La vejez, según definición de la Organización Mundial de la Salud es el periodo vital que sigue a la madurez. Si bien no existe una edad exacta para señalar su inicio en los seres humanos, se ubica aproximadamente a partir de los 60 años. Y se le describe de la siguiente manera:
Desde un punto de vista biológico, el envejecimiento es el resultado de la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, lo que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales, a un mayor riesgo de enfermedad y, en última instancia, a la muerte. Más allá de los cambios biológicos, el envejecimiento suele estar asociado a otras transiciones vitales, como la jubilación, el traslado a viviendas más apropiadas y el fallecimiento de amigos y parejas. 1
Esta definición y otras parecidas, se basan en estadísticas y no necesariamente reflejan la realidad de todos los hombres y mujeres mayores de 60 años. No obstante, algunas personas que han cumplido esa edad no se consideran a sí misma “viejas”, pues los conceptos de “vejez” han cambiado en las últimas décadas. Al parecer, por un lado están los parámetros “oficiales”, y, por otro, la percepción que tienen las personas de sí mismas, que puede variar grandemente dependiendo tanto del contexto cultural como de su actitud hacia la vida y en particular hacia el envejecimiento. Existe en esta etapa un deterioro físico que es visible en muchos aspectos, a pesar de que haya diferencias entre unas personas y otras.

Diversa Cultural
Lo que sí parece generalizado en nuestras sociedades posmodernas es que la discriminación social hacia los ancianos está normalizada. A esto se le ha llamado “edadismo”, que se define como una actitud discriminatoria basada en prejuicios y estereotipos hacia los adultos mayores considerándolos por default improductivos y vulnerables. Estas ideas preconcebidas resultan en exclusión de la fuerza laboral, de ciertos estratos y ambientes sociales, y en un trato desigual.
Aunado a esto, la brecha tecnológica que existe entre las generaciones más jóvenes y las más viejas ha hecho parecer a las personas mayores más inútiles de lo que en realidad son, porque el hecho de que no sean capaces de asimilar los cambios tecnológicos o que les cueste trabajo aprender los mecanismos, no los hace mentalmente incapaces. Sin embargo, esta situación provoca que muchas veces se les trate mal, con impaciencia y en un tono condescendiente.
Pero, al fin y al cabo, como dicen, la edad es sólo un número. ¿Será?
LA VEJEZ Y SUS CARACTERÍSTICAS negativas y positivas se viven de maneras diferentes dependiendo de varios factores que pueden variar de individuo a individuo. Si, por ejemplo, el adulto mayor vive con su pareja y una familia amorosa que los cuide y mantenga, o si, por el contrario, hay escasez económica y el entorno familiar está roto; si existe un estado de salud satisfactorio o no, si hay soledad y depresión o falta de motivación, todos estos factores contribuirán de manera positiva o negativa a construir una etapa de la vida que se volverá cada vez más compleja y que vendrá a ser la última de cualquier persona.
En pocas palabras, la vejez es difícil de enfrentar porque es una etapa de declinación en las habilidades físicas, porque biológicamente se presenta un deterioro gradual en la función de los órganos, e incluso también puede existir un menoscabo mental en algunos casos. Es decir, en términos generales, las expectativas de una vida de calidad van reduciéndose con los años por diversas circunstancias, por lo que las personas tienden a mirar esta etapa como un periodo de decrepitud y de inutilidad en que la esperanza se ve disminuida.
A pesar de las diversas percepciones y sentimientos personales, la vejez se vive con cierta sensación de miedo, y a veces, de terror, porque las vulnerabilidades, ya sean físicas, económicas, sociales o psicológicas quedan expuestas y con la posibilidad de crecer exponencialmente. No es tranquilizador pensar que nuestro cuerpo irá fallando día a día, se debilitará, quizá enfermará y que incluso nuestra memoria y habilidades cognitivas pueden desaparecer.
