EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

Oda al blackout

Oda al blackout Foto: Cortesía del autor

I’ve nothing to lose, nothing to gain

David Bowie

De Hunter S. Thompson aprendí que a los carros hay que ponerles nombre.

Para dotarlos de personalidad propia. Para convertirlos en tus cómplices. Y para agarrarles más cariño.

En 2019 me compré un Mazda 3 negro. Lo bauticé “Blackout”, en honor a la rola de David Bowie incluida en Heroes. Después de siete años, me toca despedirme de él. He tenido que venderlo para comprar un carro nuevo para que mi hija vaya a la universidad. Y como ocurre en todas las separaciones, he comenzado un proceso de duelo.

Los carros son como las drogas: no son para todos. Pocas cosas tan insufribles como un idiota tras el volante. Pero no todos los conductores son neandertales. Existen personas que nacieron con el talento especial para manejar un carro. He corrido con la suerte de oficiar de copiloto de algunas de ellas. Siendo honesto, no me considero un mal chofer. Como muchos, cada vez me es más insoportable transitar en la ciudad. A lo que todavía no me vuelvo inmune es a la droga de la carretera. El placer de recorrer cientos de kilómetros escuchando una obra maestra del rock, por ejemplo, el Back in Black de AC/DC, no le recomiendo a nadie que se lo pierda.

Es comprensible que un sector de la población haya desarrollado un odio por el carro. El tráfico y la contaminación son una monserga. Y no hablemos de la maldita sobrepoblación de vehículos. Sin embargo, a pesar de experimentar en carne propia la barbarie en cuatro ruedas, mi amor por los carros no ha disminuido. No por todos. Y menos la porquería esa del Olinia.

NUNCA FUI A UNA ESCUELA DE MANEJO. Aprendí a conducir chocando los carros de mis ex parejas. En este espacio he referido algunos de esos percances. Pero no me he hecho pendejo. He corrido con los gastos de las reparaciones. Lo más loco es que al Blackout nunca lo choqué. Una de dos. O mi experiencia como conductor me avala. O como este carro sí lo pagué yo, mi inconsciente me protegió contra la famosa pérdida total. La verdad es que no soy un chofer para nada temerario. Manejo como la mamá de Tony Soprano. A cuarenta kilómetros por hora. Gracias a ello me he librado de una alta cantidad de accidentes. No le veo sentido a lo que hacen muchos automovilistas, que revolucionan el carro a cien en unos cuantos metros para frenar media calle después en el semáforo en rojo. Idiotas.

TENER UN CARRO NEGRO EN UNA REGIÓN DONDE EL TERMÓMETRO ALCANZA LOS CUARENTA GRADOS ES UNA DECLARACIÓN

DE PRINCIPIOS.

En carretera es distinto. En un carro como el Mazda 3 no sientes la velocidad. El tacómetro se desarrolla y para ti es como si estuvieras dándole la vuelta a la alameda. Pero con todo y eso, jamás corro arriba de 180 por hora. Tampoco es que me la pase en el camino como trailero. Y he aquí la gracia. La mayor parte del tiempo el Blackout ha estado parado. Entre otras razones, porque para lo único que lo usaba era para llevar a mi hija a la escuela y a la natación. Siempre que puedo desplazarme en bicicleta lo prefiero. Es por ello que cuando vendí el carro se fue con apenas 80 mil kilómetros de uso. Cada vez que lo llevaba a servicio me recomendaban que lo sacara más de la cochera.

En el Blackout viajé a Cuatrociénegas, a Monterrey, a Dallas, Texas, a las aguas termales de Paredón y poco más. En todos los viajes fui muy feliz. Pero llegó el momento de desprenderme de él. Su motor 2.5 hace que gaste demasiada gasolina en la ciudad. Y para mover a mi hija a lo largo del día necesitamos algo que ahorre combustible. Pero vaya que es divertido de manejar el Mazda 3. Cómo le sacaba provecho al torque en los semáforos cuando alguien se me quería adelantar. Y pensar que estuve a punto de comprar otro carro en lugar del Blackout. Por fortuna un amigo me persuadió de hacer una prueba de manejo y me enamoré apenas lo saqué de la agencia.

AUNQUE YO NO HE CHOCADO EL BLACKOUT, sí que me han chocado a mí. La primera vez fue un mes después de que lo comprara. Una doña en una vuelta me dio un recargón en la polvera trasera derecha. Un pedo. La pobre mujer no tenía seguro, no traía licencia. Sus placas estaban vencidas. Y para acabarla se estaba divorciando. De hecho, se dirigía al juzgado. Quizá por eso estaba tan nerviosa y se me embarró. De puro milagro conseguí sacarle dos mil pesos para arreglarle el madrazo.

En otra ocasión le presté el carro a una amiga y como el Mazda 3 es semideportivo, está demasiado chaparrito, entonces al pasar por un bordo a alta velocidad hizo que desde abajo se le botaran los seguros de la fascia y la arrastró varios metros. Pero el desperfecto más visible fue la mica del faro izquierdo. Alguien se cayó sobre ella. Posiblemente una moto. Pero fuera de eso, el carro está intacto. Y con mi fama mis amigos esperaban que terminara todo destartalado como el Tiburón Rojo de Miedo y Asco en Las Vegas.

También gracias a Raoul Duke el Blackout se convirtió en una fuente de inspiración. En mi libro de cuentos El Menonita Zen, todos los carros que aparecen, excepto uno, son Mazda 3 negro.

Lo escogí de ese color por la misma razón que uso playeras negras. Por darks. Tener un carro negro en una región donde el termómetro alcanza los cuarenta grados es una declaración de principios. Es la misma de todos esos metaleros, góticos y depresivos que visten de negro aunque el sudor les dibuje continentes de salitre en las prendas. No es hasta que lo experimentas, que entiendes por qué hay muchos carros blancos en el desierto. Pero a la mierda, cuando me compre mi siguiente Mazda 3 también lo escogeré negro.

Desde hace un par de años, cuando mi hija comenzó a manejar, el Blackout era más de ella que mío. Lo que no lamento. Porque de vez en cuando, cuando el calor alcanzaba grados criminales, lo prendía para ahorrarme las tres larguísimas cuadras que me separan de la tortillería. De lo que sí soy culpable es que se hubiera llenado por completo de pelos del perro. Una tarde sí y otra también, subía al Jersey al asiento trasero para llevarlo a pasear al cerro. Tiene pelos que no van a poder despegarle ni deshuesándolo en un taller clandestino.

En fin, el Blackout ha salido de mi vida. Como muchas ex parejas sentimentales. Pero a diferencia de las últimas, ha sido uno de los mejores compañeros que he podido tener. Ahora toca darle la bienvenida a un auto compacto que manejará sobre todo mi hija. Al que ya me subí y por supuesto que me veo ridículo en él. Nada qué ver con el flow que me prodigaba el Blackout.


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