Peores traducciones, imposible

En este ensayo, Pablo Lamoyi hace un breve recorrido por la historia de la traducción, habla de su origen en la tradición oral que se convirtió en interpretación, y se pregunta por el papel del traductor como intérprete y divulgador. Al mismo tiempo llama la atención sobre la invisibilidad y la imposibilidad de la perfección en su trabajo y concluye que el traslado de una lengua a otra es en sí mismo una forma que explica, expone y atrae una realidad ajena para apropiarse de ella y volverla familiar.

La Kaaba, Gran Mezquita de La Meca, Arabia Saudita.
La Kaaba, Gran Mezquita de La Meca, Arabia Saudita. Foto: Creative Commons

La evolución del lenguaje en su fase escrita mantiene una profunda relación con el oficio de la traducción. Robert Stanton en su libro The Culture of Translation in Anglo-Saxon England (2002), nos habla sobre el papel de la traducción en el desarrollo del inglés vernáculo durante el reinado de Alfredo el Grande, Rey de Wessex, a finales del siglo IX, al instituir un ambicioso programa lingüístico que incluía la traducción de algunas importantes obras religiosas del latín al inglés antiguo 1 y el mejoramiento del sistema educativo inglés. Sus palabras al respecto dan cuenta de la sensatez de las ideas que le impulsaban:

Por lo tanto encuentro apropiado —y si a usted así le parece— que nosotros también deberíamos pasar a un lenguaje que todos podamos entender, a aquellos libros que son los más necesitados de ser conocidos por todos.

Para dar fe del impacto de esto, consideremos que después de estas reformas las traducciones al inglés comenzaron a aparecer en cantidad, mientras que no hay evidencia fehaciente de obras o trabajos en inglés escritos anteriormente (los primeros documentos oficiales en vernáculo aparecen hasta comienzos del siglo XIII).

Esta cuestión ha sido retomada por otros, en particular por la traductora inglesa Susan Bassnett en su obra Reflections on Translation (2011), quien nos invita a considerar la traducción como una herramienta de las personas que hablan vernáculo para desarrollar su propia lengua. Originalmente, tomando forma en la traducción de textos religiosos como notas en los márgenes, encontramos una traducción literal que no busca dar la interpretación del sentido, tan importante para un texto, sino el ámbito mecánico de la equivalencia entre idiomas distintos, entre cosmovisiones profundamente diferentes.

La traducción en realidad es un arte muy antiguo, que originalmente tomó forma como traducción oral (la cual sin duda se remonta a la prehistoria) actualmente conocida como interpretación. La cuna de la traducción debe ser Mesopotamia, siendo el mito de la Torre de Babel pertinente dentro de esta conversación, pues el grado de desarrollo, población y diversidad de culturas en la creciente fértil, esta última intensificada por el desfile de una larga lista de imperios y reinos expansionistas, dan fe de la necesidad de los amos en turno de hacerse entender y enterarse del descontento entre sus súbditos.

LOS MITOS Y LEYENDAS que los pobladores narrarían en torno al fuego en las noches, para conciliar el sueño, incluirían historias locales y grandes épicas que traspasarían sus fronteras de origen. En un primer caso, encontraríamos la épica de Gilgamesh creada en sumerio en los albores de la historia y diseminada en acadio por el imperio de Sargón I, misma versión que existe en las librerías de hoy en día. Hay registro de que en esa época había una importante actividad de traducción poética, y es algo peculiar el papel de suma importancia que tenía la poesía en la región; no es coincidencia que la comunidad de la Kaaba, la piedra negra fundamental en el Islam, celebrara concursos de poesía anuales en los que los ganadores se exhibirían en las paredes de roca negra, siglos antes de la llegada del profeta, con participantes viajando desde tierras lejanas para poner a prueba sus dotes imaginativas.

La idea de un mosaico de cosmovisiones en un oasis en medio del desierto tiene sin duda un encanto particular para la imaginación. Y una necesidad por el intérprete…

VIAJANDO SIGLOS HACIA EL FUTURO desde la era mítica en la creciente fértil hasta llegar al siglo V d.C., encontramos a la que posiblemente fuera la primera escuela de traductores en la ciudad de Nísibis, actual Turquía cerca de lafrontera con Siria. Mientras que en Europa San Jerónimo continuaba su labor de traducir la Biblia al latín, que contaba entre las lenguas vernáculas de la época, y el obispo-misionero arriano Ulfilas había buscado traducir la Biblia al gótico en lo que se conoce como la etapa euxina del pueblo Godo (tomando el nombre de la estadía de los godos a orillas del Mar Negro llamado “Ponto Euxino” por los griegos, hasta que sobreviniera la tormenta de los hunos que les hiciera huir hacia el oeste, génesis del reino visigodo en Hispania), los cristianos nestorianos, perseguidos por el cristianismo oficial, fundaban una escuela de traductores en los límites de las esferas de influencia persa y romana, que parecía el lugar idóneo para la labor traductora.

