Lima o la suerte de la fea

En una entrega más sobre ciudades literarias, Guzmán Rubio confiesa: “En esta época en la que lo que busca un lector es identificarse con un libro, podríamos empezar a exigirle a los viajeros lo mismo con las ciudades. Yo decido identificarme con la que tiene fama de fea, gris y triste, con aquella a la que no le bastaron sus muchos oros y platas para hacerse de un epíteto menos peyorativo, con la que abandonan sus escritores más célebres tan rápido como pueden para, eso sí, extrañarla el resto de la vida.”

Lima o la suerte de la fea Foto: Especial

Cómo no querer a Lima la horrible, así, sin coma, para hacer de la fealdad y la ciudad una nueva palabra, en la que los espacios en blanco sólo son un reposo para tomar aire y volver a sumergirse en tanto horror. El sintagma se le debe a César Moro, que lo usó en un poema-carta en 1949, y desde entonces la pobre Lima carga con esa fama que, hay que decirlo, tampoco hace mucho por desmentir. En cuanto a Moro, como tantos, huyó de su Lima natal al primer descuido y con tanto rencor que hasta abandonó el español y salió al mundo en busca de soldados mexicanos para amar y de surrealismos franceses para escribir, todo para al final regresar a morirse en su ciudad ya convertida en la horrible.

Es mentira. Horrible ya era, pero eso sólo lo sabían unos cuantos iniciados, pocos más que el puñado de lectores de La tortuga ecuestre. Fue Sebastián Salazar Bondy quien oficializó la fealdad con su Lima la horrible de 1964, publicado en ERA, en México, a saber si para evitar los reproches vecinales o para hacerle a la fea fama internacional. Hasta hoy, los defensores de Lima aclaran que Salazar Bondy no se refería a las calles, la arquitectura o el espíritu de la ciudad, sino tan sólo a su carga colonial, vigente en su racismo y clasismo de alcurnia. Tienen razón los de la valiente defensa, pues de eso trata precisamente el libro de Salazar Bondy, aunque una cosa no quita la otra, y se puede ser feo por dentro y por fuera, como uno bien sabe. Y no es que los demás escritores peruanos, limeños o no, ayuden mucho.

Una de las primeras en empezar a labrar la mala fama de la horrible fue la escritora Flora Tristán en su Peregrinaciones de una paria, donde cuenta su viaje al Perú para reclamar, infructuosamente, su herencia paterna. A la revolucionaria, la ciudad sólo la entristeció y le despertó un sentimiento de opresión, y no me sorprendería que en sus calles desoladas haya empezado a maliciar su “Proletarios de todos los países, uníos”, pues desde luego la revolución no podía dejar fuera a los peruanos. El éxito de la consigna es sabido, pero su descripción de la ciudad, menos combativa y más bien depresiva, merece también ser recordada:

Lima, tan grandiosa vista desde lejos, cuando se entra en ella no mantiene sus promesas, ni responde a la imagen que uno se había forjado. Las fachadas de las casas son mezquinas, sus ventanas sin vidrios y las barras de hierro con que están enrejadas recuerdan las ideas de desconfianza y de opresión. Al mismo tiempo se entristece uno por el poco movimiento que hay en todas aquellas calles.

Una década después se publicaría otro célebre libro también con una cita memorable —el rencor es una de las formas más perdurables de la memoria— sobre la Lima decimonónica, que estrenaba su condición de capital de país independiente con el elegante consuelo de la decadencia. El libro en cuestión es ni más ni menos que Moby Dick y, para ser sinceros, hay que tener mala leche para colar una cruel descripción sobre Lima en una novela que trata sobre el mar y la obsesión, el mal y las ballenas, y las diferentes formas que existen para perderse. Pero las cosas son como son y según Herman Melville:

Ni es, en conjunto, el recuerdo de sus terremotos derribando catedrales, ni las estampidas de los mares frenéticos, ni la ausencia de lágrimas en áridos cielos que jamás llueven; ni la visión del ancho campo de agujas inclinadas, bóvedas desencajadas, y cruces desplomadas (como penoles inclinados de flotas ancladas), ni sus avenidas suburbanas de paredes de casas caídas unas sobre otras, como un castillo de naipes hundido; no son sólo estas cosas las que hacen de Lima, la sin lágrimas, la ciudad más extraña y triste que puede verse.

