Makia: los artesanos detrás de la máscara

El taller Makia, en Iztapalapa, redefine el arte de la lucha libre mexicana al fusionar el diseño industrial con la tradición artesanal. En este espacio a cargo de Marco Antonio Cuéllar, se realiza algo más que corte y confección. Se elabora la identidad oculta del luchador, analizando sus expresiones para que la máscara sea un canal emocional. El mascarero es el arquitecto invisible de personajes que trascienden generaciones en el ring

Makia: los artesanos detrás de la máscara
Makia: los artesanos detrás de la máscara Foto: Cortesía del autor

Marco Antonio apenas tenía dos meses diseñando y confeccionando máscaras de lucha libre en el taller Makia cuando recibió un mensaje de última hora de Mr. Iguana. “Pasado mañana viajaré a Estados Unidos para un evento, ¿pueden hacerme una máscara y equipo?”. Así que aceptó el reto de hacerla en un día: ya tenía un tiempo practicando, ya el desastre de su primera máscara realizada había quedado muy atrás. “Yo estaba nervioso, más por terminarla bien que por cualquier otra cosa.”

El encargo fue realizado y entregado. Días después, en redes sociales, Marco vio algo que despertó un enorme orgullo: Mr. Iguana no usó esa máscara para luchar. Durante una presentación la regaló a Rey Misterio, otro icónico luchador. Era una forma de agradecer el haber ingresado en la liga mundial de lucha libre. “Me sentí muy orgulloso al verla en público y en redes. Para mí fue una culminación; para él, en cambio, era apenas el inicio. Lo curioso es que él ni siquiera lucha con máscara”.

EL TALENTO QUE ACOMPAÑA A LOS LUCHADORES

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En México, la lucha libre tiene una presencia imponente. Se ve en carteles que pueden aparecer en la calle, en la Arena México, y en la mercadotecnia que se ha integrado a la cultura popular. Muchos mexicanos han crecido sintiendo esta práctica, entendida como una mezcla entre deporte de contacto y arte escénico, como algo propio, siendo el combate un acto que despierta pasiones a nivel nacional. Parte de esa parafernalia está en las máscaras de los luchadores, el elemento que los distingue: y detrás de cada una, están quienes las elaboran. Muchas veces, una máscara es una creación colectiva.

El taller Makia, llamado así por las historias mitológicas de la gigantomaquia, se ubica en Iztapalapa. Entre sus clientes se encuentran Psycho Clown, Mr. Iguana y Microman. Han enviado máscaras a luchadores de Estados Unidos, España, Italia, Japón, Australia, muchos países de Latinoamérica o Arabia Saudita. En sus talleres, se verá que hay mucha tela en el piso, máscaras en un sitio, trajes en otro, empleados trabajando con una máquina de coser, otros con las tijeras. Es el ambiente de cualquier taller artesanal.

EL TALLER MAKIA, LLAMADO ASÍ POR LAS HISTORIAS MITOLÓGICAS DE LA GIGANTOMAQUIA, SE UBICA EN IZTAPALAPA. ENTRE SUS CLIENTES SE ENCUENTRAN PSYCHO CLOWN, MR. IGUANA Y MICROMAN.

Marco Antonio Cuéllar no es el jefe en el taller, pero tiene voz y voto en casi todos sus procesos. Tiene seis años en el nicho. Empezó ya en una edad cercana a los 30, porque él, a diferencia de otros mascareros —como el señor Bucio o Alán Reyes—, no heredó el oficio de su padre. Estamos hablando de un nicho en gran medida conformado por talleres familiares. Él se formó como diseñador industrial y trabajó para muchos clientes en el sector de las tiendas departamentales, hasta que unos amigos lo invitaron a participar en el emprendimiento que terminó siendo Makia. Casi todos los integrantes de ese grupo original abandonaron el proyecto.

LA CURVA DE APRENDIZAJE de Marco duró, estima él, dos meses. Todos sabían de costura y uso de materiales porque venían de diferentes ramas del diseño. Además, a todos les gustaba la lucha libre. Él se dedicaba, al principio, a las redes sociales. “Yo la veía en televisión y jugaba con los muñecos. Actualmente soy como el director operativo, aunque la empresa no es mía. A mí me toca la parte más tangible del proceso”.

Marco insiste en que Makia tieneun buen ritmo de trabajo porque acepta su condición como tipo de asociación: es una empresa. Tiene normas y estructura. A cada cliente se le muestra un instructivo que debe seguir. Hay administrador y abogado. Hay funciones para cada miembro de la empresa. Y él, sin dejar de ser un artesano, es también un diseñador: “Mi formación académica está muy orientada a los procesos, así que ya te imaginarás cómo pienso el trabajo. Me gusta mucho todo lo relacionado con procesos, pintura y escultura”. Se ríe al recordar los orígenes de Makia. En sus primeros dos años iban a las luchas para vender máscaras informalmente. También a mercados y bazares. Eso mientras se daban a conocer. Hoy tienen sobrecarga de trabajo. Aunque parezca un nicho artesanal pequeño, en realidad es gigantesco debido al contexto cultural mexicano.

Makia: los artesanos detrás de la máscara
Makia: los artesanos detrás de la máscara ı Foto: Cortesía del autor

La lucha libre mexicana es un patrimonio inmaterial: sus valores, técnicas y métodos se heredan de generación en generación. Desde el año 2018, la Secretaría de Desarrollo Social de la Ciudad de México la reconoce oficialmente como tal. Es una competencia, pero a su vez una puesta en escena. Por ende, condensa los significados asociados al deporte, las artes escénicas y la ficción en general. El investigador José Agustín Sánchez Valdez, asociado a la Escuela de Filosofía de la UNAM, comenta que:

[…] es una representación teatral de la existencia que exige de sus protagonistas conocimiento, técnica, fortaleza física y valor simbólico, y que de sus observadores participantes pide entrega total. Esta representación solo se logra a partir de la articulación de un universo simbólico, en el cual el espectador pueda construir uno o varios sentidos.

