incluir la ciencia ficción en el incipiente medio cinematográfico, tanto por los hermanos Lumière como por el mismo Méliès, en el caso del último con un cortometraje titulado El ganso y el autómata, de 1897, donde se presentaba por primera vez la versión de un robot. Lamentablemente, el material original se perdió. Pero sin duda se puede estimar que El viaje a la luna fue la primera cinta en abrir una puerta al verdadero potencial de la cámara cinematográfica de no sólo retratar las ideas y la imaginación del ser humano, sino también consolidar los paradigmas que apenas comenzaba a tocar la ciencia ficción.

Frankenstein (1910)
Frankenstein (1910) ı Foto: Especial

En las siguientes dos décadas esta ambición se llevaría a lugares que romperían con todas las expectativas y preconcepciones de la época. Películas como la primera adaptación de Frankenstein en el año de 1910, vinculando a la ciencia ficción con el terror; 20,000 leguas de viaje submarino (1916), una adaptación de la obra máxima de Julio Verne y particularmente, Metrópolis (1927) de Fritz Lang —uno de los grandes directores de la historia del cine—.

METRÓPOLIS FUE, como dirían los estadunidenses, a game changer, algo revolucionario. Adelantada a su tiempo en su visión conceptual y estética, instituyó una nueva metodología técnica —empleando ilusiones ópticas combinadas con recursos visionarios como la perspectiva forzada: una técnica de composición visual que manipula la percepción del espectador para que objetos o personajes parezcan más grandes, pequeños, cercanos o lejanos de lo que realmente son, creando ilusiones ópticas mediante la colocación estratégica de elementos en cámara, para hacer que interactúen de maneras imposibles en la realidad; las pinturas mate: una técnica de efectos visuales para crear escenarios realistas, originalmente pintando sobre cristal para combinar escenas, permitiendo fondos inexistentes o caros, integrando fotografía para generar paisajes y mundos completos; y las miniaturas: maquetas a escala usadas para crear efectos especiales, representando escenarios, naves o destrucciones que serían costosas o imposibles de filmar a tamaño real, engañando al ojo del espectador con detalles, perspectiva y efectos de cámara para simular otras realidades.

20,000 leguas de viaje submarino (1916)
20,000 leguas de viaje submarino (1916) ı Foto: Especial

Metrópolis se convirtió así en una inspiración para clásicos como Blade Runner (1982), La guerra de las galaxias (1977), 2001: Una odisea en el espacio (1968), El quinto elemento (1997), Gattaca (1997) y las películas de Batman (1989-1992) de Tim Burton, e incluso para iconos de la cultura popular como el personaje de Superman (creado en 1938 por Jerry Siegel y Joe Shuster). Por obvias razones, la ciudad donde se lleva a cabo la acción del afamado superhéroe se llama Metrópolis.

LA CINTA DE LANG CUENTA LA HISTORIA de una ciudad futurista dividida entre la clase trabajadora y la clase aristócrata. El hijo del genio que concibió la ciudad se enamora de una joven profeta que pertenece a la clase obrera. Ella predice la llegada de una figura mesiánica que resolverá sus diferencias, pero esta unión sólo complica la situación. El género desde esos orígenes ya se concebía como un componente narrativo para discutir sobre la lucha de clases que aquejaba a las sociedades del mundo.

Metrópolis (1927)
Metrópolis (1927) ı Foto: Especial

La maestría de la película está en todas sus facetas narrativas y tecnológicas. El robot protagónico fue una influencia para el personaje del androide C-3PO en la primera entrega de La guerra de las galaxias, y el diseño de producción (claramente inspirado por el movimiento expresionista alemán) se nota en muchas películas del género de los años 80, 90 y hasta los 2000.

Antes se consideraba un pretexto para entretener a las masas el hacer relatos de cualidad fantástica, especulando sobre el espacio y la probabilidad de fabricar medios de transporte que pudieran volar

y cruzar el umbral de la atmósfera terrestre. De la mano de Metrópolis, cintas como Aelita: Reina de Marte (1924), una producción soviética del director Yakov Protazanov y otra del mismo Lang, titulada La mujer en la luna (1929), finalmente se le concedía una consideración formal a la ciencia ficción, como elemento dramático con atributos para reflexionar sobre grandes ideas y cuestiones de mayor complejidad.

2001: Odisea en el espacio (1968)
2001: Odisea en el espacio (1968) ı Foto: Especial

Se vislumbraba una intersección donde podrían coincidir estas aristas con el entretenimiento y el espectáculo. En los años 30, el terror y la aventura se hicieron una vez más aliados del género, y películas memorables como King Kong (1933) de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, una nueva versión de Frankenstein (1931) del aclamado director James Whale, La Atlántida (1932) de G.W Pabst, Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1931) de Rouben Mamoulian, Flash Gordon (1936) de Frederick Stephani, basada en la popular historieta de cómics, atraparon la imaginación y el asombro del público en Estados Unidos y en Europa.

