Nuevos paraísos artificiales

En esta crónica, el escritor e historiador José Mariano Leyva repasa tres lugares de diferentes regiones de México. Sitios turísticos increíbles, en toda la acepción del término, por su edificación en lugares insólitos, su ostentación, sus atracciones, y sus inciertos orígenes. El autor recorre Val’Quirico en Tlaxcala; Tecomatlán en Puebla y cuenta lo que queda de la esencia de la antigua Real de Minas de Taxco, en Guerrero

Nuevos parfaísos artificiales
Nuevos parfaísos artificiales Foto: La Razón de México

COPIAS SIN CÓDIGOS

En la frontera entre el estado de Puebla y Tlaxcala existe un pueblo que nació de la nada. Una villa del medioevo italiano con callejuelas, cortiles y logias. Todo esto, en medio de ranchos más bien abandonados. Con un estilo arquitectónico que nada tiene que ver con Tlaxcala ni con Puebla ni con México. Se llama Val’Quirico, y con toda probabilidad lo conocen, aunque nunca hayan ido: en Instagram, después de un fin de semana, siempre alguien sube una foto posando en algún rincón de ese lugar. Un sitio que parece histórico, pero que tiene diez años de vida, donde antes había una ex hacienda, Santa Agueda. El dueño —me contó el propietario de un local— era un jugador empedernido de cartas que perdió varias veces, pidió un préstamo, no lo pudo pagar y terminó amortizando su deuda con los terrenos donde ahora se levanta Val’Quirico.

JOSÉ MARIANO LEYVA
JOSÉ MARIANO LEYVA ı Foto: Especial

La ciudad usada como modelo se llama San Quirico d’Orcia. Está en la mitad de Italia, tiene mil 200 años de antigüedad. San Quirico era punto de descanso de la Vía Francígena, un camino de peregrinación que iba de Roma a Canterbury en Inglaterra. Val’Quirico, por el contrario, está repleta de tiendas, SPAs, boutiques y restaurantes. Pasan una y otra vez hombres en bicicleta ataviados al estilo medieval. Atrás tienen enganchado un carrito para turistas. A cada tanto señalan las atracciones del sitio:

—A su derecha pueden encontrar la tienda Sportswear Maja, con prendas que despiertan el espíritu de la aventura. Abierta hasta las siete de la noche.

—Enfrente está la joyería Miranda, anillos, aretes y pulseras con baño de oro, los miércoles hacen 20% de descuento.

—Acabamos de pasar la tienda de gorras Le Cachuche, abren a las once de la mañana.

Un discurso aprendido de memoria en un lugar en donde la memoria es breve. No hay museos. Sería difícil que existiera uno. En diciembre, en medio de sus plazas, lo que hay son gigantescos árboles de Navidad con letreros de Bacardí. La historia es usada como un set, muy bien hecho, pero sin sustancia.

En un principio debió parecer demencial. Un proyecto llamado Reinos de México que se anuncia como “una fusión cultural y arquitectónica con desarrollo sostenible a través de economías circulares”. En la práctica se parece mucho a los parques temáticos de Florida, Estados Unidos. Y provoca la misma fascinación: desde la Ciudad de México se avanza por las carreteras principales, luego las secundarias, prácticamente vacías, hasta que te encuentras a tres kilómetros de Val’Quirico. El avance es entonces a vuelta de rueda. Pocos metros antes de la entrada, policías de seguridad privada distribuyen el tráfico e indican el camino al megaestacionamiento que está a un costado del pueblo. En Val’Quirico no entran coches. Pero no es lo único que queda fuera: tampoco hay comercio ambulante, ni personas en situación de calle.

Val'Quirico, Tlaxcala, un complejo moderno construido en 2014
Val'Quirico, Tlaxcala, un complejo moderno construido en 2014 ı Foto: Especial

Los ríos de gente avanzan. Un viernes por la noche tiene la misma densidad que el metro Pino Suárez en hora pico. Hace tres años, Val’Quirico se volvió el sitio más visitado de Tlaxcala. Más de un millón de turistas. Y el metro cuadrado de 2014 a 2025 subió 700%. Es decir, si en el inicio del proyecto alguien compró cien metros cuadrados y pagó 200 mil pesos, el día de hoy su terreno vale un millón 350 mil. Val’Quirico no está al lado de un bosque, no está enfrente del mar, no se encuentra en un sitio histórico. Es un pueblo que tardó poco más de diez meses en construirse. El fenómeno toca los acordes del absurdo si hacemos un ejercicio internacional. Hoy el metro cuadrado en Val’Quirico cuesta 13 mil pesos. En San Quirico, el pueblo original italiano, el metro cuadrado cuesta 150 euros, es decir —al cambio de hoy— 4 mil 028 pesos. Cuesta tres veces más caro comprar un terreno en la copia mexicana que en el original italiano.

