Emerald Fennell (Hermosa venganza, 2020 y Saltburn, 2023) tuvo la ilusión de adaptar la novela Cumbres borrascosas de Emily Brontë, de acuerdo con la impresión que le dejó al leerla a los 14 años (según ella misma); con un profundo énfasis en el carácter sexual de la relación entre Catherine Earnshaw (Charlotte Mellington cuando niña y Margot Robbie de adulta) y Heathcliff (Owen Cooper cuando niño y todavía un frankensteiniano Jacob Elordi como adulto). Fennell tan sólo se interesó en adaptar medio libro y a unos pocos de sus personajes, pero no perdió oportunidad para sembrar sugerencias eróticas visuales y auditivas, así como insinuaciones de bondage y S&M. Lamentablemente, más que una obra estimulante, nos conduce por el terreno del fan fiction calentón, ese universo de fantasías juveniles o amateurs, a la vez morbosas y puritanas, desahogo sin literatura, “plagio” legitimizado y cursilería masturbatoria desenfrenada.
La historia se reduce a: una joven bellísima, cuya familia se acerca a la ruina financiera, decide casarse con la estabilidad económica de un rico pretendiente en vez de quedarse con el hombre que ha amado siempre y la “conoce mejor de ella misma”. Catherine escapa así de las ruinas de la propiedad familiar para salvarse en la elegancia del palacete posmoderno con decoraciones barroco-minimalistas-disneyanas de Edgar Linton (Shazad Latif). Heathcliff con el corazón roto huye a hacer fortuna. Fennell nos muestra el deseo incontrolable de Cathy en una escapada masturbatoria al aire libre y en numerosos y apasionados encuentros adúlteros clandestinos con Heathcliff.
LA ESTÉTICA INCENDIARIA de las imágenes y la cinematografía con carga épica de Linus Sandgren es atractiva, así como los vestuarios y decorados deliberadamente anacrónicos y ligeramente plásticos que empujan a la narración hacia un territorio gótico y surrealista. Pero esas transgresiones estéticas chocan con decisiones de casting que desvían por completo el significado de la relación. Heathcliff, el huérfano que el padre de Cathy adopta para ofrecérselo como “mascota” es en la novela un “gitano de piel oscura”, “sucio, andrajoso de pelo y ojos negros”, codificado en el siglo XIX como cíngaro, negro o del sudeste asiático (no exactamente Elordi); Cathy muere a los 18 años (Robbie tiene 35).

Diversa Cultural

El afán de Fennell de sexualizar el relato la llevó a elegir a dos estrellas australianas y blancas para satisfacer un ideal erótico que anula la complejidad original. La provocación está también en su fascinación por el populacho (este sí diverso étnicamente) que goza viendo a un ahorcado morir con una erección.
Fennell trasforma el universo de la novela al cambiar la naturaleza de los pocos personajes que incluye: Nelly (Hong Chau), la fiel sirvienta de Cathy se convierte aquí en una arpía vengativa y cruel que la odia, e Isabella Linton (Alison Oliver) pasa de ser ingenua, sumisa y bondadosa a una perversa masoquista que acepta las condiciones de abuso de su marido. La degradación es uno de los temas fundamentales en una novela sobre las estrictas y grotescas jerarquías decimonónicas. Pero al mostrar a Heathcliff explicando a Isabella que no la ama y tan sólo quiere usarla, extrañamente lo redime. En cambio, la cineasta fetichiza a Isabella al convertirla en una perra, una caricatura del deseo y amor explotado al extremo.
Este ejercicio de estilo muestra una obsesión física muy oportuna en tiempos de looksmaxxing, en que todo mundo es bello y nadie quiere tener sexo (aun cuando lo tengan en exceso). Pero lo importante es que nos obliga a preguntarnos qué significa y para qué sirve una adaptación de la literatura al cine (especialmente al tratarse de un clásico). Y la respuesta tal vez es que sirve para ayudarnos a diferenciar el melodrama de la tragedia.
LO IMPORTANTE ES QUE NOS OBLIGA A PREGUNTARNOS QUÉ SIGNIFICA Y PARA QUÉ SIRVE UNA ADAPTACIÓN DE LA LITERATURA AL CINE (ESPECIALMENTE AL TRATARSE DE UN CLÁSICO).
SIGUIENDO CON EL TEMA de la fetichización del abuso es pertinente mencionar otra cinta reciente altamente sexual, Pasajero (Pillion), de Harry Lighton, adaptación de la novela Box Hill, de Adam Mars-Jones. Aquí se cuenta la relación de dominación y control entre Colin (Harry Melling) un tímido empleado de la ciudad de Bromley, que se dedica a multar autos mal estacionados y en su tiempo libre canta en bares con un cuarteto de barbería (barbershop quartet), y Ray (Alexander Skarsgård), un motociclista gay enfundado en cuero con apariencia de dios vikingo. En su primer encuentro, en navidad, Ray prueba los límites de sometimiento de Colin en un callejón, lo obliga a lamerle las botas y a una tortuosa felación. Sin un mínimo de explicación de los códigos de la subcultura leather (vestimentas de cuero), Lighton muestra en su debut en largometraje a Colin aceptando gozosamente volverse el sub (sumiso) de un imperturbable y riguroso dom (dominante), al dejarse rasurar la cabeza y portar una cadena y candado al cuello. Colin se une a la pandilla, un grupo que parece sacado de las fantasías de Tom de Finlandia, donde parece descubrir la felicidad en las prácticas regimentadas de control y las fantasías eróticas compartidas de dominio y sometimiento. Más que tratar de asustar, estremecer y secretamente excitar “burgueses” lo que hace Lighton es mostrar el proceso de descubrimiento de Colin, su viaje por el territorio de emociones y sensaciones que va de la entrega absoluta del sub hasta su eventual atrevimiento para cambiar las reglas.

LIGHTON TOMÓ UN TEMA PROVOCADOR y de escándalo y lo transformó en un romance y un relato de maduración con toques de comedia incómoda, como cuando Colin lleva a Ray a comer con su madre (Peggy Sharp), que se encuentra en fase terminal de cáncer, y su padre (Douglas Hodge), en la casa familiar donde vive. El énfasis en la perversión (como ese picnic de la pandilla) no hace perder de vista las dosis de afecto que rayan en una especie decariño. Contrariamente a Fennell, Lighton ofrece un retrato empático y no trata de explotar el morbo de una forma alternativa de desear y poseer. Más que una obra voyerista es una mirada atenta y respetuosa a una intimidad ajena y extraña. Se puede pensar con Freud que la sumisión es una manifestación de culpa subconsciente y una forma de expresar vergüenza por ciertos deseos sexuales. Esa perspectiva es quizá errada o limitada.
Ray es impredecible, potencialmente peligroso y cruel, pero en realidad es alguien que tan sólo juega un papel, un performance en relaciones altamente regimentadas en las que convierte la inestabilidad emocional, torpeza sentimental e inexperiencia de sus parejas en absoluta devoción. Y este dominio lleva lo sexual al entorno doméstico por lo que es erótico obligar al sub a cocinar, limpiar, hacer compras y dormir en el piso como perro, mientras Ray lee Mi lucha, de Karl Ove Knausgård (que no es precisamente lectura ligera ni rápida) sin poner atención a su subordinado. Aquí la gente no sale lastimada debido a la presunta violencia del BDSM sino, como en cualquier otra relación, por los sentimientos rotos.