El conflicto entre Constantinopla y Ctesifonte, capital de la persa sasánida, era una constante en la política de la región y habría de alcanzar su clímax durante el siglo VII, con los persas llegando a sitiar la mismísima ciudad de Constantino. Dadas las circunstancias, la importancia de los intérpretes en estos imperios multiculturales tendría por fuerza que verse aumentada. Fue en este trasfondo que los nestorianos tradujeron del griego al siriaco la ciencia y filosofía griegas, que luego pasarían al árabe para eventualmente volver a Occidente a través de la escuela de traductores de Toledo.

La traducción al árabe no fue sólo hecha por la escuela de Nísibis, sino que se le sumaron las escuelas de traductores de Damasco y Bagdad, siendo esta última la que más renombre alcanzaría y que abrió sus puertas en el año 753 d.C. Aparentemente un gran número de estos traductores serían nestorianos, y formarían una especie de casta desvinculada del poder fáctico, pero capaz de enriquecer la lengua árabe dominante con conceptos sin equivalencia en ella.

Una idea muy atractiva que nos plantea Bassnett a propósito del tema es que la verdadera prueba para un lenguaje, en concreto uno que busca establecer su identidad, es mostrar que puede tomar lo extraño y ajeno, lo diferente y la otredad, y transformarlo en algo familiar.

LA IMPORTANCIA DE LA TRADUCCIÓN EN MOMENTOS FUNDAMENTALES DE LA CULTURA ES CLARA:NO SÓLO EN LA NUEVA CONFIGURACIÓN DEL PENSAMIENTO QUE CARACTERIZA A UNA ÉPOCA NACIENTE, SINO EN LA DIFUSIÓN DE IDEAS ‘PELIGROSAS

EL IMPACTO CULTURAL DE LA TRADUCCIÓN también puede estudiarse en momentos cruciales tales como la Reforma y el Renacimiento. Si bien Martín Lutero habló no de traducción sino de germanización —verdeutschen y no übersetzen—, el acto de traducir está implícito en su proyecto. Y por otro lado el Renacimiento debe su acercamiento a los clásicos a la escuela de traductores de Toledo —entre otras fuentes de tesoros antiguos—, que tradujera del árabe a lenguas romance a los autores griegos que hacía tanto tiempo habían rescatado los Califas del “supuesto olvido”, ocasionado por la ruptura con el mundo antiguo y clásico que representó la adopción del cristianismo por los pueblos del Mediterráneo.

La importancia de la traducción en momentos fundamentales de la cultura es clara: no sólo en la nueva configuración del pensamiento que caracteriza a una época naciente, sino en la difusión de ideas “peligrosas” —incluso, hay quien ha comentado que la Reforma fue una guerra entre traductores, un movimiento que es la suma y destilación de una larga serie de malestares entre la jerarquía católica y la sociedad civil. William Tyndale —traductor de la Biblia, quemado en la hoguera en 1536— y Lutero dan fe de estos combates de la palabra y el potencial diseminador de las traducciones, así como de las consecuencias de su labor divulgadora.

Convertir al traductor en un sacrificio o chivo expiatorio no es algo inusual (recuérdese la famosa frase: traduttore, traditore); desde los tiempos de Tyndale hasta el traductor de Los versos satánicos de Salman Rushdi al japonés, y cantidad de intérpretes colaboradores de los regímenes impulsados por Estados Unidos, pagaron con la vida su labor al no poder escapar a tiempo.

Con esto se resalta el papel del traductor como agente moral, ya que siempre habrá añadiduras u omisiones dados los límites de cada lengua, a lo cual han de sumarse los propios intereses y experiencias del traductor o intérprete, que no obstante, nunca debe velar el mensaje del autor original, además de considerar al público que tiene por objetivo, es decir, si éste será joven e inexperto o erudito, y ajustarse consecuentemente.

