Que la barriada recupere la esencia de nuestro futbol

A través de una mirada nostálgica y crítica, J. M. Servín contrasta la caótica y elitista experiencia del futbol actual en el Estadio Azteca con un recuerdo de su infancia en los años setenta. El autor lamenta que este deporte haya perdido su origen popular para convertirse en una industria global devorada por la mercadotecnia. De cara al Mundial 2026, esta estampa personal quiere ser un llamado a recuperar la verdadera esencia del balompié.

Que la barriada recupere la esencia de nuestro futbol Foto: Fuente > Especial

Apoyar a tu equipo en un estadio lleno vale cualquier sacrificio. Fui invitado por un amigo al remodelado estadio Azteca, a la semifinal de ida entre Cruz Azul y Chivas. Para llegar desde Bucareli pedimos un Uber con tarifa de limusina que nos ahorraría tiempo. El viaje a vuelta de rueda duró poco más de dos horas desquiciantes en el tráfico a tope por obras viales inconclusas, cierres parciales, desviaciones y retenes de policías en patrullas y a pie. Las supuestas mejoras, mal hechas e insustanciales, no pueden ocultarse pintando de morado nuestra realidad.

Al estadio le quitaron su antigua personalidad. Se veía un tanto desangelado por la falta de butacas en una amplia zona de la parte baja. Fue un partido emocionante que terminó empatado gracias a un arbitraje localista. Los seguidores de ambos equipos casi llenamos el estadio con todo y el aumento en los boletos, bebidas y alimentos que ahora sólo se pagan con tarjeta como si el nivel económico de las mayorías, al igual que el ajolote convertido en símbolo capitalino, no estuviera en peligro de extinción.

YO TENDRÍA UNOS DIEZ AÑOS cuando me perdí entre las gradas vacías al final de un aburrido empate a cero entre el Atlético Español y otro equipo igual de malo que ya no recuerdo su nombre. Iba distraído buscando mi sombrerito de paja y perdí de vista a mi padre y mi hermano menor de camino a un túnel de salida. Desesperado, tuve valor para con-tarle mi tragedia a un cubetero. Llamó a un policía para que me llevara a la cabina de transmisión para solicitar por el sonido local la presencia de mis familiares en la entrada 18 para recibir al niño J. M. En el amplio salón con palco estaban Fernando Marcos y Ángel Fernández. De buen humor se tomaban una cubita cada quien por su lado. Mis admirados cronistas de la crónica futbolera televisiva. Don Fernando me preguntó mi nombre y edad. Después, muy serio le pidió al famoso locutor oficial del estadio que diera el aviso. Fui a buscar a mis familiares acompañado de un policía. Me llovieron regaños y mofas de mi padre como director técnico de mis primeras derrotas. No me soltó en todo el camino de regreso a casa y aun durante el resto del día. Ni siquiera me creyó que estuve en una cabina con sus dos queridos comentaristas. Fue un domingo futbolero donde aguanté muchos hachazos verbales de mi familia.

EL FUTBOL DEPENDE DE LA ALIANZA GLOBALIZADA ENTRE LOS GRANDES CAPITALES Y LOS GOBIERNOS AFILIADOS A LA FIFA. EL MUNDIAL 2026 ES UN EVENTO AL GUSTO DE VILLAMELONES ADINERADOS QUE PUEDEN PAGAR LOS PRECIOS EXORBITANTES.

EL FUTBOL SE HA CONVERTIDO en una industria global que creó una nueva casta de especialistas que saturan los medios de comunicación, las redes sociales y las editoriales corporativas. Con la bendición de la FIFA, la verborrea ensordecedora al micrófono agobia la apreciación espontánea del aficionado con tanto alarde teórico. Le falta picardía, dribling, achique y puntería. Todo lo contrario a la esencia del futbol como expresión popular despojada de su origen proletario.

La pedantería analítica y estadística desde el periodismo, la literatura y las ciencias sociales excepcionalmente muestra argumentos a la altura de un deporte convertido en religión pagana, que todo el año convoca a una homilía para millones de devotos en el mundo. En estadios o en pantallas rezan fervorosos a su oncena de apóstoles de las causas difíciles para que ganen un título de liga y a la selección nacional, un mundial. En el caso de México, ni la virgen de Guadalupe le hará al “Tri” el milagro de llegar al quinto partido que refleja nuestro máxima aspiración histórica como segundones en la máxima competencia de selecciones.

Está de moda la marginalidad urbana como escenario gentrificado por la mercadotecnia del consumo masivo. Videos de minicanchas de cemento o tierra en medio de edificios miserables que hacinan familias de jóvenes jugadores callejeros con pinta de chakas buena onda, que alinean en sus equipos estrellas millonarias del futbol profesional. Es la fantasía ideal de la movilidad social. No hay lugar para la furia violenta de las barras controladas por narcos y partidos políticos radicales. Di No a las drogas. El fashion territorial de la pobreza patrocinado por marcas de ropa exclusiva. Realismo de filigrana y nacionalismo sin identidad.

EL FUTBOL DEPENDE DE LA ALIANZA globalizada entre los grandes capitales y los gobiernos afiliados a la FIFA. El Mundial 2026 es un evento adecuado, sobre todo, al gusto de villamelones adinerados que pueden pagar los precios exorbitantes de sus viáticos y las entradas al estadio. A los demás nos quedan las plataformas televisivas que trasmiten los partidos en exclusiva. En televisión abierta nos resignaremos a zamparnos su intragable botana de anunciantes y babosadas disfrazadas de reportajes de color en vivo.

Pero el hincha tiene resignación de mártir. Sobrelleva en carne viva las derrotas históricas de su equipo. Son penitencias al purgatorio, o peor aún, al infierno donde arden en llamas los peores recuerdos del perdedor.

Cualquier marcador final es una admonición para reforzar la esperanza y la fe ciega. La devoción a los colores de un equipo se hereda de una generación a otra, como ofrenda a sus redentores que prometen la gloria legendaria batiéndose en la cancha. Ganar o perder es cuestión de honor y estilo fundamentales en la historia del futbol.

Podríamos recuperar su esencia. Su legítima afición sabe entregarse a su pasión sin imposturas elitistas.


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