Además de estas consideraciones debemos de tomar en cuenta que la vejez la viven de manera diferente las mujeres y los hombres, ya que la sociedad patriarcal en la que vivimos crea dificultades y presiones adicionales a una mujer de edad avanzada. Y sólo necesitamos observar nuestro entorno un poco para darnos cuenta de ello.
En general, como ya lo comentamos, en nuestra sociedad, el concepto de vejez no está muy bien valorado, pero el caso empeora cuando se trata de una mujer mayor. De hecho, la palabra vieja (en femenino), dependiendo de la entonación con que se diga puede llegar a ser un insulto bastante denigrante. La semántica implica la edad avanzada (que es común a viejos y viejas), pero al pertenecer al género femenino —con eso ya da por sentado cierta desventaja implícita— carga con el agravante de ser sinónimo de una señora que se ha quedado sin valor de cambio en una sociedad consumista, —lo que significa no valer absolutamente para nada— y de ahí la crudeza de la expresión.
En nuestra mentalidad colectiva las viejas están asociadas irremediablemente a las brujas de los cuentos de hadas: siempre malas, feas a rabiar y nunca jóvenes. Son mujeres arrugadas, encorvadas, con nariz pronunciada, pelos en la barba y verrugas en el cuerpo. También se las relaciona con el arquetipo colectivo de la Gran Madre, de Carl Jung, que puede tener varias aristas: la madre amorosa y benévola, la abuela sabia, o bien la madrastra cruel, que no acepta al hijastro/a y que se pasará la vida rechazándolo y alejándolo del hogar, o también como la suegra despiadada que ve amenazada la sagrada relación con su hijo por una extraña al grupo familiar, y que, por lo tanto, debe ser puesta a prueba constantemente.
EN NUESTRA MENTALIDAD COLECTIVA LAS VIEJAS ESTÁN ASOCIADAS IRREMEDIABLEMENTE A LAS BRUJAS DE LOS CUENTOS DE HADAS: SIEMPRE MALAS, FEAS A RABIAR Y NUNCA JÓVENES.
Finalmente, a la bruja también se le relaciona con una mujer anciana, que vive sola, como si la soledad, en lugar de ser fructífera o creativa fuera la tierra de nadie donde se cultiva la amargura y el resentimiento y es terreno fértil para cultivar la magia y las artes oscuras que son una amenaza para la sociedad. La anciana es temida porque se le relaciona con la sombra y los miedos del inconsciente, y se ha convertido, en cierto modo, en el estereotipo de la maldad, que en una sociedad que culpa a la mujer de muchos males de la humanidad, no es casual ni sorprende.
EL POETA POLACO Tadeusz Różewicz (1921-2014) escribió un bello poema sobre las viejas feas ,2 porque la noción de mujer vieja está irrevocablemente unido al concepto de fealdad en el imaginario colectivo. Es difícil o poco común que existan viejas bonitas o atractivas porque el concepto social de belleza se basa en una exaltación dela juventud.
El resultado del menoscabo físico en la vejez es un proceso natural. El paso del tiempo hace que la fuerza de gravedad sobre los músculos y la pérdida de colágeno afloje la piel y le haga perder su lozanía, y por lo tanto el rostro y el cuerpo se ven afectados, haciendo que la apariencia de frescuray juventud se pierda. La piel deja de ser radiante y elástica, las canas abundan en la cabellera y la mujer, que en su mocedad podía ser una fuente de atracción sexual para el sexo opuesto, en ocasiones pasa a ser un desecho despreciable en la vejez.

En una sociedad en la que se ha endiosado a la juventud como el objetivo al que hay que aferrarse a cambio de lo que sea, una mujer vieja no sólo se vuelve invisible a los ojos de los demás, sino incluso objeto de indiferencia y, algunas veces, de aversión por parte de los hombres. Ya no tienen atractivo sexual, se argumenta y, por lo tanto, no sirven en un sistema que vive para otorgarle satisfacción y placer al varón. Sus tareas como ser biológico han terminado: ya no ofrecen placer sexual, ni pueden reproducirse, por lo que su utilidad dentro de una sociedad patriarcal se vuelve prácticamente nula. Además, las viejas ya no están involucradas en la maternidad de manera directa —aunque puedan ser abuelas cuidadoras—, ya no son fértiles, y así, basados otra vez en la utilidad de sus cuerpos, en su biología únicamente, en este caso, como vientres de cocción, serán desechadas y no serán tratadas como seres humanos integrales.
