Los escritores, los lectores comunes, nos acercamos a los filósofos con la esperanza de ampliar nuestro conocimiento. Es una actitud común, pero también un deseo: queremos que sus palabras abran otra puerta a nuestra casa, otro paisaje y confronten las ideas o conceptos que cultivamos acerca del mundo. Expresado de otra manera: nos arrogamos la responsabilidad de acercarnos a una voz crítica capaz de auxiliarnos a la hora de cambiar el rumbo de nuestros prejuicios éticos. Cuando me refiero a los filósofos aludo a una miríada de voces, especulaciones y circunstancias vivenciales, académicas o didácticas diversas: ellos también encarnan la diferencia entre sí y no son aje-nos a la simpatía o a la seducción que causan en los lectores: también ellos son rehenes de una celebridad equivocada o impostada. Se ha popularizado en alto grado el estigma de Edmund Husserl cuando sugirió que tenemos la posibilidad de reunir a los filósofos, pero no a sus filosofías. Es verdad, en cuantas ocasiones nos reunimos con nuestros amigos tan sólo para opinar lo contrario a ellos o defender nuestros pareceres acerca de temas que nos afectan. Es una frase, la de Husserl, brillante, mas por eso mismo débil en su interpretación. En la mente del lector es posible reunir a San Agustín, a Descartes y a Michel Foucault, por ejemplo, si nos parece lícito hacerlo. Reunimos a los filósofos en nuestro carácter de lectores y seres humanos teóricos por antonomasia. Su conversación pasa, necesariamente, por nuestra habilidad de interpretar y por el conocimiento que tengamos acerca de los libros que ellos han escrito y nosotros considerado. Los libros continúan existiendo, gracias a no sé qué milagro, siendo el transporte de nuestras dudas y la mecánica más adecuada para compartirlas.
JÜRGEN HABERMAS (ALEMANIA, 1929-2026), quien recién acaba de fallecer, fue el primer pensador cuya lectura debí abandonar en varias ocasiones debido a su estilo cerrado, neciamente preciso, y a la conciencia que guardaba de que sus lectores poseían o comprendían su cultura filosófica. Es verdad que todos pensamos en mayor o menor medida, pero también es cierto que quienes dedican su vida a la dubitación conceptual o al estudio de las ideas llegan, en ocasiones, a ser inaccesibles o a convertirse solamente en referencias comunes o en diques académicos a los que no tenemos acceso si no los procuramos profesionalmente. Por otro lado, la palabra “pensar” es indefinible —los neurólogos hacen su lucha— y sólo puede ser sopesada desde alguna definición pasajera; por ejemplo: pensar es la acción de discernir y comprender la circunstancia en que vivimos.
Hace casi cuatro décadas comencé la lectura de El Discurso filosófico de la modernidad (Taurus, 1989) y desde entonces recurro a este libro cada vez con mayor soltura y confianza familiar: ¿no son los libros la extensión más generosa de nuestra familia? Esto es así porque el tiempo vivido y la insistencia en apropiarse de su contenido avanzan en la batalla y van tomando posiciones marciales frente a las certezas contrarias. Antes de continuar hay que decir que Jürgen Habermas fue el último representante sólido de la Escuela de Fráncfort, un filósofo contemporáneo y un convencido de que podíamos construir sociedades de bienestar, equilibrio económico y continuar el trabajo que comenzaron los teóricos sociales del siglo XIX. No se arredró cuando el marxismo recibió las críticas más severas, sino que siguió el ejemplo de pensadores como Marcuse y Adorno e intentó caminarsólidamente en la que podemos llamarla era de las comunicaciones, haciendo uso de la tecnología, el lenguaje, el pensamiento disruptivo y la posibilidad de esclarecer rancios, al mismo tiempo que novedosos, principios globales de convivencia. Fiel discípulo de la Escuela de Fráncfort (o de la Teoría crítica), intentó añadir a su obra las especulaciones de los pensadores contemporáneos y proponer una dulcificación de la teoría científica social y económica propuesta por Marx, devolviendo a Hegel su papel en el valioso recurso de la historia como horizonte que nos auxilia en la razón social y en la reflexión teórica de la comunidad humana. No es gratuito que en sus tiempos de juventud, Habermas contemple las teorías de Nietzsche y de Freud y se halle al tanto de los movimientos que se oponen a toda consideración fascista o hegemónica por parte de una razón depredadora. Es verdad que, en un ensayo publicado en 1968, llegó a decir que Nietzsche había perdido su capacidad de contagio, pero también que su disgregación del poder autoritario y total en nombre de una llamada a la humanidad liberadade los cánones religiosos y modernos había impulsado la rectificación u oposición a las teorías universales y sinfisuras (Para Nietzsche los juicios sintéticos a priori de Kant no requerían de explicación, sino de fe). No obstante, la empresa literaria y rebelde de ese destructor de mitos, Nietzsche, no podía acompañar a Jürgen Habermas en la prudente empresa de proponer una justicia social que no considerara a los seres humanos meras bestias de rebaño, inferiores y confundidas. Tomo de él lo que nosotros tomamos de algunos artistas: su ansiedad incomprensible de vivir libremente.