En Val’Quirico, la mayoría de los espacios tienen giros comerciales, pero en los pisos superiores hay departamentos. Muchos se han convertido en Airbnb. El pueblo artificial sigue una idea inmobiliaria muy solicitada en los últimos años: vivir encima de un centro comercial. En la torre Mitikah, en la Ciudad de México, por ejemplo, las fotografías publicitarias muestran a una familia en piyama y pantuflas caminando por las tiendas de ropa y comprando un café en Starbucks.

EN VAL’QUIRICO LA GENTE SE TOMA FOTOS EN UN CALLEJÓN QUE RECUERDA A LA TOSCANA, EN UN EDIFICIO CON AIRES DE CASTILLO DE BRETAÑA. LAS REDES SE INUNDANDE ESAS IMÁGENES. TAL VEZ UN ESPECTADOR INCAUTO VEA LA FOTO Y PIENSE QUE EN EFECTO SE TRATA DE LA TOSCANA.

Mientras comía en uno de los restaurantes, fui testigo de uno de los desfiles más democráticos que he visto. Acentos de distintos rincones del país, y una variedad importante de lo que antes se llamaban clases sociales. Una familia de doce integrantes se sorprendía en voz alta: nunca habían visto fuentes de ese estilo. Una pareja cargaba a un diminuto perro mientras decidían en qué restaurante tomarían un vino tinto. Dos jóvenes mujeres iban ataviadas como si fueran a ir de antros: minifaldas, botas por encima de las rodillas, de alto tacón. Nada más incómodo para caminar aquellas calles empedradas que ese atuendo. Pero ellas no querían caminar: querían sacarse fotos. Esperaban con paciencia, frente a una pared llena de flores, a que el flujo diera una pausa y en breves segundos hacían decenas de disparos con su celular. Las poses ultraconocidas en las redes: quiebre de cintura, cara de pato con labios compungidos, dedos en V mientras se saca la lengua hacia un costado. En Val’Quirico la gente se toma fotos en un callejón que recuerda a la Toscana, en un edificio con aires de castillo de Bretaña. Las redes se inundan de esas imágenes. Tal vez un espectador incauto vea la foto y piense que en efecto se trata de la Toscana.

Los visitantes sienten que pertenecen. ¿A qué? Bien a bien nadie sabe, pero pertenecen. Algo parecido sucede con un local de un café muy reconocido en Coyoacán. Tiene varias sucursales y el mismo estilo en todos los casos: sillas de plástico repartidas por la banqueta que, muchas veces, invaden las casas vecinas. El café no es bueno, la comida tampoco, y las instalaciones… bueno son sillas de plástico en la banqueta. ¿Por qué siempre están llenos esos locales? Sí, son baratos, pero sobre todo hacen sentir bien a un grupo de la población concreto. No los hacen sentir menos, no tienen que observar alguna etiqueta que desconozcan, no les van a pedir ponerse un saco en la entrada. Me recuerda a lo que escribió Juan Domingo Argüelles en Ustedes que leen:

Es lo que a veces le sucede al público durante una exposición de pintura: nadie se atreve a decir que no entendió lo que otros entienden, porque no entender lo que todos en-tienden es vergonzoso; nadie se atreve a decir que no encuentra las cualidades que los críticos dicen que hay en un lienzo sublime.

Esos cafés son lo opuesto a un mesero parisino que respinga con nuestro mal francés, o la frontera invisible que se forma a la entrada de algunas bibliotecas o museos de otros países. Contrariamente al complejo de inferioridad que podría gritarnos desde dentro que no entremos porque no tenemos la cultura suficiente, porque vamos a quedar en ridículo, en Val’Quirico cualquier personalidad se siente cómoda. El sitio carece de códigos. No es necesario saber lo mínimo sobre historia italiana o tlaxcalteca. No hay protocolos que nos amedrenten. Todos sienten la misma amable confusión.

OASIS DE OPULENCIA

A 167 kilómetros de Val’Quirico está el pueblo de Tecomatlán. Enclavado en la Mixteca Baja, al sur de Puebla. Como Val’Quirico, se encuentra en medio de la nada. La Mixteca Baja es una zona muy pobre. Hace tiempo viajé a Tlalpa de Comonfort. Es la misma región. Waze nos hizo una broma que terminó siendo peligrosa: antes de llegar a Chilpancingo, nos mandó por una carretera secundaria que, nos enteramos después, estaba clausurada. Viajamos por un camino sin bordes, en tramos de terracería, con rocas de medio metro obstruyendo el camino. Durante cuatro horas no nos topamos con absolutamente nadie. Lo más cercano a la compañía fue una motocicleta abandonada al lado del camino y dos caballos muertos que se secaban al sol. Sus costillas ondulando la piel. El último contacto humano fue en un pequeño pueblo cerca de Olinalá: seis camionetas de la guardia nacional nos detuvieron, un hombre de uniforme, cubierto en su totalidad salvo los ojos, nos preguntó a dónde íbamos. Le dijimos. Nos vio con recelo porque nadie usaba esa carretera. Sacamos credenciales. Al fin nos creyeron y nos despidieron con un lacónico:

—Vayan con cuidado.

