En los tumultos del transporte público casi nadie habla. Quienes se atreven, usualmente susurran algunas cuantas cosas, casi siempre necesarias, quizás indicaciones para sus compañeros de viaje; el anuncio de la bajada, permiso para pasar y luego el ansiado final del trayecto. No me gusta hablar del presente como si fuera de verdad una época distinta de las anteriores, como si los cambios en las cosas del mundo construyeran en realidad otros mundos. En los amontonamientos del transporte público casi nadie habla. No hablan entre usuarios y los usuarios tampoco hablan mucho consigo mismos. La mayoría mira su celular.
Veo a un usuario que recarga su espalda en la puerta de cristal del tren e inclina las piernas ligeramente para balancear su peso y no tener que coger con la mano alguno de los tubos de apoyo. Entre sus piernas se forma un ángulo agudo. Sobre uno de sus hombros cuelga una pequeña maleta café a través de un tirante largo y delgado. La maleta se balancea y él pone una mano sobre el tirante. La otra mano se esfuerza en encontrar la mejor posición para que esa barra de luz no se caiga. El sistema de transporte lleva semanas en obras de remodelación. Esas obras avanzan a marchas forzadas. En el ambiente de los andenes abunda el polvo y los olores a acero y plástico quemado, a escombros y a combustible de motores humeantes que trabajan más de las horas debidas. Esas obras han provocado que los trenes avancen lento, y para algunas personas eso puede significar un mayor agobio, una espera más ansiosa, una ligera sensación de extravío. Veo al usuario de la maleta café de reojo.
EL TREN LLEVA VEINTE MINUTOS sin moverse y él sigue pasando los ojos y su dedo índice por la pantalla, ¿habla con alguien? ¿escribe mensajes de texto? Su mueca ha sido la misma y, por la velocidad del mundo en los celulares, me imagino que en estos veinte minutos habrá estado en todas partes. El mundo entero podría estarle hablando ahora mismo y —pienso que— sólo cuando nadie te habla, empiezas a hablarte tú mismo.
El tren avanza. Lo veo bajar del tren y alejarse mientras sube las escaleras del subterráneo con la cabeza gacha, una mano en el tirante de la maleta y otra mano en la pantalla. Dice Andrea Köhler en su libro El tiempo regalado que “en el drama de la espera el teléfono sigue siendo el accesorio más solicitado. A fin de cuentas, es la única técnica que nos sugiere presencia e intimidad”. Los teléfonos desde hace tiempo nos salvan de las distancias, guardan promesas y alivian nuestras esperas. “Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú”, escribió Dorothy Parker.
No alcanzo a ver ya al usuario de la maleta. He perdido la esperanza de que el tren avance más rápido en estos días de reparaciones. No tengo ahora adónde mirar y saco mi teléfono.

Padre madre hermana hermano, de Jim Jarmusch