HABERMAS FALLECIÓ A LOS 96 AÑOS, lúcido y firme en la idea de que podríamos dar lugar a un mundo menos disperso y decepcionante. Quizás sólo H-G Gadamer, quien muriera a los 102 años, intentara un camino parecido, alimentando su impulso por hacer del lenguaje una herramienta de interpretación para edificar mundo. Hoy, cuando es común y degradante la amplia floritura de filósofos al vapor aclamados por los medios, Habermas comienza, otra vez, a hacernos falta. En su ensayo sobre Hegel, escribe que este fue “el primero en fundir un concepto mundano de filosofía, cargado en términos de diagnóstico de la época”. Y añade que fueron los existencialistas quienes debilitaron y se opusieron al concepto de razón histórica para así fundamentar un concepto de modernidad menos rígido o heterodoxo. Jürgen Habermas se preguntó, aludiendo a Nietzsche y a Foucault, “¿qué caso tiene matar a un dios que no existe?” Le molestaba —aunque aprovechó su veta disruptiva— el rango exhibicionista y aforístico de Nietzsche, lo mismo que la idea del derroche, lo incorrecto, lúdico e impredecible de Georges Bataille; sin embargo, le dedica a todos los filósofos importantes de su tiempo ensayos rigurosos, aunque, por lo regular haciéndolo para llevar a cabo una crítica cuando consideraba que estos caían en un diletantismo metafísico o en un juego literario y estimulante de la ignorancia festiva. Habermas escribe:
Bataille interpreta este estado de cosas —la autoridad sagrada que se le impone a las normas y leyes— desde su horizonte de experiencia estética, señalando cómo a las normas más arcaicas les es esencial una profunda equivocidad. La pretensión de la validez de las normas se funda en la experiencia de la transgresión de la norma, transgresión prohibida, mas precisamente por ello seductora, es decir, seducción en la experiencia del sacrilegio en el que los sentimientos de angustia, de asco y de espanto se fundan con la fascinación y con una dicha estupefacta.
JÜRGEN HABERMAS HA SIDO UNO DE LOS FILÓSOFOS MÁS CULTOS, PUNZANTES Y REACIOS A PERMITIR QUE LOS AUTORES DE LA POSMODERNIDAD CONSTRUYERAN SU PROPIA TIENDA FUERA DEL CAMPAMENTO SOCIAL.
A este pensador, Jürgen Habermas, nada le fue ajeno y se halló siempre dispuesto a discutir sus conceptos acerca de la sociedad: su insistencia fortaleció la crítica y fundó estructuras especulativas de actualidad: se permitió las influencias más extremas, pero las aprovechó para robustecer su crítica al estado de la sociedad como campo de relación humana.
Habermas profesó una gran admiración por Theodor Adorno y Herbert Marcuse de quien, creo estar seguro, toma la inspiración para no permitir que el dogmatismo acrítico y científico marxista lo oprimiera y tomara las riendas de sus convicciones. Cuando era yo joven leí Eros y civilización, de Marcuse, Teoría estética de Adorno y Ocaso de Max Horkheimer, entre varios otros que formaron parte de ese movimiento de renovación filosófica cuyo mote “Escuela de Fráncfort” les fuera impuesto en 1960. Horkheimerescribió: “En realidad, esta sociedad posee medios humanos y técnicos para suprimir la miseria en su forma material más grosera”. Tal fue también el impulso de Habermas y los participantes de la Teoría crítica: realizar el reproche racional e histórico de una sociedad desgajada por sus necesidades.
