
Dos caminos
Detesto los lugares comunes. Son una especie de outlets de la inteligencia en los que se compran imitaciones del pensamiento a precios más baratos. Ejemplo: “Dos cabezas piensan mejor que una”. Es falso, notoriamente falso. Cuando dos cabezas se juntan siempre hay una que piensa mejor que la otra, aunque en ocasiones se puedan complementar. Cuando Einstein emigró a Estados Unidos se editó en Alemania un libro titulado Cien científicos contra Einstein. Respuesta del aludido: ”¿Por qué cien. Si estoy equivocado basta con uno”. O, como le decía el general Patton a su Estado Mayor: “Si en esta sala todos piensan como yo, entonces alguien no está pensando”. Ah, si la verdad fuera como un carro que circulara más aprisa cuantos más burros tirasen de él...
Nuno Lobo Antunes, Lo siento mucho, trad. Isaac Alonso Estraviz, Aguilar Fontanar, 2009.
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LA FORTUNA NO SE COMPRA, SE CONQUISTA
Entre los muchos dramáticos desafíos que Hemingway escenifica en sus obras, la lucha entre un viejo pescador y un gigantesco marlin en las aguas frente a La Habana conforma un extraordinario himno a la valentía, la obstinación, al honor, a la piedad, a la esperanza, a la vida como perpetuo teatro de inevitables agonismos. En el “relato” El viejo y el mar —que le valió el Pulitzer (1953) y después el Nobel (1954)—” Santiago no se deja vencer por una larga serie de “derrotas” (“Hacía ochenta y cuatro días que no capturaba un pez”). Y así, el octogésimo quinto día, su obstinación (“Su fe y su esperanza no le habían fallado nunca”) se ve premiada: una enorme bestia de cinco metros y medio muerde el anzuelo. Unidos por el sedal, presa y predador se transforman en un todo único. En el cuerpo a cuerpo que mantienen, Santiago, con una conmovedora insistencia, considera al marlin como su amigo, su hermano. Querría darle de comer, querría que no sufriese. Pese a su continua mengua de fuerzas y pese al miedo de morir (“El pescar me mata a mí”), el pescador no deja de expresar su admiración por el pez y su pena por haberlo atrapado. Así, al final del duro enfrentamiento entiendo que no lo ha matado “únicamente para vivir” sino “por orgullo”, porque ése es el destino del pescador (“Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez”). No importa que la enorme presa haya sido devorada en el viaje de regreso por los escualos. Lo que cuenta es la victoria moral: haberse preparado para atrapar la fortuna (“Pero yo prefiero ser exacto. Luego cuando venga la suerte, estaré dispuesto”), haber continuado esperando contra toda previsión (“Cada día es un nuevo día”), haber luchado hasta el último aliento, haber respetado a su presa, haber sufrido con dignidad y coraje, haber desafiado a la muerte. La fortuna no se compra (“Me gustaría comprar alguna”), sino que se conquista.
Nuccio Ordine, Los hombres no son islas. Los clásicos nos ayudan a vivir, trad. del italiano Jordi Bayord, Acantilado, 2022.
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AL AMANECER
Me paré frente a ti como ante un altar.
Todas las promesas que hice antes
las rompí al verte.
Aún está oscuro. En el entresueño recuerda que empezó a escribir estos poemas cuando todavía no existía para él. Ahora es la madrugada del 17 de agosto de 2018 y la siente darse vuelta en la cama despertándolo. Al abrir los ojos ve que ha empezado a aclarar y que ella también está despierta. Preso de una súbita emoción coge entonces las manos de P entre las suyas y le dice lo más sagrado que un hombre pueda llegar a prometer: le dice que esta vez no va a perderla, le dice que no puede perderla una vez más, le dice que antes ya la perdió demasiadas veces en su vida.
Amante del amor.
Raúl Zurita en La experiencia del amor. Tentativas y miradas interiores a lo largo de una vida, prol. Francisco Segovia, Gris Tormenta / Universidad Veracruzana, 2024.
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PASAJEROS DEL TIEMPO
Don Quijote partió hacia un mundo que se abría ampliamente ante él. Podía entrar libremente en él y regresar a casa cuando fuera su deseo. Las primeras novelas europeas son viajes por el mundo, que parece ilimitado. El comienzo de Jacques el fatalista de Diderot sorprende a los dos protagonistas en medio del camino; se desconoce de dónde vienen ni adónde van. Se encuentran en un tiempo en que no hay principio ni fin, en un espacio que no conoce fronteras, en una Europa en la cual el porvenir nunca puede acabar. Siglo y medio después de Diderot, con Balzac, el horizonte lejano ha desaparecido como un paisaje detrás de esas construcciones modernas que son las instituciones sociales: la policía, la justicia, el mundo de las finanzas y del crimen, el ejército, el Estado. El tiempo de Balzac ya no conocía la feliz ociosidad de Cervantes o Diderot. Se había embarcado ya en el tren que llamamos Historia. Es fácil subirse a él, pero es difícil apearse. Sin embargo, este tren aún no tiene nada de espantoso, hasta tiene encanto; promete aventuras a todos los pasajeros y con ellas el bastón de mariscal. Más tarde aún, para Emma Bovary, el horizonte se estrecha hasta tal punto que parece un cerco. […] El infinito perdido del mundo exterior es reemplazado por lo infinito del alma.
Milan Kundera, El arte de la novela, trad. Fernando de Valenzuela y María Victoria Villaverde, Tusquets, 2022.
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LA INCONSTANCIA DEL AMOR
PROTEO: ¡Con qué facilidad un ardor apaga otro ardor! Así como un clavo saca otro clavo, así también un nuevo amor me ha hecho perder la ilusión de mi amor primero. ¿A quién debo acusar de la turbación que sufre mi mente? ¿A mis ojos, a los elogios de Valentín, a las perfecciones de esa nueva hermosura o a mi inconstancia? Verdaderamente, Silvia es bella; pero ¿acaso no lo es también Julia, a quien amo? Es decir, a quien amaba; porque ahora mi amor, semejante a una figura de cera que se aproxima a las llamas, se ha derretido como hielo, sin conservar señal alguna de lo que era. Diría que se ha entibiado mi amistad por Valentín y que ya no le estimo como antes. ¡Oh! Pero amo con demasiado exceso a su adorada, y ésta es la razón de que le quiera a él tan poco. Y si de tal manera adoro a esa mujer apenas vista, ¿qué será cuando haya podido apreciarla más? No conozco sino su retrato y ello ha bastado para trastornar mi razón. Pero cuando contemple sus perfecciones todas, forzosamente quedaré ciego. Haré cuanto pueda por reprimir este culpable amor. Si no lo consigo, pondré todos los medios para poseerla.
William Shakespeare, Los dos hidalgos de Verona, trad. Luis Astrana Marín, Espasa—Calpe, 1967.
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ANTE LA CENSURA
Y así confieso que este temor me ha quitado la pluma de la mano y ha hecho retroceder los asuntos hacia el mismo entendimiento de quien querían brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una herejía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y esta, iusta vel iniusta, timenda non est, deja comulgar y oír misa, por lo cual me da poco o ningún cuidado; porque, según la misma decisión de los que lo calumnian, ni tengo obligación para saber ni aptitud para acertar; luego, si lo yerro, ni es culpa ni es descrédito. No es culpa, porque no tengo obligación; no es descrédito, pues no tengo posibilidad de acertar. Yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe […]. Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar, sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos.
Sor Juana Inés de la Cruz, “Respuesta de la Poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz”, Cartas, Porrúa, 1999.


Divagaciones sobre el tiempo. Renato Leduc


