Se abren las puertas y paso al vagón. El cambio estacional trae resfriados, bacterias y alergias. Con la pandemia aprendimos a decir que lo que sale de nuestras bocas son aerosoles y gotículas; son restos de baba, pero así sonaba mejor. Los amontonamientos son lugares perfectos para la transmisión de infecciones. Aún no manejo y dependo del transporte público. Prefiero andar compartiendo bichos que circulando con nervio por las vías rápidas de la ciudad. Mientras fracaso en buscar cómo acomodarme para no tener que sujetarme del tubo, dos señores han fraternizado en los dos minutos que ha transcurrido entre una estación y otra. Ambos son más altos que yo. Me he quedado en medio de ambos a recibir las gotículas que salen de su conversación:
—¿Eres cristiano, hermano?
—Adventista, del séptimo día.

Diversa Cultural
—Aleluya.
APENAS HEMOS HECHO UNA PARADA y mis vecinos de viaje llegaron al punto de las confesiones sin que me diera cuenta. Aguzo el oído para no perder más detalles. Hablan de Job, que tuvo muchos hijos y de Abraham que tuvo sólo uno y al que, según sus palabras, Dios le jugó una broma cuando le pidió sacrificar a su vástago. Conozco aquel relato y es poca broma. La conversación es veloz. Apenas una estación más y están platicando de sus jubilaciones. Uno de ellos presume haber trabajado para la SEDENA y asegura que Estados Unidos invadió México hace unos meses y él fue testigo de esa intervención ocurrida en las playas de Colima. La plática vuelve a sus asuntos de fe. Bajo en la siguiente estación, bautizado en gotículas y con la mano llena de más tipos de microorganismos que toda la fauna que hay que en la Sierra de Manantlán. Mientras subo en la escalera eléctrica busco en internet si existe alguna noticia sobre la presencia de militares estadunidenses en el Pacífico. Google me ofrece algunas notas relacionadas.
EN EL INTERIOR DE TODO EL MUNDO están contenidas multitudes. Las últimas semanas me repito esa frase para no volverme loco pensando en que hay algo raro viviendo dentro de mis intestinos. En un artículo publicado en la Revista de la Universidad, el escritor y zoólogo Andrés Cota Hiriart menciona que cada persona alberga cien trillones de microbios, mientras que en la Vía Láctea hay tan sólo cuatrocientos millones de estrellas. También dice que aquel ecosistema que hay en nuestras tripas también participa de la formación de nuestros pensamientos. Pienso en esto: Todas las ideas tristes y emociones que me han atravesado las últimas semanas debido a mis afecciones intestinales fueron compartidas con todos esos microorganismos.
Camino del metro a la oficina concentrado en no tocar nada con la mano con la que tomé el tubo. Llego y me lavo. Busco el equilibrio interno y tengo pendiente empezar mi diario de comidas. Se llamará Recetario de sinsabores.

