Guerra de verano, de Alicia Scherson

Los actores Lux Pascal, Dan Beirne, Aline Küppenheim y David Gaete en una escena de la película Guerra de verano. Foto: Fuente > Pluto Film

Siete años después de la prematura muerte de Roberto Bolaño (1953-2003), la editorial Anagrama publicó la novela que terminó de escribir en 1989 para guardarla en un cajón: El Tercer Reich. Este libro dista de ser una obra inmadura o inconclusa, sino que es un trabajo sólido, en el que se reconoce su muy peculiar voz. Se trata de una intensa exploración de un periodo histórico de cambio y una reflexión aguda de la psicología de un hombre ensimismado y obsesivo que va inventando su relación con el mundo exterior a medida que una serie de extraños sucesos transforman unas vacaciones en un laberinto de intrigas.

LA DIRECTORA CHILENA ALICIA SCHERSON, que ya en 2013 había llevado una obra de Bolaño (Una novelita lumpen) a la pantalla en El futuro, regresa con la adaptación de El Tercer Reich, trasplantando la trama de la costa catalana a una ciudad vacacional de playa chilena. El protagonista Udo Berger (Dan Beirne), estadunidense de origen alemán, fanático y experto de los juegos bélicos de mesa (como Bolaño) viaja con su novia, la bella Ingrid (Lux Pascal), a la playa y se hospedan en el Hotel del Mar en el ocaso de la dictadura pinochetista en 1989. La trama tiene lugar después del plebiscito en que ganó el No (que era el rechazo popular a la continuidad de la dictadura tras 17 años) y antes de la elección de Patricio Aylwin. Es un tiempo en que el espíritu autoritario y el miedo a la represión siguen vivos y esas sensaciones tienen una peculiar resonancia con el momento en que vivimos. También coincide con la caída del Muro de Berlín y la esfera de influencia soviética se desmorona. El juego que obsesiona a Udo, Tercer Reich, consiste en pelear la segunda Guerra Mundial en Europa, el conflicto que al terminar con la derrota del eje nazi, dio lugar a la Guerra Fría y al “Orden basado en reglas”, dictado y dominado por Estados Unidos. El año 1989 marca el principio del fin de ese reordenamiento y equilibrio planetario y la cinta de Scherson puede verse como una radiografía del momento en que ese Orden ha terminado de colapsar y las tentaciones fascistas se multiplican en Europa,desde Washington hasta Tel Aviv, pasando por San Salvador y Buenos Aires.

EN SU QUINTO LARGOMETRAJE SCHERSON juega con destreza con los contrastes estéticos del decorado retro (un poco art déco y algo funcionalista) del hotel. También introduce imágenes de la segunda Guerra Mundial en blanco y negro que enrarecen la atmósfera de balneario en verano con la evocación del militarismo, que tiene resonancias con la dictadura así como con el tablero de juego. Asimismo, usa el recurso de la imagen dentro de la imagen y de la pantalla dividida para imprimir una estética ochentera. Esas líneas móviles y caprichosas que parten la pantalla también evocan las fronteras entre la violencia real y el juego, así como la cuadrícula del tablero de juego (que en realidad está hecho de hexágonos) que de pronto se materializa en las calles. La fotografía de Alejo Maglio es coherente con la atmósfera de nostalgia y desazón que enfatiza la pista sonora electrónica de Paulo Gallo.

Aquí aparece un personaje familiar en la obra de este autor: un sujeto dépaysé, desorientado, ajeno a un contexto extraño y que percibe en el entorno un reflejo de su paisaje interior (Mauricio Montiel dixit). La narración, como en el libro, es un diario en primera persona. Udo ha aceptado esta vacación en buena medida para complacer a Ingrid y por el deseo de volver al hotel en que se quedaba con su padre cuando era niño, aunque su regreso no le impresiona e imagina a Chile como: “Miami, sólo que más sucio y con el agua fría”. Ingrid entabla amistad con Ana y Charly (Agustín Pardella y Malena Sánchez), que aquí son turistas argentinos en vez de los alemanes de la novela. Udo finge tener interés en pasar tiempo en la playa y las discotecas pero su mente está inmersa en el juego. Lo que comienza como una vacación convencional da un giro trágico.

UDO APARENTASER UNA PERSONA SENSATA PERO ES UNA CONSTRUCCIÓN DEL ESPÍRITU LÚDICO Y CRUEL DE LA MASCULINIDAD.

Eventualmente el protagonista se deja arrastrar al universo nihilista de dos seres sacados de la literatura de Bolaño, el dúo de vagos Lobo y Cordero, personajes límite que no parecen incomodarlo, así como a los displicentes brazos de la camarera Clarita. Su éxito y fama en el minúsculo mundo de los juegos bélicos de mesa le hace creer que tiene un entendimiento superior de los acontecimientos del mundo, sin embargo, pronto descubrimos que no es un narrador confiable, sino un hombre ingenuo con delirios de grandeza. El regreso al hotel le permite a Udo reencontrar su primera obsesión amorosa infantil, la Señora Elsa (Aline Küppenheim), la dueña del hotel que obviamente no lo recuerda, quien aparte de administrar el hotel cuida a su marido enfermo.

BAJO EL PRETEXTO DE UNA INTRIGA POLICIACA, tema que fascinaba a Bolaño, en un lugar donde la policía no tiene la menor credibilidad, la directora entreteje con destreza el humor negro, el cinismo, la conspiración y el thriller psicológico. Los acontecimientos entran en resonancia con la paranoia que domina el ambiente: la desaparición de Charly (en un tiempo marcado por desaparecidos políticos) y el encuentro inesperado con el inquietante Quemado (David Gaete) quien carga un pasado sórdido de violencia. Los hechos provocan que Ingrid quiera regresar a casa pero Udo decide quedarse, asumiendo una responsabilidad que tan sólo es pretexto para dar vuelo a su obsesión bélica y erótica. En la soledad, Udo comienza a reconfigurar su lugar en esa ciudad a través de su juego y el desafío de enseñarle al Quemado sus complejas reglas y le propone una partida, probablemente fascinado por ese hombre deforme físicamente, aún más solitario que él, y que realmente vivió una guerra. En su arrogancia, Udo imagina que sus juegos de guerra son casi lo mismo que una guerra real. El visitante juega con el ejército nazi mientras que el Quemado juega por los aliados. Udo trata así de reescribir la historia derrotando a un rival que considera inferior.

Udo, “hombre niño, ensimismado, obsesivo y entrañable”, de acuerdo con la directora —quien afirma que no quiere volverse la adaptadora oficial de Bolaño—, trata torpemente de seducir a Elsa y ese deseo se convierte en una debilidad en el control y estrategia del juego que se traduce en manipulación de la vida real. Udo aparenta ser una persona sensata pero es una construcción del espíritu lúdico y cruel de la masculinidad. La obsesión de Udo lo va alejando de la realidad y va hundiéndose en un estado de psicosis y frenesí que nos habla de la relación entre los hombres y la guerra. Pero este personaje no es tampoco una caricatura sino un misterio, un compendio de inseguridad y arrogancia, el protagonista bolañiano por excelencia que Scherson ha sabido presentar bajo el reflector y a la vez dejar en la penumbra.


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