LA “OTREDAD” que se le atribuye al traductor por su dominio de lo “desconocido” no es algo reciente; bastantes traductores de textos sagrados han sido quemados en la hoguera para dar fe de esto, pero como tampoco pertenecen por completo al otro bando, el traductor queda en la tierra de nadie entre las trincheras, perfecto para servir de chivo expiatorio si las circunstancias así lo requieren. Su labor le lleva a estar más expuesto a las circunstancias, lo que se contrapone notablemente a la invisibilidad que conlleva el oficio; en general la gente no atiende más que al autor. Y esto tiene un eco muy interesante en la historia de la traducción, una teoría de la traducción o debates al respecto no son tema común en la Edad Media, en contraste con las palabras de Cicerón y otros autores clásicos respecto a la traducción literal, pero la ausencia de una teoría de la traducción explícita no equivale a una ausencia de principios teóricos.

Cierto es que hemos recorrido un largo camino desde una época donde se veía con cierto desdén a los traductores (en esa entonces las pruebas de coeficiente ponían en desventaja al que hablara dos o más idiomas) y muchas voces han buscado borrar este estigma de laprofesión. Otra faceta de esta ecuación fue elocuentemente enunciada por Gabriel García Márquez (2002), quien comentaba que la traducción no sólo es la más profunda y rigurosa forma de lectura, sino que también, de entre todas las actividades literarias, es la más difícil, la menos reconocida y la peor pagada.

Pieter Bruegel, El Viejo, La Torre de Babel, 1563.
Pieter Bruegel, El Viejo, La Torre de Babel, 1563. ı Foto: Creative Commons

Paz también compartió algunas ideas al respecto de esta cuestión (Corriente alterna, 1967); mientras que Percy Bysshe Shelley conceptualiza la traducción como un trasplante orgánico, Paz comenta cómo el autor fija una idea en una forma perfecta, mientras que la tarea del traductor es liberar esas mismas palabras en un nuevo lenguaje donde los lectores puedan sentirse en casa. Recordemos que Paz consideraba que Ezra Pound prácticamente dio origen a la poesía moderna en inglés a través de sus traducciones de la siguiente manera:

…Con el pequeño volumen de traducciones de Pound comenzó, en gran medida, la poesía moderna de lengua inglesa pero, asimismo, comenzó algo muy singular: la tradición moderna de la poesía clásica china en la conciencia poética de Occidente.

LOS CAMBIOS QUE SUFRE EL MENSAJE original, si bien necesarios, deben limitarse en la medida de lo posible tomando como base la idea de que sí hay un original, y esto lo podemos ver en que no hay una sola forma correcta a la hora de traducir, pero es claro cuando la forma es incorrecta, “peores traducciones, imposible” es una frase muy atinada respecto a esto, y en concreto ocurren cuando la traducción, haya sido hecha por una persona o no, parece realizada por una computadora sin capacidad interpretativa dando como resultado un texto digno de un manicomio, o uno en el cual es obvio que se trata de una traducción; el original surge de un contexto sociocultural, de una comunidad imaginaria delimitada por la lengua en la que el autor vivió su infancia, y la naturaleza interpretativa de las palabras no debe disuadir al traductor de realizar una labor cabal que “tome prestada la pluma del autor” para llevar su mensaje a nuevos mundos.

La cuestión aquí es que ninguna traducción puede ser idéntica al original en el cual está basada, y si hacemos énfasis en conceptualizar la traducción como una reescritura creativa (Sherry Simon, 1996), la supuesta supremacía del original por encima de la traducción comienza a resquebrajarse y desaparecer. Bien lo ha comentado Bassnett: “Reconocer la imposibilidad de la perfección es lo que en mi opinión, hace a un buen traductor.”1 Los límites del original, una frase extraña que podría parecer rozar en la arrogancia, no es por lo tanto menos válida. Tomemos el caso de Shakespeare como ejemplo: dada su reputación como cumbre de la literatura inglesa, en el mundo anglosajón el alterar sus obras es un grave pecado mientras que las audiencias de otras culturas pueden disfrutar versiones nuevas e innovadoras de sus obras traducidas.

El papel del traductor en este concierto será tomar el lugar de Virgilio guiando a Dante ante lo desconocido, limitando las pérdidas a lo mínimo necesario, a través de una lectura que llegue a la médula de manera que se logre una comprensión tan completa como sea posible de la obra en cuestión, para darle una nueva y familiar forma en otro lenguaje.


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