Come bien, duerme bien y haz ejercicio. El mantra que me salvó los últimos 35 años. Lo único que podía presumir era una salud a prueba de todo. Salvo las lesiones de la bicicleta y una infección vesicular hace años, vivía sin enfermedades ni achaques. Ni una gripa desde 2019, ni influenza ni covid. Nada. Las vacunas en pandemia me dieron más inmunidad que a un narcopolítico. Hasta que el martes, un simple dolor de estómago por la mañana se volvió una tortura por la tarde. Nunca había sentido ese dolor. En casa de mi mamá todo se arreglaba con un té. Pues vomité el de manzanilla y la Buscapina. Parecía infección, pero intuí algo peor. Así que pedí un taxi y me interné en el Hospital San José de Satélite, conocido porque lo regenteaban unas monjas de la Buena Onda. El más cercano y accesible.
LA CADENERA DE URGENCIAS exigió 85 mil pesos de cover y, a falta de familiar, me hizo llenar y firmar N formatos temblando de dolor, sin saber qué firmaba. Casi cuatro horas retorciéndome como gusano hasta que la transferencia y los trámites quedaron. Entonces sí: analgésico / prueba de sangre / tomografía. Diagnóstico: apendicitis aguda. Los hábitos saludables no me salvaron del retazo evolutivo que no sirve para nada, pero cómo chinga. Le llamé a mi jefa para avisarle que me iban a operar. La vecina la trajo volando y llegó en chinga a poner orden, la reconocí por el tac-tac de su bastón. Se fue a la habitación 103 y yo al quirófano. Mi primera vez, sentía más curiosidad que miedo. Al fin pude experimentar la anestesia general. Una maravilla. Lo último que recuerdo es la mascarilla alejándose. La movida fue de tres incisiones, tres bisturís después desperté y me llevaron flotando a la sala de recuperación. Abrí los ojos en el cuarto, cuando me conectaban suero, antibiótico y analgésico. Ahí estaba mi mamá. Nuestros roles invertidos. Tuve la mejor noche en muchos años y al despertar quise tener un tanque de esa anestesia junto a mi cama.
Acumulé 72 horas a base de anestesia, analgésico, antibiótico y suero. La segunda noche fue de sueños vívidos y alucines. Comía pizzas voladoras y platos de pasta con carne o peleaba con un primo a patadas. Sintonizaba la Pantera Rosa y dormía entre esos sueños. En algún momento desperté y junto a la cama estaba una monja de pie, mirándome. Era una viejita vestida con hábitos blancos: ¿Qué estás viendo?, me preguntó. En la pantalla se veía el 50 aniversario de la Virgen de Medjugorje. ¡Ah, chingá! Balbuceando le dije que mi mamá era seguidora de la virgen y ella… mi mamá no estaba. ¿Y tú, no la sigues? Eeestoy aprendiendo. La monja sonrió: ¿Te quieres confesar? ¿Yo?, no gracias, estoy tranquilo y en paz. Volvió a sonreír: muy bien, pues me retiro, te dejo con Dios. Me bendijo y se fue. Más tarde, cuando dos enfermeras me tomaban los signos, les pregunté quién era la monja. Se miraron extrañadas entre ellas: aquí no hay monjas desde hace 20 años, señor, somos del Consorcio Mexicano de Hospitales. Pos con razón me dolió más la cuenta que la apendicitis, hdspm.

Nuevos paraísos artificiales