Pocos metros más adelante, nos dimos cuenta: el pueblo que la guardia custodiaba, ardía en llamas. La población estaba al fondo de un valle, y lo único que salía de esa olla serrana eran gruesas columnas de humo. Después también nos enteramos que aquel camino era disputado por dos grupos delictivos: Los Ardillos y Los Tlacos. En esa zona se encontraban cuerpos y ocurrían ataques armados. Nos fue bien.

El regreso, un par de días después, fue obviamente por otra vía. Los habitantes de Tlapa nos regañaron por ser unos ignorantes del mapa delictivo y por confiar en una app de caminos que funciona a la perfección en Suiza o Noruega. El nuevo camino era complicado pero seguro. Cada cuarenta minutos, aparecía un caserío, no mucho más. De pronto y sin previo aviso, un arco inmenso emergió en la carretera a varios metros de altura. Era de concreto, ladrillo rojo y en lo alto había una inmensa escultura de una antorcha sostenida por dos manos. El arco decía con grandiosas letras “BIENVENIDOS A Tecomatlán Pue. Cuna de Antorcha Campesina y Atenas de la Mixteca”. El pavimento de chapopote cambió por un suelo de concreto neumático. Glorietas a los costados con el pasto impecable. Luminarias LED de diseño. Adentro de ese pueblo hay un campo de beisbol, otro de futbol. No se trata de terrenos baldíos: son auténticos estadios con pasto y gradas. Además, tiene un instituto tecnológico, y un edificio de siete pisos que se ve desde la carretera. En un diseño más propio de Santa Fe, en la Ciudad de México, que de la Mixteca, cada nivel juega a estar desplazado del previo como si fuera un cubo de Rubik desordenado. Un kilómetro después termina el pueblo. La carretera vuelve a su color negro y todo vestigio de construcción desaparece de los costados.

En Tecomatlán se fundó el movimiento Antorcha Campesina en 1974. En aquel momento eran cuarenta universitarios y campesinos. El orquestador de todo ello fue Aquiles Córdova Morán, líder del movimiento desde esa época hasta hoy. El año pasado, en el mismo lugar, se inauguró un teatro que lleva su nombre. La fachada neoclásica del teatro simula el Pantheón de París: columnas corintias en el pórtico y un frontón triangular en la parte alta con un relieve escultórico que muestra centauros raptando a mujeres y peleando con humanos. La entrada es una escalinata rosada de mármol. Es importante recordar que todo esto sucede en la Mixteca Baja. En un sitio paupérrimo. Sin poblaciones vecinas.

Cincuenta y dos años después no queda claro el límite de ese movimiento, el pueblo y la legalidad. El modelo político se define de la siguiente manera: “La administración del municipio está ligada a la estructura de masas del movimiento, y sus habitantes organizados participan activamente en las decisiones de obras públicas y gobierno”. La cosa se pone más turbia cuando nos enteramos que en 2020, la Unidad de Inteligencia Financiera metió denuncias ante la Fiscalía General de la República y congeló cuentas bancarias de algunos dirigentes del movimiento, uno de ellos, justamente el de Puebla. ¿El motivo? “Flujos multimillonarios en efectivo sin justificación.” Entre sus giros hay estaciones de gasolina, hoteles y negocios comerciales. Muchos a nombre de familiares de los líderes del movimiento.

¿Cuánto de esos negocios comerciales sirve para el propósito original del movimiento? ¿Para “erradicar la pobreza en México”? La Mixteca Baja sigue estando en la miseria. Fuera de los límites de esa copia de Santa Fe, todo sigue igual. A pocos kilómetros hay pueblos tomados por el crimen organizado, carreteras clausuradas, caballos muertos y motocicletas abandonadas al lado del camino. Tecomatlán cumple así —aunque desde otra perspectiva— con la fantasía de Val’Quirico: si quieres sentirte bien, dejar el mundo atrás, la miseria, los ambulantes, ven al pueblo. Fantasías de opulencia hechas con piedra y mármol rosa.

El Templo de Santa Prisca en Taxco, Guerrero
El Templo de Santa Prisca en Taxco, Guerrero ı Foto: Especial

RADIOGRAFÍA DE UNA QUIMERA

A 245 kilómetros de Tecomatlán y 227 de Val’Quirico, está Taxco, Guerrero. Claro que Taxco ni es un pueblo reciente ni fue construido al vapor. El año de 1528 se descubrieron vetas de plata. Cuarenta años después, la población ya era Real de Minas de Taxco. La plata lo era todo: la magnífica arquitectura de Taxco que reta al perfil escarpado se construyó con y por la plata.

