El fotoperiodismo puede ser considerado un gran discurso con miles de vertientes: el fotógrafo logra imágenes que deben destacar por su capacidad para informar y por sus atributos compositivos. La realidad llega a las personas mediante la imagen. Pero Zahara Gómez Lucini, quien tiene años trabajando en el proyecto Recetario para la Memoria en diferentes locaciones, tiene otra concepción. Ella va a los lugares como hace un documentalista, habla con las personas como hace un documentalista, investiga como lo hace un documentalista. Sin embargo, en su caso la fotografía no es un fin. Hay un tema fijo en todo su trabajo: la desaparición forzada.
Gómez Lucini averigua qué le gustaba comer a cada persona desaparecida y realiza un libro de cocina basándose en esas preferencias. Es parte un esfuerzo colectivo, donde muchos grupos e instituciones participan. El proyecto ha tenido más de una edición y se ha presentado dos veces en la sede de la ONU en Ginebra en el marco del Foro Anual de las Desapariciones Forzadas. En ambos casos, las personas participantes acudieron por videollamada.
Si a mí me tocó que la herramienta fuera la fotografía, bien, pero podría haber sido un martillo. Porque para mí la idea era hacer un recetario. No es azar: quería que una persona de cualquier parte conectara con un muchacho desaparecido de Sinaloa. Entonces la fotografía es un Caballo de Troya.

Padre madre hermana hermano, de Jim Jarmusch
DEL FOTOPERIODISMO A UNA NUEVA FORMA DE MEMORIA
Zahara nació en España. Su padre argentino huyó de la dictadura de Videla. En su hogar escuchó hablar muchas veces sobre personas que, después de haber tenido un conflicto con el poder, no volvieron a ser vistas.
Si bien mi crecimiento no fue allá, creo que Argentina hizo un gran trabajo de memoria. Hay mucha producción sobre memoria. En España hay muchos desaparecidos, pero no se habla de eso; en cambio, en Argentina, desde la generación de las víctimas hay una gran producción de obras al respecto.
Zahara solía pensar en las desapariciones forzadas como un asunto ligado al Cono Sur. Solía generarle dudas: ¿dónde están los desaparecidos?, ¿dónde los buscan?, ¿por qué desaparecieron? Siendo hija de un periodista, esos intereses fueron naturales. Y a la hora de escoger una carrera, no decidió cursar Comunicación, sino Historia del Arte en La Sorbona.Admiraba a los grandes fotoperiodistas del siglo XX. Su tesis fue sobre la representación de los desaparecidos durante las dictaduras militares del Cono Sur.
Mientras estudiaba, entró como becaria en el departamento de archivo de Magnum. Era un sueño convertido en realidad. Allí entró en contacto con negativos y positivos de las fotografías de Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, George Rodger, Elliott Erwitt, Eugene Smith, Josef Koudelka y más. “El nivel de bagaje visual que me comí trabajando fue bestial”. Después, fue transferida al área de gestión cultural. Allí colaboró con la organización de exposiciones y proyectos editoriales.
“ZAHARA FOTOGRAFIÓ FOSAS CLANDESTINAS. Y TAMBIÉN SE PUSO EN CONTACTO CON COLECTIVOS DE MADRES BUSCADORAS. EL PROYECTO SE EXPUSO EN EL CENTRO DE LA IMAGEN.
Estuvo cuatro años en Magnum. Al salir, sentía que ya todo se había hecho en fotoperiodismo. Se dedicó a la iluminación teatral, que ejerció entre España, Francia y Argentina. También empezó a investigar sobre las desapariciones forzadas en el país de su padre, por lo que contactó al Equipo Argentino de Antropología Forense, reconocido internacionalmente por su trabajo sacando a la luz los cuerpos de víctimas de la dictadura militar. Empezó a hacer series fotográficas sobre el tema. También hizo un par de viajes a Chile con la misma motivación.
Después emigró a México. En el estado de Sinaloa empezó nuevas series fotográficas, y el tema de la desaparición “se actualizó al presente”. Si bien en Argentina la relevancia tenía que ver con modelos dictatoriales de los años setenta y ochenta, en el país era un tema actual, ligado a otra realidad social: el narcotráfico.