En otras palabras: es un escenario donde la imaginación mexicana está viva. El mascarero es parte esencial de esa dinámica. Sin él, el personaje no existiría. Y la vida de quien se dedica a ese oficio, contrario a lo que se pensaría, no depende sólo de máscaras. Su labor involucra el paquete completo: pantalón, muñequeras, coderas y, a veces, capa. Todo debe ser un conjunto coherente; es necesario que haya una identidad visual en cada una de las partes. Patrones y colores deben estar distribuidos de manera íntegra. Y siempre entregan mínimo dos máscaras; a veces pueden ser muchísimas más. Eso suele ser por respaldo, por si la que usa sufre alguna avería durante algún combate, para que puedan regalar alguna, dejar otra para colección o algunas para venta. “Eso varía según el momento de su carrera”, puntualiza Marco.

Makia: los artesanos detrás de la máscara
Makia: los artesanos detrás de la máscara ı Foto: Cortesía del autor

EN MAKIA NO TIENEN una mentalidad “autoral”. No es que no pueda haber una visión de cada miembro del equipo, sino que el proceso es una creación colectiva. Muchas labores son rotativas. “Makia es una marca, una empresa. No busco que sea una firma personal, porque quienes cosen aquí van rotando. Es más una marca colectiva que una autoría individual”. Eso los distingue mucho, por ejemplo, del taller de Bucio, quien, de hecho, es un referente que Marco menciona. Y no sólo por la elaboración: hay quien se encarga de vender, quien gestiona las redes sociales, otra persona de administración.

Es un proceso largo. Apenas reciben un pedido, lo primero es hacer una ficha técnica: debe indicar el material que pidió el luchador, cómo debe estar hecho el cuello —porque hay varios tipos de cuello para las máscaras—, y después el diseño e impresión. “Utilizamos teoría del color, ergonomía, combinaciones monocromáticas y colores complementarios para lograr mejores resultados”. Muchas máscaras tienen detalles que pueden ser complejos. Y algunos luchadores quieren que el método sea artesanal, sin el uso de láser para la impresión. En esos casos, una máscara se lleva un día de trabajo. Si se permiten las herramientas más actuales, sólo tres horas. El proceso siempre es el mismo: corte, diseño, armado y limpieza.

MUCHAS MÁSCARAS TIENEN DETALLES QUE PUEDEN SER COMPLEJOS. Y ALGUNOS LUCHADORES QUIEREN QUE EL MÉTODO SEA ARTESANAL, SIN EL USODE LÁSER PARA LA IMPRESIÓN. EN ESOS CASOS, UNA MÁSCARA SE LLEVA UN DÍA DE TRABAJO.

Ambas técnicas tienen su dificultad. En lo tradicional hay que tener mucho cuidado y precisión en el corte. Cuando se usa láser, se pueden agregar más detalles porque la máquina se encarga de esa parte. Sin embargo, quienes más tiempo invierten suelen ser las costureras.

“Por favor, necesito diez máscaras y un equipo antes de irme a Japón”, le escribió un luchador una vez. Se trataba de Bandido. Cumplieron con el pedido. Cuando llegaron, él los invitó a ver máscaras que guardaba en casa. Todas eran de Dr. Wagner. “¿Por qué tienes tantas máscaras de ese luchador?”, le preguntó a Marco. “Porque soy su hijo”. Le pareció sorprendente. Estaban creando una identidad para un luchador que perfectamente pudo haber heredado un personaje.

LOS CREADORES DE MÁSCARAS de lucha libre son, en parte, psicólogos. Cada máscara debe integrarse a la personalidad del luchador. Puede ser muy buena a nivel técnico, tener buenos colores, pero si no es adecuada para un luchador en específico, el resultado no será bueno. Algo parecido a las varitas del universo ficticio de Harry Potter. Por eso tienen que detallar y analizar tanto la cara del cliente como sus expresiones, así como su personalidad. “Hay personas que se ven muy bien sonriendo; en ese caso, enfatizamos la sonrisa. Otros tienen ojos muy expresivos, y entonces buscamos darles protagonismo”. Para que cada máscara sea personalizada, Marco compra materiales específicos. No tienen almacenes con muchos materiales.

Las máscaras son conductoras de la emocionalidad que surge de la lucha libre. “Yo creo que el personaje es50% la personalidad del luchador y 50% la máscara”. Marco asegura que una máscara mal hecha puede hundir una carrera, incluso si el luchador es alguien talentoso. De hecho, su precio sube o baja en función de sus victorias o derrotas. Y si uno dice que esa máscara lo acompañó en un combate de relevancia, ni se diga.

Marco destaca que una máscara puede ser un personaje en sí. Muchos luchadores le heredan su máscara a otro, permitiendo que el personaje continúe en alguien más. Otros sostienen al personaje a base de su talento tanto marcial como escénico. Y en algunos casos, un mismo luchador puede cambiar de personaje y funcionar igualmente. Por supuesto, el misterio suele ayudar. “Muchos luchadores sólo muestran los ojos, y con eso transmiten mucho”.

Cuando Marco termina de hablar, me enseña una bolsa. Hay, a lo mínimo, quince máscaras allí, además del resto del equipo. Ha sido un día intenso. Mientras respondía, contestaba mensajes a quienes las entregarían a sus dueños. “Muchos luchadores vienen a buscar sus máscaras en la madrugada, pero aquí se deben respetar horarios”. Y eso es sólo un día normal en su rutina.