De esta manera, las viejas tenemosque vivir nuestra vida tratando de ocultar nuestra existencia tras un velo cada vez más difícil y cansado de mantener: esconder las arrugas como sea posible (a través del maquillaje, del uso de cremas que prometen tonificar y rejuvenecer la piel, inyecciones que estiran o rellenan o costosas y peligrosas cirugías estéticas); cubrir las canas, (teñirse el cabello con tintes químicos que maltratan el cuero cabelludo y el pelo); disimular un cuerpo que ya no es elástico. También hay que encubrir a toda costa las ganas o la necesidad de tener sexo (porque a cierta edad son ridículas y molestas en las mujeres), y, por lo tanto, las de tener un compañero de vida o un amigo; disimular la grasa de la cintura o la espalda y, como expresa América Ferrara en el monólogo de la película Barbie, así es imposible ser una mujer. Parafraseando: como si siempre tuviéramos que ser extra-ordinarias, pero al mismo tiempo, no acertamos nunca hacerlo del todo bien. Tienes que ser delgada, pero no dema-siado, tienes que ser jefa, pero no puedes ser mala, te debe encantar ser madre, pero no hables de tus hijos todo el tiempo, y también debes ser independiente, no quejarte del mal comportamiento de los hombres, agradar a todos los demás, al costo que sea y, sobre todo, no envejecer.
Envejecer es de mal gusto. Envejecer es un insulto. Envejecer es molesto para los demás. El envejecimiento nos recuerda que la juventud se acaba. Que la muerte está cerca. Nadie quiere recordar eso.

JULIA KRISTEVA APUNTA QUE LA VEJEZ enfrenta a la sociedad con la dependencia y la vulnerabilidad. Esto último, algo que se ha designado como una debilidad, sin comprender el valor que nos ofrece el sentirnos y vivirnos vulnerables porque es parte intrínseca del ser humano y es en realidad, una fortaleza emocional.
Es increíble la cantidad de dinero que las mujeres en todo el mundo gastan en maquillaje, productos para el pelo, tratamientos de belleza o intervenciones quirúrgicas para aumentar o reducir sus senos, sus glúteos, sus vientres o caderas; para afinar susnarices o resaltar sus pómulos o quijadas, y cubrir así el estándar de belleza que otros establecen. Queremos mantener firme el rostro, la papada eliminar las manchas de la piel, las verrugas y conservar nuestras cabelleras abundantes y sin canas. Luchamos porque nunca tenemos el cuerpo perfecto, el vientre plano, los muslos firmes o el cuello impecable. Y la presión para permanecer jóvenes en apariencia aumenta de manera brutal conforme pasan los años.
A medida que envejecemos, mirarse en el espejo en las mañanas puede convertirse en una tortura. Ver que ya no somos las mismas de hace diez, veinte años atrás. Que nuestro cuello parece de guajolote, que los párpados se han caído sin remedio o se forman bolsas debajo de los ojos. Que nuestras pestañas ya no son tan tupidas, que nuestro cabello perdió el brillo y nuestras manos están nudosas y con manchas. Nos damos cuenta de que la piel ya perdió su elasticidad. Que nos movemos más lento. Que nos duele algo que no nos dolía ayer, que nos cuesta más levantarnos por las mañanas, que nuestro cuerpo se ha vuelto más rígido y que, además, nos hemos vuelto completamente invisibles a los ojos de los demás. ¿Qué hacer en una sociedad donde lo que se valora es meramente la apariencia? ¿Y cuando ya no llenas las expectativas físicas de la belleza o lo agradable, cómo sentirse? Las mujeres viejas nos creemos ya inútiles porque no se valora la experiencia, sino sólo la apariencia. Nos sentimos desechadas, descartadas, desvalorizadas.