La incorporación del sonido y la capacidad de filmar imágenes en movimiento abrió la puerta a un mar de posibilidades.

Solaris (1972)
Solaris (1972) ı Foto: Especial

EN LOS 50 SE DESARROLLÓ una corriente que se conoce como la edad de oro de la ciencia ficción. Incentivados por los éxitos de los 30 y los 40, los estudios de cine descubrieron en el género una mina de oro. Sumado a los importantes avances tecnológicos y el miedo a la Guerra Fría, disputada por las dos potencias mundiales del momento, Estados Unidos y la Unión Soviética, la ciencia ficción poseía como nunca antes la capacidad de convertir nuestros peores miedos y nuestras más descabelladas fantasías en una realidad.

SUMADO A LOS IMPORTANTES AVANCES TECNOLÓGICOS Y EL MIEDO A LA GUERRA FRÍA, LA CIENCIA FICCIÓN POSEÍA COMO NUNCA ANTES LA CAPACIDAD DE CONVERTIR NUESTROS PEORES MIEDOS Y NUESTRAS MÁS DESCABELLADAS FANTASÍAS EN UNA REALIDAD

Esa década presumió una abundante variedad de películas que invadieron las salas de cine. El día que la tierra se detuvo (1951) de Robert Wise, basada en El amo ha muerto de Henry Bates; La cosa de otro mundo (1951) de Christian Nyby y Howard Hawks, basada en la novela corta de John W. Campbell Jr.; La Guerra de los Mundos (1953) de Byron Haskin, adaptación de la mítica novela de H.G. Wells; Planeta prohibido (1956) de Fred M. Wilcox, una interpretación de La Tempestad de William Shakespeare, y La invasión de los usurpadores de cuerpos (1956) de Don Siegel, basada en la novela homónima de Jack Finney, no sólo jugaron el rol de una catarsis muy necesaria para las audiencias de un mundo abrumado por la amenaza de una guerra nuclear que acabaría con el planeta, sino que también subrayaban la alianza que se forjaba entre la literatura y el cine. La primera proveía ideas y descripciones vastas e ilimitadas, y el segundo potenciaba estos ingredientes a un “altorrelieve emocional, visual y sensorial”, cautivando a un público ansioso por ser perturbado hasta lo más esencial de su ser.

La guerra de las galaxias (1977)
La guerra de las galaxias (1977) ı Foto: Especial

Fue también en los 50 que vimos la llegada de otra arista de la ciencia ficción, una de las más populares hasta la fecha: el género de los monstruos. Ahora en una coyuntura universal, progresó y se convirtió en una propiedad intelectual. Como con King Kong a principios de los 30, la colectividad humana no podía evitar despegar sus ojos de la pantalla grande. Godzilla (1954) de Ishiro Honda, la creación japonesa de una especie de dinosaurio gigantesco que destroza ciudades enteras con sus pasos y el fuego que lanza, aterrorizó a la gente en su estreno y llegó para quedarse. Es actualmente uno de los personajes más populares del mundo. La posibilidad de escapar de la monotonía y la cotidianeidad nunca había estado tan al alcance de la gente común y corriente. Muchos géneros contribuyeron a esto, pero ninguno como la ciencia ficción.

PARA LOS 60 Y 70 ya dominaba no sólo al cine y la literatura, sino también a los cómics, a las novelas gráficas y a los juguetes de producción masiva. En estas dos décadas hubo varias figuras de suma relevancia, pero las que verdaderamente definieron el rumbo de la ciencia ficción y su inmensurable potencia como forma de arte y de entretenimiento fueron los novelistas Stanislaw Lem, Arthur C. Clarke y Anthony Burgess, y los cineastas Stanley Kubrick, Andréi Tarkovsi, George Lucas y Steven Spielberg. En las trincheras de la palabra escrita y el medio audiovisual lograron diseminar no sólo el asombro inherente al género, sino también el deseo profundamente humano de cuestionar muchas de las nociones e inquietudes básicas de nuestra existencia.

Sin duda, en el caso de los titanes de la taquilla, Lucas y Spielberg, el foco estaba puesto más en el deseo de contar historias asombrosas que mediante las emociones conectaran con un público que deseaba creer en la parte más generosa y positiva de la humanidad. Por algo los dos son reconocidos como los precursores del blockbuster, un estilo de cine comercial que atrae a la gran mayoría del público y que ha generado ganancias multimillonarias en taquilla. Películas como THX 1138 (1971) de Lucas y Encuentros cercanos del tercer tipo (1977) de Spielberg son obras con una factura visual y sonora extraordinaria —y qué más se puede decir de la legendaria música original de John Williams en Encuentros…— ambas formulan preguntas interesantes sobre la represión institucional y el rol del gobierno en las vidas de los ciudadanos pero al final, sobre todo en el caso de Spielberg, tienden a enfatizar la bondad humana y una cierta ingenuidad de que nuestros sueños y nuestros deseos por explorar nuevos mundos traerán consigo vivencias inolvidables. Las dos cintas son excepcionales pero el hecho de que la trilogía de La guerra de las galaxias (1977-1983) y E.T. El extraterrestre (1982) sean dos de los filmes más populares y taquilleros de la historia, evidencia que la mayoría de la gente prefiere ir al cine a divertirse y no a pensar.

