1. Ciro Murayama asienta desde el inicio que “es falso que exista una disyuntiva entre libertad política y equidad social […]. El mayor reto de las generaciones actuales […] es saber combinar la búsqueda y preservación de la democracia y, a la vez, de una sociedad más cohesionada, menos desigual y más justa en el terreno socioeconómico”.
Debería ser parte de nuestro sentido común, fruto de la experiencia histórica, no sólo mexicana sino del mundo, pero por desgracia no lo es, e insistir en ello parece ser un imperativo político de primer orden. Sabemos o deberíamos saber que han sido diversos los modelos que a nombre de la igualdad suprimieron todas las libertades, construyendo auténticas cárceles sociales, en las cuales una nomenklatura a nombre del pueblo, el proletariado, los trabajadores (o lo que se quiera) expropió los derechos de sus ciudadanos, canceló el ejercicio de las libertades y edificó un auténtico infierno en la tierra. En el otro extremo, quienes han considerado que la libertad no tiene por qué conjugarse con otros valores, han dado pie a la ley del más fuerte, al reino de un mercado sin límites y han exacerbado las desigualdades sociales hasta extremos que inhiben cualquier intento de cohesión social.
HAN SIDO DIVERSOS LOS MODELOS QUE A NOMBRE DE LA IGUALDAD SUPRIMIERON TODAS LAS LIBERTADES, CONSTRUYENDO AUTÉNTICAS CÁRCELES SOCIALES.
Por ello plantear, como lo hace Murayama, que la tarea de hoy y mañana es precisamente la de conjugar los dos grandes valores que puso a circular eso que llamamos modernidad: libertad e igualdad, es imprescindible si aspiramos a vivir en una sociedad medianamente armónica.
2. Murayama apunta que “la mediocridad de la economía ha sido (fue) una constante de los gobiernos surgidos de la democracia: con Vicente Fox, el crecimiento promedio fue de 1.9%, con Felipe Calderón del 1.4%, con Enrique Peña Nieto de 2%, y el peor fue Andrés Manuel López Obrador con 0.9%”. El PIB per cápita entre México y sus socios comerciales, Estados Unidos y Canadá, se hizo más desigual. “El país más pobre serezagó más.” Ese mismo indicador nos dice que mientras en el año 2000 México ocupaba el lugar 50 en el mundo, en 2022 habíamos caído al lugar 72. También “se estancó la mejoría en el índice de desarrollo humano. Cierto, se mantuvo la salud de las finanzas públicas pero, nos dice Murayama, “no incrementando la recaudación, el gasto y la inversión”.
Y en un país tan desigual, con tantos rezagos y carencias, eso significó la preservación de millones de personas en la pobreza y una desigualdad oceánica. Se abandonó la idea del desarrollo y el estancamiento generó un legítimo malestar social. Y si deseamos un país medianamente integrado, que trascienda el archipiélago de clases, grupos y pandillas, cada una de ellas “viendo para su santo”, se requiere que la economía crezca, que se generen empleos dignos y se atiendan las necesidades más apremiantes de la población.
Debería ser también parte de un sentido común instalado, pero Murayama apunta que “tanto el neoliberalismo más ortodoxo como el populismo neoliberal se encuentran satisfechos con una economía de bajo dinamismo”.
3. “El neoliberalismo alejó a México del bienestar; el populismo destruyó la democracia constitucional. El neoliberalismo significó el fracaso social de la democracia; el populismo consumó el crimen autoritario contra la democracia”. Eso escribió Murayama y creo que se trata de un diagnóstico exacto.
Varios fuimos sorprendidos por el poco o nulo aprecio que la coalición gobernante encabezada por López Obrador, y ahora por Sheinbaum, tiene por la democracia. Algunos (quizá pocos) pensamos que en la dilatada transición democrática que vivió el país, la izquierdamexicana había reconsiderado y valorado su compromiso con la democracia. A lo largo de esos años no fueron menos los que escribieron y reflexionaron sobre la necesidad de asumir un compromiso serio con esa forma de gobierno, no como una coartada, no como una consigna para el momento, sino como un compromiso de largo aliento. Pero, además, creíamos que los buenos resultados que los partidos de izquierda obtenían en las elecciones y que les permitían gobernar centenas de municipios y decenas de gubernaturas hasta llegar a la presidencia de la República, también tendían a aceitar los valores y principios que ponen en pie el único régimen político que permite la coexistencia pacífica de la diversidad.
Y nos equivocamos. Ha sido y es clara la destrucción de las normas y las instituciones que hacen posible hablar de un régimen democrático. La embestida contra una Corte independiente para dar paso a otra alineada con el gobierno, la sobrerrepresentación desmesurada en la Cámara de Diputados violando preceptos constitucionales, la desaparición de órganos autónomos del Estado para concentrar sus facultades en el Ejecutivo, la adscripción de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional, la forma en que se desvirtuó a la Comisión Nacional de Derecho Humanos, y no le sigo, ilustran con claridad ese desprecio por la democracia.
Y creo que una de las fuentes fundamentales de ese desprecio es la creencia (ingenua o perversa) de que son los sujetos de la política (y no las reglas y las instituciones) la clave de sus intenciones políticas, de sus valores y prácticas. Y dado que quienes hoy nos gobiernan creen que encarnan a lo mejor del pueblo, entonces las normas que modelan y limitan su actuación, les estorban; las otras fuerzas políticas que tienen diagnósticos y propuestas distintas deben ser condenadas, anatemizadas; y las organizaciones sociales con agendas y preocupaciones propias les parecen una manifestación artificial e inducida; por ello se vanaglorian de un poder sin contrapesos.