Cuando se narra la historia de los mexicas aparece ineludiblemente el nombre de Aztlán, sitio de origen de este pueblo que, tras un largo peregrinar, fundaría la ciudad de Tenochtitlán y, con ella, uno de los mayores imperios del México antiguo. Si bien para muchos se trata de un sitio más bien mítico, es innegable que su relato conserva todavía hoy un lugar esencial en nuestra memoria colectiva y en la construcción de los discursos históricos nacionales. En el largo debate aún vigente sobre la posible ubicación geográfica de este lugar, se habla siempre de alguna zona al norte de la capital, quizá Nayarit, o incluso más norte aún, como Nuevo México. Pensar que la búsqueda misma de Aztlán pudo haber sido un factor que motivó la conquista del norte;1 es muestra del poder que este sitio ha guardado en el ámbito político y social siglos después de aquella gran migración. Aztlán entonces no sólo es una idea que genera identidad en el centro del país, donde perviven los monumentos mexicas, sino también en territorios que alguna vez fueron parte de México y que hoy son esa región que llamamos la frontera. Es un gran atino que el Museo del Palacio de Bellas Artes haya titulado así su reciente exposición, dedicada a lo más representativo del arte chicano contemporáneo.
LOS REFERENTES A LA HISTORIA MEXICANA aparecen continuamente a lo largo del recorrido, a menudo reinterpretados a partir de la cultura popular e incluso con gran sentido del humor, pero siempre como ancla a un pasado compartido de ambos lados de la frontera. El imaginario mesoamericano destaca en este sentido como símbolo de arraigo a la cultura mexicana, como también sucede con el muralismo, práctica que es retomada por diversos artistas desde el contexto urbano angelino. El diálogo entre estos dos motivos y el propio recinto es de gran pertinencia, con las piezas exhibidas en salas haciendo eco tanto del acervo pictórico del Palacio como de los elementos neoprehispánicos de su arquitectura.
La exposición brinda una nueva y necesaria mirada en torno a un espacio que, si bien es el máximo recinto cultural del país, puede percibirse anquilosado. Expandir las lecturas de su colección y espacios hacia este tipo de expresiones contemporáneas ofrece perspectivas frescas que abren nuevas posibilidades de analizarlos y, a su vez, renovadas vías para investigarlos y oportunidades de acercamiento a nuevos públicos que quizá no se han visto representados en los museos nacionales.
Es importante señalar que quizá el mayor acierto recae en la reivindicación de la identidad fronteriza, que en el clima político actual no sólo es muy pertinente sino urgente. Es de celebrar que, en lo que pareciera ser la apuesta del Museo del Palacio de Bellas para el programa cultural de la Copa del Mundo, se indague más allá de lo meramente deportivo para adentrarnos en una de las muchas artistas de lo que podríamos entender como una identidad estadunidense.
1 Ver Danna Levin Rojo, Return to Aztlán: Indians, Spaniards and the Invention of New Mexico, University of Oklahoma Press, 2022.