Pero ¿acaso los hombres no envejecen? ¿No encanecen y se arrugan? ¿En qué consiste el hecho de que a ellos no se les repela por envejecer y a las mujeres sí? ¿En qué se diferencia el juicio de la sociedad?
La sociedad patriarcal es mucho más benévola con los hombres —como en muchos otros casos— en la etapa de la madurez. Las arrugas y las canas los hacen parecer “más interesantes” o “más experimentados”, no más viejos. A ellos no se les exige el bótox, ni el ácido hialurónico. Para ellos, tanto la sociedad como la naturaleza son más benignas. Las hormonas les duran más, pueden seguir teniendo hijos durante más tiempo, y hasta pueden conseguirse parejas más jóvenes sin que se les tache de ridículos. Al contrario, son admirados porque consiguen mantener su virilidad a pesar de la edad. Muchos comienzan una nueva vida y vuelven a tener hijos a una edad en la que la mujer está impedida de tenerlos tanto por la biología como por la sociedad. Una mujer mayor que logra tener una pareja más joven además de criticada por cougar y ser acusada casi como pervertidora de menores debe tener la fortuna de la duquesa de Alba o como mínimo ser actriz de Hollywood, para mantenerse “joven” al menos de aspecto, a través de cirugías, tratamientos, inyecciones, ejercicio intenso y dietas estrictísimas.
LA SOCIEDAD PATRIARCAL ES MUCHO MÁS BENÉVOLA CON LOS HOMBRES —COMO EN MUCHOS OTROS CASOS— EN LA ETAPA DE LA MADUREZ. LAS ARRUGAS Y LAS CANAS LOS HACEN PARECER ‘MÁS INTERESANTES’ O ‘MÁS EXPERIMENTADOS’, NO MÁS VIEJOS.
RITA SEGATO HABLA de una “pedagogía de la crueldad”, donde el sistema descarta de manera inmediata lo que no le sirve y es productivo. Además de que expone una violencia extrema al tratar el cuerpo de las mujeres, en losmedios, en las redes sociales, en la publicidad, de diferentes maneras. Comprendemos que esta violencia está implícita en contra de las mujeres mayores al mostrar con exaltación el cuerpo de la mujer joven como el prototipo perfecto a consumir e invisibilizar el de las viejas porque se ha alejado de ese ideal. La mujer de cierta edad va a vivir las violencias que la sociedad ejerce contra las jóvenes, más el mandato de la masculinidad por haber envejecido, que, entre otras, incluirá exclusión e invisibilización.
Judith Butler argumenta que la etapa de la vejez se convierte en un estado de “vidas prescindibles o cuerpos fantasmales”. Vivimos las consecuencias no sólo del edadismo, sino también las del sexismo y del machismo en general en una sociedad que está lejos de valorar lo que las mujeres mayores pueden aportar a la sociedad como personas y no como objetos.
La filósofa y psicoanalista Julia Kristeva afirma que la vejez puede significar un proceso de reconfiguración subjetivo muy valioso para la mujer, en que se reconstruya internamente, y Segato propone ver a las mujeres mayores como guardianas del tejido de los vínculos, para ser sostén de la memoria y la vida comunitaria.
Regresar a la idea de la mujer mayor en tiempos antiguos, sabia y conectada a los poderes de la Naturaleza y a los dioses suena demasiado romántico y alejado de la realidad.
Nunca como ahora, y con el mayor convencimiento, debemos integrar la lucha de las viejas contra el ninguneo y la invisibilización en nuestra sociedad a la lucha contra el sistema patriarcal heteronormativo en que vivimos. Y reafirmar que tenemos todavía mucho que aportar como seres humanos productivos en una comunidad que no nos divida y aísle, y nos haga creer que no valemos nada.
NOTAS
1 https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health, consultado: 23 de julio de 2025.
2 El poema se llama “Cuento sobre las viejas feas”.