En 2016 recibió una beca junto a Mauricio Palos y a Juan Orrantia para desarrollar el proyecto Is this tomorrow, sobre las consecuencias de la Guerra Fría en América Latina. Eso le permitió viajar de nuevo a Argentina, donde se encontró por segunda vez con el mundialmente famoso Equipo Argentino de Antropología Forense. Además, Zahara fotografió fosas clandestinas por primera vez. Y también por primera vez se puso en contacto con colectivos de madres buscadoras. El proyecto se expuso en el Centro de la Imagen. “Ningún trabajo está acabado. Siento que todos esos núcleos se comunican entre ellos.” Así, se propuso trabajar con el tema de la desaparición forzada a nivel regional. En principio, Zahara quería ser una documentalista tradicional: investigar, viajar a un lugar determinado, hacer entrevistas y usar su cámara. Fotografió muchos procesos de extracción de cuerpos con pico y pala.
ZAHARA FOTOGRAFIÓ FOSAS CLANDESTINAS. Y TAMBIÉN SE PUSO EN CONTACTO CON COLECTIVOS DE MADRES BUSCADORAS. EL PROYECTO SE EXPUSO EN EL CENTRO DE LA IMAGEN
En uno de esos viajes llegó a Los Mochis. Allí entrevistó a muchas personas. Residía en la casa de una madre buscadora. Hacía preguntas pertinentes: ¿quién era tu hijo?, ¿a qué se dedicaba?, ¿cuándo desapareció? Sentía que estaba haciendo algo importante: ¿quién era su hijo?, ¿a qué se dedicaba? Pero en ese lugar su perspectiva cambió. Al terminar una entrevista, llegaron unos periodistas. Zahara se quedó en la habitación que tenía asignada, desde donde podía escuchar toda la conversación. Repitieron las mismas preguntas que ella había hecho. Y la madre dio las mismas respuestas. Entonces entendió algo: estaba repitiendo una narrativa. Había ya muchos fotógrafos y cineastas haciendo lo mismo. Entonces quiso probar un nuevo enfoque. Había una responsabilidad emocional que atender. “Como narradores, artistas, periodistas, nuestro rol, más que contar, es inventar narrativas, cuestionar las que existen”.
Entendió que, sin despreciar a sus referentes del fotoperiodismo, debía encontrar otra manera de trabajar y denunciar. En contacto con colectivos de madres buscadoras empezó a hacer otro tipo de preguntas. ¿Qué les gustaba comer a sus hijos e hijas? En 2018 le propuso a un colectivo hacer un fotolibro basándose en esa premisa. La respuesta fue positiva. El primer libro apareció en 2019. Se llamó Recetario para la Memoria, Rastreadoras del Fuerte en Los Mochis, Sinaloa. Participaron 27 familias. El procedimiento fue fotografiar comidas, cocinas, fosas. Dejar un testimonio donde el contexto se relacionara con el entorno familiar, íntimo, gastronómico. Algunas páginas son de imágenes, otras son de información de cada desaparecido y lo relativo a su vida y a sus gustos culinarios. “El libro, autofinanciado, autoeditado, ‘autotodo’, también fue una cuestión de asumir la coautoría con ellas, como una parte clarísima en la comunicación del proyecto. Y las ganancias eran para ellas”.
Zahara es consciente de un aspecto: no ve su labor como un proyecto de género. Ha visto a madres y a padres en estado de duelo por sus hijos. Lo que sucede, cree ella, es que quienes suelen asumir la responsabilidad de buscar a los desaparecidos son las madres, porque lo común —al menos en zonas rurales mexicanas— es que sean ellas quienes no tienen un trabajo formal. como lo tienen los padres. Además, hay otra realidad: suelen ser ellas quienes se ocupan de cocinar en sus hogares; por lo tanto, son quienes conocen las recetas.
La realidad de las familias de desaparecidos es, en extremo, dolorosa. Primero: pierden a un ser querido sin explicación, y la duda (¿está vivo o muerto?) se apodera de ellos para siempre. Además, la sociedad muchas veces no las trata con empatía. Los gobiernos, a través de comentarios de algunos políticos, suelen sugerir o directamente acusar a las víctimas de ser criminales. Otras veces son ignoradas. También se argumenta, sin pruebas, que el desaparecido “se lo buscó. Uno no sabe en qué andaba” Es normal que las personas desconfíen de la inocencia de los desaparecidos sin conocerlos. “La estigmatización se convierte en una herramienta para sofocar”, explica Zahara.

