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ADULACIÓN SILENCIOSA
Igual que algunos han definido la pintura como una poesía silenciosa, así existe una alabanza de adulación callada. Pues, así como los cazadores pasan más inadvertidos a su presa si no dan la impresión de que hacen esto, sino que parece que caminan, que apacientan el ganado o que trabajan en el campo, así también los aduladores consiguen más con las alabanzas, cuando no parece que están alabando, sino que están haciendo otra cosa distinta. En efecto, el que cede su silla y su butaca al que llega, y si, mientras habla al pueblo o al consejo, se da cuenta de que uno de los hombres ricos desea hablar, se calla en medio de su discurso cediéndole la tribuna y la palabra, demuestra más con su silencio que el que grita, que piensa que aquél es mejor y que aquél que lo aventaja en inteligencia. Por eso, es posible verlos ocupando los primeros puestos en los auditorios y en los teatros, no porque ellos se lo merezcan, sino porque adulan a los ricos al levantarse para cederles el sitio.
Plutarco, Cómo sacar provecho de los enemigos, prol. José García López, trad. y notas Concepción Morales Otal y José García López, Siruela, 2024.
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¿EL OPIO DE LOS PUEBLOS?
¿En qué se parece el fútbol a Dios?En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del 78. El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase. Cuando el fútbol dejó de ser cosas deingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos.
Eduardo Galeano, El fútbol. A sol y sombra, Siglo XXI, 2015.
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EL ESCULTOR DEL SUSPENSO
Hitch (apodo que él mismo se creó y promovió, pues odiaba que le llamaran Alfie o Cockie) siempre afirmó que su mejor caricatura era la que él mismo dibujaba con unas cuantas líneas y que se hizo famosa como logotipo del producto que representaba al “mago del suspenso”. Tanto ese apodo como la caricatura pretendían simplificar una personalidad y una obra artística intrincadas y convulsas, quizá, en parte, por estrategia publicitaria, pero no resulta aventurado suponer que además de ese deseo de “empaquetar” limpiamente a Hitchcock, como un producto identificable, haya existido de parte del autor un deseo de control de su imagen pública (e incluso artística) con la simple intención de que el público y críticos lo dejaran en paz: “No tengo importancia, en realidad soy más bien algo acabado en mí mismo”, parecía querer decir. Es como la súplica de un animal asustado al científico que desea estudiarlo, un acto empapado de miedo. Esa imagen impecable que Hitchcock siempre trató de proyectar se reflejaba en su vestir: su ajuar era invariablemente un traje negro con corbata, aun en los días más ardientes del verano. Pero… cuidaba siempre de dejar fuera de lugar el lado izquierdo del cuello de su camisa. Siempre torcido. Claro indicador de que, en medio de tanta perfección, algo extraño debía de estar pasando.
Guillermo del Toro, Alfred Hitchcock, Universidad de Guadalajara, 1990.
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LA CONDICIÓN GROTESCA
Todos los espacios se han vuelto inhóspitos. Y aún más, impenetrables. Al desplazar su cuerpo, Diddy padece la noción de no haber dado un solo paso. Y si pudiera demostrarse que se ha efectuado algún desplazamiento, es imposible determinar su extensión. […] Casi todos los hombres son grotescos o feos. Cada día peor. Diddy contempla la superficie humana, deforme, hinchada, plomiza, saturada de jugos repugnantes. Y no sólo adolece de esta visión teratológica, sino de una retina radiográfica que penetra la carne hasta el agrio dolor que se esconde en el vientre de cada bípedo. Además, un oído de sobrehumana sensibilidad. Cuando se alza el volumen del mudo sufrimiento suplicante, tal vez para deleite de los dioses menos afectables, Diddy lo oye también. El peso de sentir demasiados motivos de piedad le está resquebrajando la tabla del espíritu.
Susan Sontag, Estuche de muerte, trad. Ricardo Ruiz, DeBolsillo, 2011.
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LA BIBLIOTECA DE ANTONIO GAMONEDA
La peculiaridad de esta “biblioteca”, y me insiste en que añada, misteriosas, las comillas, es que está dividida en tres partes. Una en el sótano […] Son libros que están ahí provisionalmente, y que aspiran a una definitiva ubicación. De ahí saldrán sólo en dos direcciones, y me cuenta su plan con pormenores: dedicar una hora al día a decidir cuáles de aquellos libros le interesan, y cuáles acabarán en el infierno.
Un infierno que, en contra de lo que ocurre con cualquier otro, no es ardiente sino más bien friolento, y está arriba, tras una puerta cerrada, en el desván del suelo de madera y claraboya. Allí, en silencio, en penumbra, cubiertas con plásticos, acaban las cajas con los libros condenados.
Pero me aclara que allá arriba sube también de vez en cuando para, como un dios misericordioso, repasar de nuevo las cajas, revisarlas, y ver si alguno de aquellos libros olvidados merece compasión. Un indulto, siquiera provisional, que lo vuelva a bajar al purgatorio.
Jesús Marchamalo, Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores, Siruela / Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2011.
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LA VARILLA VIDENTE
Entre las rastreadoras se ha propagado el uso de un instrumento al que ellas mismas se refieren como varilla vidente. Es una herramienta sencilla que cualquier herrero puede fabricar. El componente principal es una barra de acero, como las que se usan en construcción, de un metro y medio de alto. En uno de sus extremos se suelda otra más corta formando una T o una cruz. Estos brazos fungen como manubrio; cada uno se sostiene con una mano para así ejercer presión al enterrar el instrumento en el suelo. En el extremo opuesto la varilla termina en una punta afilada y dentada que se introduce en la tierra y al salir acarrea tierra y materia orgánica.
Lo primero que esta herramienta permite percibir es si la tierra está apretada o ha sido recientemente removida, lo que podría indicar un entierro. Si se desliza con relativa facilidad, al extraerla las rastreadoras examinan la punta. Buscan primero indicios visibles de grasa que hagan brillar el acero y después la huelen tratando de identificar un olor putrefacto. Si se presenta alguno de estos signos, entonces se procede a hacer una exploración más amplia con la pala para buscar restos humanos, cuya presencia suele insinuarse por pedazos de tela y un sonido hueco o crujiente al golpe de la pala. […]
Es curioso que se le llame varilla vidente, porque son más bien una prótesis de olfato que de la vista. Es probable que el nombre se deba a que esta herramienta vino a sustituir, o por lo menos a complementar, la labor de las videntes.
Natalia Mendoza, El extravío de los signos. Ensayos sobre duelo y porvenir, Periférica, 2026.
El Cultural No. 556
