No todas las novelas políticas sobreviven a la época que las engendró. Muchas quedan como documentos útiles: permiten reconstruir una sensibilidad, un pleito, una lista de agravios. Otras envejecen peor: se les apaga la urgencia y, si bien les va, apenas les queda la tesis. Pero La guerra de Galio pertenece a una especie única: la novela que no ha terminado de suceder.
Su asunto visible es el de una generación que pasó por el 68, por la guerrilla de los setenta, por la guerra sucia y por la formación de una prensa moderna. Pero su asunto verdadero es más hondo: el aprendizaje de que la inteligencia también puede convertirse en una forma de poder; y, más aún, la manera en que el poder seduce a esa inteligencia: la halaga, la necesita, la usa, la corrompe o la deja rota en una mesa de cantina, en una redacción, en la memoria de quienes alguna vez creyeron que bastaba la moral para salvarse.
POR ESO CREO QUE LA NOVELA de Héctor Aguilar Camín no debe leerse sólo como una novela en clave, aunque la tentación sea inevitable. Buscar quién es quién puede ser divertido, pero reduce el libro a un chisme ilustrado. Ya que su gran audacia está en otra parte: en haber entendido que la vida pública mexicana no se compone únicamente de presidentes, políticos, periodistas, guerrilleros, ideólogos o policías, sino de deseos. Deseo de prestigio, de justicia, de reconocimiento, de dinero, de influencia. Deseo de pertenecer al grupo donde se trata de repartir el sentido de México.

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Aguilar Camín no copia la realidad: la somete a su inteligencia narrativa que la vuelve más reconocible que los archivos. La literatura hace ahí lo que no pueden hacer ni los expedientes ni la nota periodística. No sólo registra los hechos, sino que los hunde en sus sótanos y los carga de destino. La novela no se conforma con preguntar qué pasó; sino que responde algo más decisivo: qué clase de hombres produjo aquello que pasó. Carlos García Vigil, protagonista de la novela, es, en ese sentido, uno de los grandes personajes del desencanto mexicano. Tiene talento, disciplina, memoria; pero su propia historia lo arroja a la intemperie donde el talento deja de ser promesa y se convierte en riesgo. Vigil no cae por falta de inteligencia, sino porque ésta no lo salva de su vanidad, de sus pasiones, de su necesidad de público.
A su alrededor se mueve una constelación feroz de personajes: Galio Bermúdez, Octavio Sala, Santoyo, Paloma y, por supuesto, Oralia Ventura y Mercedes Biedma.Todos encarnan una forma distintade seducción. Galio es la inteli-gencia vencida por la componenda; Sala, el magnetismo moral del periodismo entendido como causa; Santoyo y Paloma, el del juego juvenil a la tragedia; Oralia y Mercedes, fuerzas eróticas que abren en Vigil zonas subterráneas de libertad, fiebre y extravío. En La guerra de Galio, la política realmente sucede en los sótanos, en la cama y en el deseo.
La historia de México no aparece como una sucesión solemne de acontecimientos, sino como una enfermedad circulatoria; pasa por las instituciones, pero también por los cuerpos. Se bebe, se habla, se desea, se traiciona, se escribe, sefracasa. La patria no es un concepto abstracto: es una presión íntima. Está en la ambición de los intelectuales, en la épica de las redacciones, en la mala conciencia de quienes denuncian al poder mientras desean ser ayudados por él.
POR ESO LA GUERRA DE GALIO no ha terminado. México ha cambiado de periódicos, de siglas, de tribunas, de santos laicos y de demonios oficiales, pero no ha dejado de producir inteligencias seducidas por su propia importancia pública. La pregunta de la novela sigue vigente: ¿qué hace el intelectual frente al poder? La respuesta fácil es decir que lo vigila. La respuesta de la novela es más compleja. A veces lo vigila, aveces lo combate, a veces lo adula, a veces lo necesita.
EN UNA ÉPOCA QUE VOLVIÓ A CONVERTIR LA OPINIÓN PÚBLICA EN PEQUEÑOS PÚLPITOS, LA NOVELA RECUERDA ALGO: NINGUNA CAUSA VUELVE INOCENTE A QUIEN LA PRONUNCIA.
Leída hoy, La guerra de Galio parece menos una novela sobre el pasado que una advertencia sobre el presente. En una época que volvió a convertir la opinión pública en una multitud de pequeños púlpitos, la novela recuerda algo elemental: ninguna causa vuelve inocente a quien la pronuncia. El poder no sólo compra silencios. También compra fervores, estilos, prestigios, gestos de superioridad moral.
TREINTA Y CINCO AÑOS DESPUÉS, la importancia de La guerra de Galio está en ser una novela mexicana sobre la inteligencia como destino trágico; quiere comprender, pero también brillar; quiere denunciar, pero también influir; quiere salvar algo, pero no siempre sabe salvarse a sí misma.
Por eso el libro aún conserva su filo. Porque no permite la comodidad de leerlo desde fuera. Todos hemos conocido a un Galio, a un Sala, a un Santoyo, a un Corvo, a un Vigil y peor aún: todos hemos tenido, en algún momento, algo de ellos. La guerra que narra Aguilar Camín no terminó porque no pertenece sólo a una generación. Es la guerra mexicana entre el talento y su desperdicio, entre la lucidez y la coartada, entre la crítica del poder y el deseo secreto de participar en su resplandor.

Ondero, beatnik y Gonzo