Pasaje Piura en Lima. ı Foto: Diego Delso, delsu.photo License CC BY-SA / Creative Commons

La cosa no acaba allí, en la ciudad más extraña y triste de ese siglo XIX, también extraño y triste, sino que apenas empezaba. A Lima le esperaban días y noches mucho peores, y cuando realmente conoció el horror fue en los ochenta del siglo pasado, cuando Sendero Luminoso se propuso llevar la guerra a la capital, donde los limeños aún podían engañarse a sí mismos diciéndose que el fuego y la sangre eran de la sierra y en la sierra se quedaban. Un amanecer de diciembre de 1980, aparecieron varios perros ahorcados y colgados en los postes de luz de las principales avenidas, con carteles con consignas tan crípticas como “Deng Xiaoping, hijo de perra”. Sendero Luminoso anunciaba su entrada en la historia con una crítica a las reformas emprendidas en China, y Abimael Guzmán, el tristemente célebre presidente Gonzalo, se erigía como el único heredero auténtico de Mao y comenzaba una de las más salvajes de las salvajes guerras floridas latinoamericanas. A los perros ahorcados siguieron los atentados y los apagones, cuando a los senderistas les dio por derribar las torres eléctricas que abastecían a la ciudad de electricidad y encender enormes hogueras en los cerros, de forma tal que los orgullosos limeños vieran el fuego acercándose, literalmente, a la ciudad costeña que siempre le dio la espalda a la sierra.

De esos años de horror quedó un inmenso museo, el Lugar de la Memoria, ubicado en la imposible costa limeña, en un hermoso promontorio desde el que se ve el Pacífico y, a lo lejos, la prisión —especialmente construida para él— donde el camarada Gonzalo pasó sus últimos años y murió, siempre fiel

a sus pesadillas vueltas realidad. El Lugar de la Memoria, armónicamente integrado en el paisaje y de una desnudez monumental, es un logrado homenaje a la impunidad, al aclarar que el ejército peruano de ninguna manera cometió crímenes de manera institucionalizada. Si de ficciones hablamos, yo prefiero Generación cochebomba, la mítica novela en la que Martín Roldán Ruiz captura la ciudad en esa década desastrosa a ritmo de un punk inesperado. Porque Lima —con bandas con nombres como Leuzemia, Autopsia, Eutanasia o Sociedad de Mierda, a las que cuesta trabajo imaginar degustando suspiros, cariñitos, besos de moza, apapachos de manjar u otro postre limeño— fue la ciudad donde surgió el punk en español, con todo lo que alguna vez se esperó de él: que fuera subterráneo, contestario, radical e insoportable. Generación cochebomba, como ya se empieza a sospechar, no es mucho más amable con la ciudad, ahora en guerra civil y acústica, y en sus primeras páginas deja las cosas en claro:

“Esta es mi Lima”, se dijo, y recordó cuando era niño y recorría esas calles que ahora estaban llenas de basura, de vendedores ambulantes, mendigos, locos y borrachos; de automóviles y microbuses obsoletos que funcionaban gracias a la habilidad de algún mecánico empírico. La tres veces coronada villa ya nunca más lo era; se había largado hace mucho y era, en esos años tortuosos e inciertos, tan atractiva como para suicidarse en ella.

Con todo, Generación cochebomba contempla la posibilidad de una Lima hermosa, siempre y cuando sea pasada. Pero de las muchas Limas desaparecidas, yo me quedo con las de Ribeyro y Bryce Echenique, con ese Barranco todavía balneario y un Miraflores casi provinciano. Es obvio que cuando ambos escritores rememoran esa Lima destruida más bien escriben sobre su infancia y juventud, en la que el descubrimiento de la vida fue de la mano con el de la exclusión social, pues por más nostalgia que le pongamos, seguimos en Lima la horrible de Salazar Bondy. Ambos escritores, tan limeños, se largaron a París en cuanto pudieron, uno para fumarse todos los cigarros de Francia y el otro para convertirse en el hombre más triste del mundo. Fumando y quejándose, siempre pobres como ratas, ambos cargaron su Lima ya doblemente ficticia —la del recuerdo y la de los cuentos—, y sólo regresaban esporádicamente al Perú para corroborar que ya nada era lo que había sido. En un precioso cuento de Ribeyro, “Los eucaliptos”, se describe el cambio de la ciudad, a la que le talaron los árboles, le derrumbaron las casonas centenarias y le destruyeron el centro para modernizarse, en un proceso urbanístico no tan distinto al de cualquier capital latinoamericana, que si somos benévolos puede verse como una improvisada reivindicación del mestizaje:

EN UN PRECIOSO CUENTO DE RIBEYRO, ‘LOS EUCALIPTOS’, SE DESCRIBE EL CAMBIO DE LA CIUDAD, A LA QUE LE TALARON LOS ÁRBOLES, LE DERRUMBARON LAS CASONAS CENTENARIAS Y LE DESTRUYERON EL CENTRO PARA MODERNIZARSE.

