Hablar en primera persona exige audacia. Pero es una opción natural. Cuando hablo por mí misma, o pienso por mí misma, incorporo a los demás en mi genealogía. No voy sola por el mundo […] Entonces el colectivo empieza a afectarme, se aloja en mi primera persona… Cuando narro mi historia cumplo una serie de pactos, puesto que cuento la trama de todos.
Así abre Nélida Piñón Una furtiva lágrima. En esa serie de ensayos íntimos cuenta de su cáncer y un pronóstico devastador: le auguraban, si acaso, un año de vida. Publicado en 2019, marcó el inicio de una despedida que culminaría con su muerte en 2022.
Como Eulalia, personaje de una de sus novelas más icónicas, La república de los sueños, Nélida Piñón asumió su destino final con serenidad. Esta fue una de sus últimas convicciones: “Escribir es lo que sé hacer. Narrando me introduzco en la corriente sanguínea de lo humano…”
NACIÓ EN RÍO DE JANEIRO en 1937, en varias entrevistas confesó:“Soy arcaica”. Estaba convencida de que “los seres humanos somos herencia”. Nuestra forma de actuar, de pensar y de ser proviene del pasado; no somos instinto. La escritora practicó una especie de arqueología de las sensaciones y los sentimientos. Quizá por eso su escritura parece venir de lejos y, al mismo tiempo, resulta muy próxima. Transita por los corredores de la memoria de todos los tiempos y culturas, indaga en las habitaciones donde circulan las voces de la familia. En sus libros nos reconocemos sin explicaciones, así logró su propósito: “Escribo con la esperanza de que la narración no me abandone jamás, de que esté en todas partes […]. Escribo, pues, para conseguir un salvoconducto con el que circular por el laberinto humano”.
PIÑÓN ESCRIBIÓ COMO QUIEN ESCUCHA UN MURMULLO ANTIGUO Y DECIDE DARLE CUERPO, RITMO, DESTINO. LA POESÍA HABITA SU OBRA.
Su obra abarca novela, cuento, crónica, memorias y ensayo. Para ella el conocimiento de los clásicos era indispensable: “Necesito ir muy lejos para entender lo que pasa en nuestros días”. En Aprendiz de Homero explica por qué sus grandes influencias literarias la llevan a recrear los días de Scherezade; o a tratar de reivindicar a quien traiciona, en Dulcinea, donde un giro inesperado lleva por otro sendero a uno de los personajes de la emblemática novela de Cervantes. En esa exploración de la paradoja y la contradicción, irreductibles en las acciones humanas, aparece una de las claves de su obra: la ilusión como fuerza para resistir destinos miserables.
PIÑÓN ESCRIBIÓ COMO QUIEN ESCUCHA un murmullo antiguo y decide darle cuerpo, ritmo, destino. La poesía habita su obra, tanto en la fuerza simbólica, desde donde nos representa, como en la cadencia de su prosa. Alterna frases cortas y potentes, con otras más largas y explicativas; así, el lenguaje se vuelve ritmo. En La república de los sueños convoca a reconocer la genealogía y observar cómo transmuta la memoria y se materializa en acciones; también nos hunde en la travesía por la intimidad, el cuerpo, el erotismo para experimentar de otro modo la desnudez y desde la vulnerabilidad mirar lejos, como en la Dulce canción de Caetana; o bien recuperamos la fe en las utopías para retomar la temeridad indispensable como acto de supervivencia en Un día llegaré a Sagres.
Sus historias avanzan desde los mitos de toda la humanidad y las leyendas domésticas. Mantienen una doble fidelidad: a la experiencia concreta de los individuos de cualquier tiempo y al valor de la ficción como alegoría. Nélida Piñón escribió para garantizar la ilusión, porque se negó a aceptar al mundo como un mero recuento de hechos. Defiende la ilusión porque encuentra en ella la fuerza creadora de imaginar. Para ella, la ilusión no era un autoengaño, sino una fuerza capaz de sostener un propósito, dar sentido a la vida y despertar la conciencia. La narración trasciende la secuencia de hechos, se vuelve visión, impulso para la acción y horizonte ético. Así formuló su poética:
Mi universo sirve a la palabra y a los seres que piensan, sienten, y palpitan en torno a esta materia sutil y compleja, fina como el trozo de un dibujo que se esboza con manos trémulas y el corazón constreñido y contrito.
Por eso puede narrar desde una profunda empatía sin desgarrarnos: convierte sus escenas en preguntas amplias sobre el tiempo, la identidad y la supervivencia. Como editora, compartió esa misma sensibilidad con autores y amigos cercanos.
En la Biblioteca del Instituto Cervantes de Literatura de Río de Janeiro, que lleva el nombre de Nélida Piñón, se conserva el manuscrito de La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa. Ese documento es el testimonio material de la intervención de Nélida Piñón para pulir algunos de sus ambientes más memorables.
EN VIDA, NÉLIDA PIÑÓN recibió múltiples reconocimientos, entre los más destacados están el Premio FIL en 1995, el Premio Internacional Menéndez Pelayo en 2003 y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005. Se arriesgó a mostrar las voces familiares, los desplazamientos, las pérdidas, los anhelos con enorme intensidad moral, sin aplanarlos ni juzgar, abriéndose a la a lo complejidad. Leer a Nélida Piñón nos conecta con nuestra memoria más íntima. Su escritura habla en primera persona con el ánimo de comprender, persiste en la búsqueda de conciliación. Su obra es una cámara de ecos donde se cruzan continentes, lenguas, ruinas culturales y pulsaciones íntimas. Así, la memoria personal, la conciencia de cada cual, conservan una amplitud coral: son, también, la respiración del mundo.
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