Me parece que los objetos no conocen su material, los gestos no conocen sus sentimientos, y las palabras no conocen la boca que las habla. Pero para estar seguros de nuestra propia existencia, necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Al fin y al cabo, cuantas más palabras se nos permita tomar, más libres nos volvemos.
Esto nos advirtió Herta Müller al recibir el Premio Nobel de Literatura en 2009, haciendo evidente una realidad: “Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso”.
Herta Müller asume la literatura como un camino para capturar la experiencia humana. Leerla conduce a la epifanía, rompe los círculos viciosos y nos obliga a reconocernos en nuestras acciones, convirtiéndolo todo en un espejo. Hace retratos nítidos de sucesos, nos parecen reales, pero son ficción. Su capacidad para describir las sensaciones y el impacto emocional de los hechos en sus historias es tan vívido que no le permite a su lector ser impasible, cimbra la conciencia.
Las experiencias de los personajes de Herta Müller se convierten en parte de la vida del lector: “En torno al monumento a los caídos han crecido rosas. Forman un matorral tan espeso que asfixian la hierba. Son flores blancas y menudas, enrolladas como papel. Y crujen. Está amaneciendo. Pronto será de día.” Así abre El hombre es un gran faisán en el mundo. Lo sencillo no es simple. El peso de lo simbólico cruje cuando todo parece callar.
Müller explicó esa novela con una metáfora arrolladora:
En rumano es muy frecuente decir “He vuelto a ser un faisán”, que significa: “He vuelto a fracasar” […] en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina.
La experiencia humana vive en el territorio de la imaginación, no es fidedigna. Mientras habitamos el presente no hay palabras, sólo sensaciones sin nombre. Al recordar lo vivido, recortamos las escenas, las reducimos para hacerlas encajar en las palabras, cada frase está ligada a nuestra particular e irrepetible forma de percibir, reinventamos todo por completo. Podemos agrandar detalles, disminuir intensidades, significar hechos, complicar tramas, incluir, descartar u omitir. Esa es la materia prima de la literatura y, al mismo tiempo, los ladrillos de Herta Müller. Su oficio es una toma de conciencia para darle sentido al sufrimiento, a la vida.
HERTA MÜLLER (1953) NACIÓ EN RUMANIA, dentro de una minoría germanoparlante. En su comunidad se vivía en alerta, al borde del peligro. La vigilancia del régimen de Nicolae Ceaușescu marcó su biografía y escritura. Sin embargo, su trabajo trasciende al testimonio, usa hechos en apariencia simples para revelar los mecanismos de la mente del opresor y el oprimido. Una postura, un respingo, un guiño o un aspaviento reflejan toda una vida; cada acto es una forma de estar en el mundo. Como bien ha dicho: “El lenguaje no puede decir la verdad, pero sin lenguaje la verdad desaparece”. Las palabras, aunque limitadas, definen los contornos para reconocer, son un salvavidas para no olvidar y romper el círculo vicioso de la violencia.
El padre de Herta Müller fue camionero, recibió entrenamiento nazi y participó en la segunda Guerra Mundial. A su madre la deportaron a la Unión Soviética en 1945, pasó años haciendo “trabajos de reparación”. Decenas de hombres y mujeres del pueblo donde ella se crió compartieron el mismo destino: sufrieron graves afectaciones físicas, psicológicas, morales. Se volvió común no hablar del pasado, del dolor. Müller creció entre silencios y heridas que gritaban en lo nimio. Por eso aprendió a leer cuánto dice un movimiento, una mínima expresión.
MÜLLER CRECIÓ ENTRE SILENCIOS Y HERIDAS QUE GRITABAN EN LO NIMIO. POR ESO APRENDIÓ A LEER CUÁNTO DICE UN MOVIMIENTO, UNA MÍNIMA EXPRESIÓN.
Muy joven sufrió el acoso de la dictadura y se exilió en Alemania. Ha escrito más de treinta libros en los géneros de poesía, ensayo, novela y cuento. Al leerla, sus palabras ocupan nuestro cuerpo. Una hoja, un pañuelo, una papa, un zapato no son objetos: son modos de ver, de entender, espejos de la conciencia. No explica la opresión con ideas. La vuelve tangible en una respiración que cambia, en un giro de la mirada, en el cuerpo de quien sobrevive.
Pule las imágenes hasta reducirlas a su mínima intensidad luminosa. No cae en excesos ni sentimentalismos:
En la lengua de mi pueblo –así me lo parecía de niña— todo el mundo a mi alrededor disponía de las palabras para aplicarlas directamente a las cosas que designaban. Las cosas se llamaban justo como lo que eran y eran justo como se llamaban. Un acuerdo cerrado para siempre.
En ese lenguaje no hay rectificación, ni flexibilidad, como en los totalitarismos y las dictaduras. Müller abre grietas en lo monolítico para que respire lo oculto. Para ella, el autoritarismo empieza en la rigidez de cada uno, cuando confundimos paz con orden.
Hoy vivimos a velocidad, es inevitable simplificar. Leer a Herta Müller es un acto de resiliencia. Ella insiste en resaltar la textura irrepetible que capta cada mirada. Su poética sigue alertando ¡cuidado!, uniformar la realidad para todos, aplanar la experiencia irrepetible de cada cual, es el caldo de cultivo de las grandes masacres.
El Cultural No. 558
