Eliza le dice a Agnes que le va a hacer la corona para la boda. Si a Agnes le parece bien, añade. Se lo dice con timidez, en un tono vacilante, una mañana temprano. Eliza comparte cama, espalda con espalda, con la mujer que ha venido a su casa tan inesperadamente, en circunstancias tan extremas. Acaba de amanecer y ya se oyen los primeros carros y pasos en la calle.
Mary ha dicho que Eliza tiene que compartir la cama con Agnes hasta que se arregle la fecha de la boda. Se lo dijo apretando los labios, sin mirarla a los ojos, mientras ponía una manta más en el jergón. Eliza miró la mitad del lecho del lado de la ventana, que está vacío desde que murió Anne. A continuación se volvió hacia su madre y vio que estaba haciendo lo mismo y quiso preguntarle: ¿piensas en ella, todavía esperas oír sus pasos, su voz, su respiración por la noche?, porque yo sí, todo el tiempo. Todavía creo que un día me despertaré y estará ahí otra vez, a mi lado; pasará algo, una arruga o un pliegue en el tiempo, y volveremos a estar donde estábamos cuando ella vivía y respiraba. Sin embargo, Eliza se despierta sola en la cama todos los días desde entonces.
PERO AHORA AHÍ ESTÁ LA MUJER que va a casarse con su hermano: Agnes en vez de Anne. Lo han organizado a toda prisa, con mucho embrollo: su hermano precisa de una licencia especial y ha habido una larga —y acalorada— discusión sobre dinero, aunque esto Eliza no lo sabe a ciencia cierta. Unos amigos del hermano de Agnes son los fiadores, eso sí lo sabe. Lleva un hijo en el vientre, lo ha oído sin querer, detrás de las puertas. Nadie se lo ha dicho abiertamente. Tampoco se le ha ocurrido a nadie anunciarle que la boda es mañana por la mañana: Agnes y su hermano irán a la iglesia de Temple Grafton, un sacerdote de allí ha dicho que los casará. No es su sacerdote ni la iglesia a la que van los domingos. Agnes dice que conoce muy bien al sacerdote. Es un amigo particular de su familia. Lo cierto es que fue él quien le regaló la cernícala. La crió desde el huevo y un día enseñó a Agnes a curar el mal de pulmón de los halcones; él los casará, dijo con aire despreocupado mientras daba al pedal de la rueca de Mary, porque la conoce desde niña y siempre la ha tratado bien. En una ocasión le cambió unas pihuelas por un barril de cerveza. Y sabe mucho de halcones, de cerveza y de abejas, añadió mientras recogía la lana con la otra mano, y todo lo que ha aprendido ella sobre esas tres cosas se lo debe a él.
Agnes contó todo eso mientras hilaba en la salita, junto al fuego, y la madre de Eliza dejó caer las agujas de tejer como si no pudiera creer lo que oía, y Eliza y su hermano se rieron con descaro, mientras se llevaban la taza a la boca, cosa que a su vez provocó la ira del padre. Eliza, en cambio, estaba embelesada. Nunca había oído decir cosas así, en su casa nadie había hablado nunca de esa manera, con tanta ligereza, con una alegría tan sincera.
ELIZA ESTABA EMBELESADA. NUNCA HABÍA OÍDO DECIR COSAS ASÍ, EN SU CASA NADIE HABÍA HABLADO NUNCA DE ESA MANERA, CON TANTA LIGEREZA, CON UNA ALEGRÍA TAN SINCERA
Sea como fuere, la boda está acordada. El sacerdote que sabe de halcones, de miel y de cerveza los va a casar al día siguiente, por la mañana temprano, en una ceremonia rápida, furtiva, secreta.
Cuando Eliza se case quiere desfilar por Henley Street con una corona de flores, a plena luz del día, para que todos la vean. No quiere una ceremonia lejos de la villa, en una iglesia pequeña, con un sacerdote desconocido que los haga entrar de tapadillo; ella irá con la cabeza muy alta y se casará en la villa. Está segura. Sus amonestaciones se leerán en voz alta en la puerta de la iglesia. Pero así lo han dispuesto su padre y el hermano de Agnes y no se puede decir nada más.
De todos modos le gustaría hacerle a Agnes la corona de flores. ¿Quién se la va a hacer si no? Su madrastra no, está convencida, ni sus hermanas: son muy reservadas, apenas salen de Shottery. Puede que vengan a la boda, ha dicho Agnes sin darle importancia, o puede que no.
PERO AGNES LLEVARÁ CORONA. No puede casarse sin ella, tanto si está encinta como si no. Por eso Eliza se lo pregunta. Carraspea. Entrelaza los dedos como si fuera a rezar.
—¿Puedo…? —empieza a decir en el aire helado de la habitación—. No sé si te gustaría que te… que te hiciera una corona de flores… para mañana.
Sabe que Agnes, de espaldas a ella, la está escuchando. La oye respirar y cree que va a rechazarla, a decirle que no, que no es oportuno.
El jergón cruje y se estremece cuando Agnes se da la vuelta para mirarla.
—¿Una corona? —dice, y Eliza le nota la sonrisa en la voz—. Me encantaría, de verdad. Gracias.
Eliza también se da la vuelta y de repente se miran como dos conspiradoras.
—No sé qué flores encontraremos en esta época. A lo mejor algunas bayas o…
—Enebro —la corta Agnes—. O acebo. Algunos helechos. O pino.
—También hay hiedra.
—Y flores de avellano. Podemos ir tú y yo al río dentro de un rato —dice Agnes, cogiendo la mano a Eliza—, a ver qué encontramos.
—La semana pasada vi acónitos allí. A lo mejor…
—Son venenosos —dice Agnes; se tumba boca arriba sin soltar la mano a Eliza y se la pone directamente en el vientre—. ¿Quieres notar a la niña? Se mueve a primera hora de la mañana. Será porque quiere desayunar.
—¿La niña? —dice Eliza, pasmada ante tan súbita intimidad, ante el calor de la piel tersa y dura de Agnes y la fuerza con la que le coge la mano.
—Creo que será una niña —dice Agnes, y bosteza breve y limpiamente.
Agnes aprieta la mano a Eliza entre los dedos. Es una sensación muy rara, como si le estuviera sacando algo de dentro, una astillita clavada, el pus de una herida infectada o algo así, y al mismo tiempo, como si le estuvieran inoculando algo. No acaba de saber si está dando o recibiendo. Quiere retirar la mano y también dejarla donde está.
—¿Tu hermana —dice Agnes en voz baja— era menor que tú?
Eliza mira la frente lisa, las sienes blancas y el pelo negro de la que pronto será su cuñada. ¿Cómo sabe que estaba pensando en Anne?
—Sí —dice Eliza—. Nos llevábamos casi dos años.
—¿Y cuántos tenía cuando murió?
—Ocho.
Agnes chasca la lengua compasivamente.
—Lo siento —murmura—, siento que la hayas perdido.
Eliza no le cuenta que se preocupa por Anne, tan pequeña y tan sola sin ella, dondequiera que esté. Ni que hasta hace poco se quedaba despierta en la cama por la noche susurrando su nombre, por si oía y su voz podía servirle de consuelo. Ni le habla del dolor de no saber si estará sufriendo en algún sitio en el que no puede oírla ni alcanzarla.