Pronto nos vimos rodeados de casas. Las había de todos los estilos; la imaginación limeña no conocía imposibles. Se veían chalets estilo buque con ojos de buey y barandas de metal; casas californianas con tejados enormes para soportar a la tímida garúa; palacetes neoclásicos con recias columnas dóricas y frisos de cemento representando escudos inventados; no faltaban tampoco esas extrañas construcciones barrocas que reunían al mismo tiempo la ojiva del medioevo, el balcón de la colonia, el minarete árabe y la gruta romántica donde una virgen chaposa sonreía desde su yeso a los paseantes.

Dejo para el final de este breve recuento del vituperio el tercer comienzo de novela más (mal) citado de la literatura en español, el de Conversación en La Catedral. Mucho se ha dicho de él, pero me detengo en dos cuestiones. La primera es que la célebre pregunta retórica e injuriosa surge cuando Zavalita mira la Avenida Tacna, es decir, cuando contempla a Lima, lo que le sepulta el alma y lo obliga a entrar al bar a refugiarse en el alcohol. La segunda es la ambigüedad de la cláusula “sin amor”: ¿es la avenida Tacna la que está necesitada de amor o la falta de amor se encuentra en la mirada de Zavalita? Por supuesto, yo me inclino por la segunda opción, porque a Lima, aunque a estas alturas parezca imposible, hay que verla con amor: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”

Y aunque parezca mentira, a su manera, Vargas Llosa la habrá visto con amor. Después de todo, en La ciudad y los perros, la ciudad representa la libertad, aunque es verdad que libertad de un colegio militar, lo que tampoco es para echar las campanas al vuelo. Lo mismo puede afirmarse de Los cachorros, donde la carretera costera bajo los acantilados representa también la libertad, aunque en este caso la libertad para matarse a exceso de velocidad y huir de la aristocracia machista y clasista que tan bien se representa en esa nouvelle. Para no seguir con todas las novelas limeñas de Vargas Llosa, que en realidad no son tantas y, como se ha visto, tampoco son de mucha ayuda para lavarle la cara a la horrible, mejor hay que recordar que, como todo escritor peruano que se respete, también huyó de Lima y hasta se volvió marqués español, pero regresó para morirse. Y uno es del lugar donde cursó la preparatoria y del que elige para morirse, así que, tras un largo paréntesis con Nobel incluido, no hay limeño más limeño que Vargas Llosa, porque para empezar nació en Arequipa y hasta después se asentó en la capital sólo para poder marcharse, requisito indispensable para regresar.

Casa en Miró Quesada, Barrio Jirón Santa Rosa. ı Foto: Fuente > Diego Delso, delsu.photo License CC BY-SA / Creative Commons

La literatura peruana me pone en una situación difícil. Llegados a este punto, en que habría que dejar de considerar el vallejiano “Me moriré en París con aguacero” como un poema trágico y empezar a leerlo como una expresión de alivio por no morirse en Lima, no me queda más remedio que disentir. A mí me gusta Lima, qué le vamos a hacer. Me gustan sus balcones cerrados de madera, para ver el paso del tiempo sin ser visto, como narrador omnisciente; me gusta tomar un pisco antes de comer, para abrir el apetito, y otro al final, como digestivo; me gusta pasear por sus acantilados y fantasear con la idea de que siempre que caiga allí estará el mar para recibirme; me gusta ir al Museo Larco y preguntar con mi mejor cara de pervertido dónde está su deliciosa colección erótica; me gusta pasear por Barranco y —qué estupidez— sentirme en el Coyoacán de mi infancia; me gusta ir a una cervecería de Pueblo Libre para brindar por Eielson, mi poeta preferido, que también se largó de Lima; me gusta comprobar en algún parque de Miraflores que ese día tampoco salió el sol; me gusta entrar en sus iglesias barrocas a certificar cómo envejece el oro y rejuvenece la desesperación; me gusta cruzar la plaza San Martín y sentirme un personaje de novela porque alguna escena de todas las novelas peruanas transcurre allí, y me gusta ver el Pacífico y recordar estos versos de Martín Adán, que no acabo de entender: “Si quieres saber de mi vida, / Vete a mirar al Mar”.

