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omingo de Pascua. Pura alegría. El final de una semana taciturna que comenzó con el Domingo de Ramos. Siete días de luto y teatro. La ciudad se veía envuelta por los acontecimientos, la Semana Santa cautivaba a las familias, todo giraba en torno a ella.
Dominaba un gran silencio. Los siete días entre Ramos y Pascua estaban marcados por un tono sombrío. En las casas se cubrían los espejos y los cuadros, profanos o sagrados. Profanas eran las pinturas, sagrados los corazones de Jesús y de María que todos entronizaban en la pared de la sala principal. El viernes se apagaban los radios. No se oía música, no se cantaba, no se insultaba, no se hablaba en voz alta, no se reía a carcajadas.

Diversa Cultural
Para los niños, un fastidio. Para los más viejos era tiempo de recogimiento, se vivía en función de la iglesia. Menos para los protestantes, seres aparte. La actitud ideal para el católico era no tenerlos como amigos, no hablar con ellos, no pasar cerca de la iglesia durante el culto de los domingos. ¿Cómo podía una iglesia no tener cruz ni imágenes?
Cuando yo era monaguillo adoraba la liturgia de Semana Santa. En las escenificaciones del seminario había mucho de esa liturgia.
Era una superproducción. La procesión de Ramos atravesaba las calles dela ciudad, el suelo cuajado de hojas, de ramos de palmas. Hoy sería una procesión políticamente incorrecta, una agresión al medio ambiente. Después venía la bendición de los ramos, resguardados más tarde en casa para ser quemados en días de lluvia. ¡Bastaba con quemar la planta bendita para que las aguas terminaran de una vez por todas!
LA IGLESIA SABÍA MONTAR ESPECTÁCULOS. Grandes momentos. La humildad de Cristo, la ceremonia del lavatorio, llevaban a la iglesia a un grupo de viejitos de asilo y los padres se inclinaban para lavar sus pies arrugados. El monaguillo cargaba la tina llena de agua. A mí me parecía asqueroso el lavatorio. ¿Por qué traían a esos viejos? ¿Por qué lo hacían los padres, si había sido María Magdalena la que le lavó los pies a Cristo? En mi cabeza todo estaba confuso. ¡Habiendo tantas hijas de María tan lindas como Beza, Leonice, Rosinha Gonçalves, Margarida Troncón! ¿Por qué no lavaban ellas los pies de los monaguillos?
El lavatorio era el jueves, día de la última cena. El viernes era la instalación de lo trágico, momentos de gran tristeza. Por la tarde, había que escuchar el sermón de las siete palabras. La iglesia contrataba a los predicadores. Había superstars de la palabra. Cobraban dinero. Padres que te hacían llorar. Nunca una frase me impresionó tanto como: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Eli, Eli, Eh, lama sabactani. Parodié esa frase en mi libro Zero, en el que José dice: EUA, EUA, lama sabactani. ¡Ninguno de los críticos percibió la referencia, quizá no eran católicos!...
El viernes moría Cristo. Seguía el encuentro doloroso. Dos procesiones salían por lados opuestos, teñidas de morado y negro. Una, la de hombres, llevaba al Señor muerto. La otra, la de mujeres, acompañaba a Nuestra Señora.Se reunían en algún punto de la ciudad. Culminación del drama: la madre y el hijo muertos, frente a frente. Durante años y años sucedía eso, e incluso en las repeticiones, la gente se emocionaba, poseída por el espíritu. Era una telenovela con un elemento extra, la fe, la religiosidad.
LA MADRE ENCONTRABA A SU HIJO VIVO ANTES DE ASCENDER A LOS CIELOS. ¡CÓMO ASCENDÍA ERA UN MISTERIO! ALLÍ TUVE LA PRIMERA REVELACIÓN DEL REALISMO FANTÁSTICO.
El sábado resucitaba Cristo. La liturgia sabía promover el clímax. La misa de Aleluya era un gran momento. Cuando el padre rezaba el Gloria al Padre, el monaguillo tocaba la campanilla (el viernes era la matraca, metal sobre madera, el sonido de la muerte). Bepe Gasparetto, el sacristán, tocaba las campanas, los automovilistas tocaban el cláxon, los trenes pitaban, la chiquillada salía agitando a Judas, el traidor. Se acostumbraba ponerle un rostro a Judas, el traidor. El de los políticos, de los malqueridos.
Cristo resucitado, final feliz. En la madrugada se escenificaba la procesión del encuentro glorioso. Le cambiaban el manto a Nuestra Señora. El morado se sustituía por uno azul claro. Pura alegría. La madre encontraba a su hijo vivo antes de ascender a los cielos. ¡Cómo ascendía era un misterio! Allí tuve la primera revelación del realismo fantástico. Frente a la cámara, las procesiones se encontraban al amanecer. Y luego llegaba la Pascua, las risas y un buen almuerzo. Nada más. La tradición de los huevos le estaba reservada a los ricos.