En el pueblo hay una constante que termina fatigando: las tiendas de ese metal. Una al lado de otra, y luego otra, y luego una más. En las esquinas cercanas al centro hay boutiques de lujo. Conforme se avanza hacia la periferia, las tiendas son más modestas, pero también están repletas de plata. Pronto nos damos cuenta que los diseños de anillos, pulseras y collares son muy parecidos. No hay mucha sorpresa. Alguien descubre una novedad: catarinas en los anillos y todo se inunda de ellas en anillos. La artesanía comienza a vestirse de Henry Ford y a apreciar las comodidades de la producción en serie. Como sea, la plata es el imán que atrae a la gente. Desde 1528 hasta hoy. El problema es que desde hace dos décadas Taxco ya no produce plata.

POR CADA KILO DE RADIOGRAFÍAS SALEN UNOS 15 GRAMOS DE PLATA. LAS RADIOGRAFÍAS LLEGAN HASTA TAXCO Y DESPUÉS DE UN PROCESO QUÍMICO EN EL QUE SE HAN ESPECIALIZADO, SE OBTIENE EL METAL. LAS MINAS YA NO TIENEN NADA QUE DAR.

En 2007 ya se había agotado. No hubo ruido. Pocos se enteraron. La noticia la conocí por un taxista al que le gustaba mucho conversar. Y también me contó de dónde viene la plata de Taxco. Por la República viajan taxqueños que persiguen láminas radiográficas. Tienen tratos con los basureros locales en cada entidad. Ellos les separan las radiografías y se las venden. Cada una contiene entre 0.2 y 0.4 gramos de plata. Por cada kilo de radiografías salen unos 15 gramos de plata. Las radiografías llegan hasta Taxco y después de un proceso químico en el que se han especializado, se obtiene el metal. Las minas ya no tienen nada que dar.

Cuando el taxista me contó esto, recordé el libro Polaroids de Douglas Coupland que a veces es ensayo, a veces ficción, a veces crónica. No está mal: la médula espinal de la obra es la memoria contrapuesta a la vida artificiosa. Durante una temporada que pasó en las Bahamas, Coupland empezó a perder la memoria. Era ese letargo que provoca un hotel en una playa calurosa donde incluso recordar parece una tarea titánica. Pero el autor propone algo más: que desde hace tiempo vivimos transitando de un espacio artificioso a otro, al grado de que llegamos a confundir los sueños con la vigilia. Sin espacios genuinos carecemos de emociones genuinas. Aparecen las frases provocativas de Coupland: “La tecnología nos ahorrará el tedio de repetir la historia”. “¿Cuán clara es tu visión del paraíso?” “No puedes recordar lo que has decidido olvidar.”

Que los problemas desaparezcan. Que los espacios visitados nos ayuden a ello. Que estemos drenados de todo inconveniente. Construir un mundo artificial sin referencias ni sociales ni históricas ni culturales. Evitar referencias como un libro, como una pintura tan potente en un museo que se convierta en una referencia de ti mismo. Y en esa artificialidad, la realidad no debe intervenir. En Taxco, el sueño de la plata debe mantenerse. Si se va, se va con el romanticismo de la ciudad colonial y con los dividendos de la venta también. No hay nada de romántico en decir:

—Esta pulsera, cariño, está hecha con una radiografía que mostraba una fractura del hueso navicular. Espero te guste.

Queremos que la ciudad cumpla con nuestras expectativas. Que no nos rete. Que no recuerde problemas. Queremos confundir el sueño con la vigilia. Así, en cada uno de los pueblos visitados hay un tufo a trampa. Adquirir un terreno por una deuda de apuestas y construir una falsa aldea toscana. Crear un portentoso pueblo donde manda un movimiento con ingresos de dudosa procedencia. Ocultar a los turistas que las minas han dejado de producir plata. Y esto va acorde a las necesidades de los visitantes. Es el mismo impulso que sacarse una foto esperando que el amigo distraído piense que sí nos fuimos a Italia o que siempre vamos vestidos como modelos, que siempre nos va bien, que no conocemos la depresión. Nos seguimos sintiendo a gusto en esos lugares que no sacan a relucir nuestras inseguridades. Nadie se enfada porque nadie profundiza. No nos tocan de manera incómoda como puede hacerlo una obra de teatro. Una novela o película como Val’Quirico o Ciudad Antorcha es una obra aburrida. Más allá de porque no pase nada, porque no nos provoca nada. El problema es que cada personalidad se construye, inevitablemente, de algunos conflictos, de muchos sentimientos. De sustancia.


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