A MÍ ME GUSTA LIMA, QUÉ LE VAMOS A HACER. ME GUSTAN SUS BALCONES CERRADOS DE MADERA, PARA VER EL PASO DEL TIEMPO SIN SER VISTO, COMO NARRADOR OMNISCIENTE.

Y también me gusta, en Lima la horrible que ya no lo es tanto, errar por sus librerías. De la misma manera que la sociedad virreinal multiplicó las castas y la republicana las clases sociales, en la Lima contemporánea uno encuentra una enloquecida jerarquía de comercios librescos. Para empezar desde abajo, que es como siempre dicen los de arriba que empezaron porque así lo creen, hay que pasearse por Amazonas, un mercado de libros pirata, saldos, viejas ediciones y páginas por kilo, en donde no se encontrará ningún tesoro pero sí el bestseller de moda y hasta la obra maestra del último Nobel. Amazonas es feo pero rebosa vida, lo que cuando se habla de libros hay que agradecer, y es tan auténtico que hay que tener cuidado con la cartera, pues atrás quedó la zona más turística del centro. No muy lejos de allí están el Jirón Camaná y los alrededores de la Plaza Francia, llenos de librerías de viejo, algunas especializadas en costales de periódico y algunas en primeras ediciones, por lo que también hay que tener cuidado con la cartera, aunque aquí sea uno mismo quien la entrega feliz de la vida. Yo lo hice por algún Ribeyro, un par de ejemplares en buen estado de Amauta y una plaquette de Carmen Ollé, donde confiesa que frecuenta las tabernas cerca del mar. Ya después están las librerías de novedades, y puede caminarse por la ciudad hasta adentrarse en los barrios alguna vez burgueses y llegar hasta El Virrey, la librería más elegante en la que me tocó hojear la sección de poesía, porque siempre que viajo a un país latinoamericano intento regresar con un poeta hasta entonces desconocido.

Hablar de Lima, claro, es hablar de comida, pues no es un secreto para nadie que es una de las ciudades donde mejor se come. Uno lo puede hacer por muchos soles, en lugares elegantes donde el cliente recibe trato de virrey. Pero comer en un restaurante caro en una ciudad donde se come bien es una tontería: las estrellas Michelin están reservadas a países de mala gastronomía, y por algo Londres o Sydney tienen más estrellas que Bangkok o la misma Lima. Aquí o allá —escribiendo este texto me siento en Lima aunque teclee desde México— se come bien en cualquier parte, y quien quiera ufanarse de encontrar sitios secretos u originales tendrá, en Lima, que dar con un local donde se coma mal, lo que no le resultará fácil. E igualmente difícil le resultará pasarla mal a quien vaya a Lima y pase sus días entre ceviches y causas, tiraditos y ajís de gallina y cualquier platillo de esos que sólo pudieron surgir en una cocina donde se cruzaron los caminos del mundo.

Creo que hay pocas ciudades en las que un mexicano, sobre todo un chilango, se sienta tan en casa, lo que no necesariamente habla bien de Lima. Los disparates y los prodigios arquitectónicos, el picante de la comida, la mezcla omnipresente de barroco y reserva, el caos en cada esquina, el toque de campanas para llamar a misa entre templos evangélicos, y los mercados y el ambulantaje que hacen del comercio un ser vivo logran que, por un instante, no se sepa si se está en el virreinato de la Nueva España o en el del Perú. Pero luego, fijándose bien, surgen las diferencias, apenas un matiz que justifica los himnos y las banderas; a mí, sin embargo, me sigue sorprendiendo más todo lo que compartimos que lo que nos distingue, que ni siquiera puedo precisar, y lo mismo me gusta y me enchila el habanero que el rocoto. Tal vez por eso me guste tanto Lima: porque no me hace sentir ni en casa ni en el extranjero, lo que, siendo imposible, es el mejor lugar para estar. Cuando parto de Lima me siento triste, pero se me pasa al recordar que un limeño se larga en cuanto puede, así que me marcho siendo ya algo limeño, sabiendo que volveré, en una de ésas hasta para morirme.