Lector amigo, he escrito ya cien columnas desnudándome para ti. Cien veces me he exhibido, contándote mi historia de distintas maneras, en diferentes versiones. Para seducirte y provocarte interés, he distorsionado lo cotidiano. Pero hay otro testigo al que no he logrado engañar, cómplice implícito, única escena del crimen, espacio que amo y detesto, castigo, exploro y, a veces, te ofrendo. Es mi cuerpo, mi archivo más fiel, evidencia tangible de lo que soy.
Ojos de perra azul, mi biografía anatómica, bitácora viva.
En la primera entrega hablé de mis ojos. Mirar es mi forma de desollar superficies para encontrar sentido. Nacieron antes que el resto de mí, fueron mis primeros cómplices, me enseñaron a ver lo que no es evidente. Mis pupilas eligen, censuran, transforman lo insoportable y embellecen lo que podría destruirme. Tengo la percepción torcida, no existe lente capaz de corregir semejante vicio. Con ellos te cautivo, te vigilo incluso en ausencia.
EN OTRA OCASIÓN DESCRIBÍ MI NARIZ, esa dictadora pegada a mí o yo a ella, da igual. Inseparable protuberancia, dueña del sentido más primitivo, animal, inquisidor. Percibo tu aliento a distancia, vórtex mío. Huelo peligros, detecto aromas prohibidos. Después apareció mi lengua de fuego, arma y condena. Con ella beso, degusto, arruino silencios, confieso y corrompo palabras. Platico con paredes, espectros y contigo, lector paciente, crítico amable, que al leerme observas cómo me despedazo a mí misma.
Luego vino la piel, la frontera más falsa, territorio que denuncia mi fiebre, las cicatrices, el miedo. Y mi ombligo, ómphalo abierto, marca de mi primer exilio al desconocido país de la vida donde insisto en buscarte.
Te conté del peso que cargo, calibrado en kilos de errores, toneladas de decisiones impulsivas y extrañas, en el volumen de preguntas que nunca dejo de hacerme, qué demonios hago aquí, qué significa estar viva, si la muerte existe o sólo me cambia de nombre. Y en algún párrafo te advertí que soy todo lo que buscas, pero histérica, demente y llorona.
En estas páginas he confesado mis múltiples robos. El cerebro de un hombre. De otro, las manos, los dedos, las uñas con todo y pellejos. De alguno conservé una oreja. Hurté tu sexo y me lo llevé de viaje. Me enamoré de tu hombro, que se negó a caminar junto a mí.
En la playa narré el tsunami que me revuelca por dentro. De lo inconsciente, los sueños, mis catástrofes amorosas, de las fantasías estrelladas contra la realidad. De las tormentas en plena sequía, del frío que no se me quita ni en primavera.
El Cultural ha sido el vocero de mis obsesiones. Archivo de traumas, inventario de recuerdos, laboratorio de escritura. Soy muchas veces perra. La fiera que gruñe, hinca el colmillo, defiende su territorio, también criatura fiel a quien la alimenta y la ama. La de ojos azules, verdes o del color que tú prefieras. Soy un centenar de veces yo. La que siempre regresa para besarte y morder las heridas sobre el papel en que te escribo.
Gracias, querido lector, ya sabes que estoy cien veces chiflada.
*Dar de escribir, de hablar qué.
Problemas de vida y problemas psiquiátricos