Sin embargo, Jürgen Habermas ha sido uno de los filósofos más cultos, punzantes y reacios a permitir que los autores de la posmodernidad construyeran su propia tienda fuera del campamento social. Tomó seriamente las disquisiciones de Walter Benjamin sobre la natural disolución de una visión única de la geografía social y económica,y concluyó que la identidad no es sólo consecuencia de las tradiciones o de algo que hayamos encontrado en el camino de la historia, sino que representaba, sobre todo, un proyecto a realizar de manera expresa y necesaria. De allí que Habermas diera la impresión a algunos despistados de ser un continuador perspicaz de los Estados Nacionales como centros de poder social. Lo contrario es más exacto: no deseaba abandonar el proyecto de Ilustración que ligara a todos los pueblos en la búsqueda de su propio bien. “La Ilustración contradice al mito, escapando así de su propio poder”, escribió, pues como sus maestros de la Escuela de Fráncfort, había sido influido por la mitología de la duda y de la rebelión dogmática. Sería impensable reducir el pensamiento del pensador alemán a un abalorio de consignas o de ideas heredadas. Sin embargo, después de leer una buena parte de su obra, me quedo con la impresión de que sus consejos de unidad, ilustración prudente y abierta, humanismo cosmopolita, crítica de la pobreza, y confianza en la globalización comunicativa en pos del bien social, fueron constantes en sus preocupaciones filosóficas.
EN UN ENSAYO SOBRE DERRIDA, a quien reprochaba que la especulación de la escritura (el logos) tomara el lugar del pensamiento de los historiadores y pensadores del pasado, escribió: “el mundo es el manuscrito de otro mundo; nunca por entero legible, sólo la existencia lo descifra”. Frente al poder disgregante de Derrida y su desprecio al sujeto filosófico, Habermas opuso una escritura con sentido tradicional y lenguaje novedoso, minucioso e incansable en su propia confianza intelectual: “El programa de una ciencia de la escritura [Derrida], con pretensiones de crítica a la metafísica se nutre de fuentes religiosas. Aunque, sin embargo —es obvio— no quiere pensar teológicamente.”
EN LA CÉLEBRE POLÉMICA con Peter Sloterdijk, éste consideraba a Habermas una especie de maestro humanista de la Ilustración y también un filósofo que había perdido la brújula de su época, antilibresca, heterogénea, poco pensante e incapaz de comprender cualquier historia de las ideas. Sloterdijk citó a Sartre alguna vez, cuando éste afirmó “el socialismo es un humanismo”: entonces añadió, “sí, pero el socialismo es un sonambulismo”. Sloterdijk ha desconfiado original y firmemente acerca de que podamos levantar una sociedad ilustrada, prudente, heroica en sus ideales o deudora de un pasado histórico que persiga una idea de la justicia homogénea; más bien la considera una entelequia demencial, disgregante, dispersa y confundida. No obstante lo anterior, cualquier filósofo que haya aceptado caminar por el sendero conceptual de una Ilustración moderna, rectificada, y además reunir, vía las lecturas, a las más diversas filosofías en su mente, le debe algo a Jürgen Habermas. Es verdad que Vico y Herder podrían ser sus antecedentes más directos en cuanto estos consideraban la historia no como un bloque cuya dirección era autónoma o científica, como sí lo fueron de Levi-Strauss y antes de las ideas historiográficas del siglo XIX; pero la íntima preocupación del pensador alemán —de allí mi congoja por su muerte— fue la de trastornar lo social, no en un sistema, como lo intentará Niklas Luhmann, sino en la consecuencia de una ideología heterogénea y al mismo tiempo firme, seria y duradera. Los ideales de la Ilustración, acompañados de una constante crítica de la actualidad, tendrían que ser cumplidos sin olvidar la herencia de los pensadores de la modernidad. Marx fue un filósofo trascendente, de cuyos libros algunos ideólogos han obtenido sustento para sus tropelías intelectuales. Habermas no lo desautorizó, lo leyó y lo transformó siguiendo los primeros pasos de Hegel hasta el derrotero de los intelectuales de su tiempo. Fue un liberador de los prejuicios que nos aquejan en nuestra época lacrada por la comunicación obscena. Su libro Teoría de la acción comunicativa, es una prueba.