Recetario para la memoria tiene una metodología de colaboración. Cada contacto se comunica con la familia del desaparecido, visita su vivienda y fotografía el acto de preparar la comida. Después viene la parte editorial: la periodista Daniela Rea y la diseñadora Clarisa Moura escriben el texto y diseñan el apartado gráfico. Una vez hecho el libro se organizan rondas de cocinas comunitarias con la sociedad civil.
Zahara ha sido testigo de lo que suele suceder en esos casos: por lo general, eso tiende a hacer que alguna de las mujeres del desaparecido —la madre, la esposa, la hermana— empiece la labor de búsqueda (aunque también es posible encontrar participación masculina,). Eso crea fracturas: el tiempo de convivencia se reduce o desaparece, también el de realizar labores domésticas o incluso de generar ingresos. A veces, el grupo familiar se ve dividido. El segundo Recetario para la Memoria se desarrolló en Guanajuato con Daniela Rea y Clarisa Moura, 72 familias y doce colectivos. La experiencia fue similar a la de Sinaloa.
Hay fotoperiodistas que tienen una ética impecable. Mi cuestionamiento es sobre cómo funciona. Cuando trabajas con temas tan complejos, hay que bajarse del cuento que te contaron de la función del fotógrafo. En este proyecto el proceso funciona porque se colectiviza. En temas sociales, no importa si está bien compuesta la foto. Yo tengo un conflicto interno con World Press Photo y con lo que involucra la vulnerabilidad del otro. No se nos ha enseñado a compartir esa autoría. Ser premiado por una foto de una señora con un bebé muerto en brazos me parece cínico. La foto es una herramienta para un fin más grande. Admiro a muchos fotoperiodistas, pero me pregunto: ¿qué pasa con esa foto después? Creo que es algo que se ha ido modificando. ¿Qué pasa con las personas después?
MISMO MÉTODO, OTRO PAÍS: COLOMBIA
Era el año 2016 —cuando se estaban terminando los Acuerdos de Paz en el país sudamericano— cuando Zahara hizo el primer viaje. La metodología no fue distinta: primero dialogó con las familias de las víctimas, después fue armando el recetario. Durante cinco años estuvo moviéndose entre Bogotá y Medellín. Allí, a diferencia de como sucede en México, la familia entera, hombres y mujeres participaban en las búsquedas. Ella cree que quizás es porque ese país tiene una larga tradición de desapariciones, y la sociedad se ha adaptado. “En el Bogotazo ya había desapariciones. En el estallido de 2021 hubo desapariciones. Hay desapariciones por parte del narco, de los grupos armados. Conocí gente que se había desplazado dos veces”.
En Colombia trabajó con catorce colectivos; además de eso, tuvo el apoyo de instituciones como Museo Casa de la Memoria de Medellín, Fundación Casa B, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, y Bertha Foundation, que le otorgó una beca para el proyecto.
EL PRIMER LIBRO APARECIÓ EN 2019. SE LLAMÓ RECETARIO PARA LA MEMORIA, RASTREADORAS DEL FUERTE EN LOS MOCHIS, SINALOA. PARTICIPARON 27 FAMILIAS. EL PROCEDIMIENTO FUE FOTOGRAFIAR COMIDAS, COCINAS, FOSAS.
Allí conoció a una señora llamada Mercedes cuyo cuñado desapareció en 1982, y todavía continúa la búsqueda junto al Colectivo 82, dedicado a la búsqueda de los estudiantes de la Universidad Nacional que fueron desaparecidos por la policía. “Tenía muchos puntos en común con las desapariciones de Argentina, porque fue por agentes del Estado”. La esposa, los hijos y el hermano del desaparecido también se habían involucrado en el reclamo de la verdad. Mercedes fue el contacto que Zahara conoció. La comida favorita de ese desaparecido eran los tamales colombianos.

Conoció más personas en ese país. Edgar Ángel, por ejemplo, ha pasado años buscando a su hermana, quien no desapareció en Colombia, sino en México. Un colectivo de Guanajuato colabora con la búsqueda, que tiene lugar en Irapuato. Él ha viajado varias veces a México. A ella le gustaba comer pollo sudado.
Para mí es una mezcla de terquedad, suerte y de encontrar los caminos. El mapeo de la desaparición forzada y de conectar a los colectivos de diferentes espacios y geografías es difícil. Si bien la metodología forense es la misma, la mitología del terror se actualiza. Y muchas veces me interesan las formas de resistencia.

Un idioma siempre al borde de la extinción