E.T. (1982)
E.T. (1982) ı Foto: Especial

En el otro lado del espectro están las obras de Tarkovski y Kubrick que tienen elementos narrativos extraordinarios

—imágenes, secuencias, producciones y un diseño sonoro que apelan a nuestros sentidos y seducen nuestro intelecto. Pero la concepción de la ciencia ficción tiene que ver mucho más con una experiencia introspectiva.

2001: ODISEA EN EL ESPACIO de Kubrick está basada en el cuento “El Centinela” de Clarke e inspirada por “La nube de Magallanes” de Lem, y es considerada no sólo como una de las grandes películas del siglo XX sino también como una de las grandes obras de arte del medio audiovisual.

En ella, Kubrick hace una equivalencia entre el origen de la civilización, la ascendencia de la humanidad, y el lejano futuro donde el hombre ha conquistado el espacio y las lejanías del universo con impresionantes naves espaciales, y con una tecnología tan avanzada que posiciona a la raza humana como ama y señora de todas las cosas. Como mencionó Spielberg, gran amigo y aprendiz de Kubrick, “2001 no es una película de ciencia ficción, es una eventualidad científica”. Cuando fue a ver la película al cine con sus amigos, varios decidieron consumir alguna droga para intensificar la experiencia en la sala, pero Spielberg se negó y comentó que, para él 2001 era la droga, la sola experiencia de ver la película “es suficiente para sentirse bajo la influencia de un alucinógeno”.

Los visionarios efectos visuales, diseñados y fotografiados por el mismo Kubrick y por otra figura legendaria del cine, Douglas Trumbull, crean en 2001 una realidad que se desenvuelve en la exploración espacial, deslumbrante y palpable, auténtica e íntima. Como espectadores, nos olvidamos de la pantalla. Nada manifiesta esto como la secuencia de “la puerta estelar” o del capítulo “Júpiter y más allá del infinito” en el tercer acto del filme, donde el astronauta Dave Bowman (Keir Dullea) viaja a los confines del universo, de la razón y de una existencia que apenas comenzamos a comprender.

La selección musical de Kubrick, cómplice maravilloso de las imágenes, acentúa las enormes cualidades de la obra. Piezas clásicas de compositores como Johann Strauss II, Richard Strauss y György Ligeti ahondan la sensación del espacio y dibujan una fusión de elementos tecnológicos, físicos y filosóficos.

Tarkovski, a quien yo describiría como uno de los alquimistas de la cinematografía, hizo un cine que, como el de David Lynch se tendría que vivir a partir de las sensaciones y los sentidos.

Basada también en otra obra de Stanislaw Lem, Tarkovksi dirigió Solaris (1972), que los soviéticos definieron como la respuesta a 2001. Una pieza cargada de metáforas sobre la vida y la muerte, de un potente discurso lírico y contemplativo sobre nuestro lugar en el universo y sobre las relaciones humanas. Cuando el psicólogo Kris Kelvin (Donatas Banionis) viaja a una estación espacial que orbita alrededor de un planeta desconocido para entender qué causó que la tripulación perdiera la cordura, descubre que una energía dentro del planeta tiene la capacidad de leer las mentes de los humanos que lo visitan y de exteriorizar sus deseos y miedos más básicos.

Es sin duda una película que nos obliga a confrontarnos en la lucha por entender quiénes somos, y qué es este mundo que habitamos. La fotografía de Yadim Yusov y el diseño de producción de Mikhail Romadin, ambas sensacionales, bajo la inmaculada dirección de Tarkovski nos transportan a un viaje que nos conecta intensamente tanto con el pensamiento como con las emociones.

En las dos cintas, Tarkovski y Kubrick, cada quien, a su manera, llegaron a expresar el tema de la inteligencia artificial, casi más de 50 años antes de que se convirtiera en una realidad. La ciencia ficción en el cine y sus mejores contadores de historias se develaron como profetas de un futuro que apenas comenzamos a vislumbrar.

TARKOVSKI Y KUBRICK, CADA QUIEN, A SU MANERA, LLEGARON A EXPRESAR EL TEMA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL CASI MÁS DE 50 AÑOS ANTES DE QUE SE CONVIRTIERA EN UNA REALIDAD

En la visión de cineastas como Kubrick y Tarkovski, la ciencia ficción supera una estricta concepción o la simple categorización. Se transforma en un conducto que nos arroja a ver al cine, al arte y al cosmos (el que esta allá afuera y el que está en nuestro interior) desde una perspectiva que sueña sin fronteras y que cuestiona absolutamente todo. Con la ciencia ficción nunca, nunca, dejaremos de vivir en el asombro.

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