CUALQUIER FILÓSOFO QUE HAYA ACEPTADO CAMINAR POR EL SENDERO CONCEPTUAL DE UNA ILUSTRACIÓN MODERNA, RECTIFICADA, Y REUNIR, VÍA LAS LECTURAS, A LAS MÁS DIVERSAS FILOSOFÍAS EN SU MENTE, LE DEBE ALGO A HABERMAS.
Habermas, asimiló a Darwin, Nietzsche, Walter Benjamin, Marx, Freud o Lévi-Strauss, constructores demitos y de filosofías discordantes: los comprendió y se empecinó en legar un cuerpo de pensamiento social y filosófico para lograr transitar las turbias aguas de nuestro mundo. Es hasta cierto punto evidente, que el siglo XX ha sido una época de cataclismo, furia y estupidez. Es también cierto que la lucidez judía, acompañada por la reiteración y la aportación europea y mundial de los filósofos más importantes (Dewey; Foucault; James; Gadamer; Rorty, etcétera) han ofrecido una importante iluminación en nuestro tiempo. Se vive dentro de una época enque la pacata celebridad nos pone en la mesa a pensadores apresurados y cuyo horizonte es estrictamente horizontal. La globalización no se ha extendido hacia los tres puntos cardinales sociales: presente, futuro y pasado, sino que se ha instalado en el área de la actualidad, la tecnología, el poder irracional, el fracaso de la democracia y la nece-sidad de ganar a toda costa en la actividad comercial.
LA HISTORIA ES SÓLO UNA CAJA de citas y el saber se ha concentrado principalmente en las universidades. Una nueva Edad Media nos ensombrece como comunidad y es por ello que la muerte de pensadores como Habermas oscurece aún más el panorama actual. Con el deceso de Jürgen Habermas muere una biblioteca, mas no una artificial, sino una que poseía conocimiento de la historia, de la filosofía, y proponía acciones para el confort y la buena convivencia humana. De hoy en adelante cuando pensemos en Freud y su descubrimiento de la presión inconsciente; en Marx y su necesidad de hacer de la economía una ciencia que pudiera solventar las injusticias en la distribución de la riqueza; en Darwin y su idea de que la evolución es convivencia, adaptación al entorno y ve-hículo en la lucha por la supervivencia; en Lévi-Strauss y su convicción de que los mitos y el parentesco en su relación con el lenguaje edifican estructuras sociales; en Dewey y su propensión al pragmatismo social y a la educación del hombre como la forma primordial del pensamiento ético; en Foucault y su crítica al poder en todos los ámbitos que habita el ser humano y lo obliga a ser un mero actor de papeles predeterminados; en los existencialistas que, a partir de Husserl, buscaron un acercamiento frontal, intuitivo y vital con los objetos de su interés y de su mundo, etcétera, cuando pensemos en todos ellos tendremos que añadir a Habermas, cuya consistencia filosófica apuntaló la idea de que la sociedad podía comunicarse, mirar hacia la historia y crear-recrear valores tradicionales y novedosos (soy consciente de la contradicción entre ambas palabras; yo aludo más bien a una relación complementaria) para fortalecer la idea de la Ilustración —la distribución del conocimiento y los bienes de le educación— con el fin de darle forma a un mundo atiborrado de taras e injusticias sociales.
He nombrado a algunos pensadores de la modernidad, la cual finalmente es conciencia del tiempo presente sin dejar atrás la enseñanza, la viveza intelectual y el conocimiento de las ideas, los traumas, los mitos o los lenguajes de un pasado que en su tiempo fue presente también. Jürgen Habermas, a diferencia de Heidegger, por ejemplo, no pensaba en el ser, ni en la esencia, ni en el origen ontológico del hombre. Fue un pensador de acción especulativa y atento a su tiempo, no un militante reaccionario o desentendido de los males de su época. No obstante su campo de quehacer fue la revisión de las ideas que cimbraron el alma humana. Han pasado unos días después de su muerte y quienes nos acercamos a sus libros resentimos cada vez más la profundidad y la actualidad filosófica que este hombre de su tiempo legó a quienes aún mantienen la mínima esperanza de que la sociedad abandone su brutalidad y ofrezca un espacio de reflexión, revisión de ideales y convivencia justa.