
EL PÚBLICO INVISIBLE
[Sand a Flaubert, 1866] ¿No son las personas sin gusto y sin ideal las que se aburren, no gozan de nada y no sirven para nada? Es inevitable ser maltratado, escarnecido y desconocido por ellos. Pero no por ello hay que abandonarlos, y siempre hay que tirarles buen pan, que prefieren a la m… Cuando estén hartos de basura, comerán el pan, pero si no lo hay, se comerán la m… in secula seculorum. […] Cuando no somos comprendidos, nos resignamos y volvemos a empezar. Cuando lo somos, nos alegramos y continuamos. He ahí todo el secreto de nuestro trabajo perseverante y de nuestro amor por el arte. ¿Qué es el arte sin los corazones y los espíritus donde uno lo vierte? Un sol que no proyectaría sus rayos y que no daría vida a nada. ¿No está usted de acuerdo? Si se convence uno de eso, no conocerá jamás el desánimo ni la pereza. Y si el presente es estéril e ingrato, si perdemos todo efecto, todo crédito entre el público, queda el recurso al porvenir, que mantiene el coraje y borra cualquier herida del amor propio. Cien veces en la vida, el bien que hacemos no parece servir de nada, y no sirve de nada inmediatamente, pero sostiene al menos la tradición de la buena voluntad y el buen hacer sin la cual todo perecería.
Gustave Flaubert y George Sand, Correspondencia (1866-1876), trad. Albert Julibert, Marbot Ediciones, 2012.
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Nuevos paraísos artificiales
LA PLEGARIA ATENDIDA DE TARANTINO
Quentin Tarantino no era hombre dispuesto a huir de la fama que cayó sobre él tras el estreno de Pulp Fiction. “Siempre quise ser una estrella, desde que era pequeño”, dice el director, que no tardó en apreciar las ventajas de la popularidad. “He estado en muchos clubs y restaurantes cuando era un perdedor, y la verdad es que es mucho mejor ir de ganador. ‘Venga, cabrones, levántense. Háganle sitio a estos machotes.’ ” A Tarantino le encantaban las candilejas, el calor, la agitación. Como él también era un fan, se sentía responsable ante las legiones que lo adoraban. Pero, por supuesto, una fama como la suya tenía un precio. No importaba cuánto diera; nunca era suficiente. Cuando Chasen’s, el legendario restaurante para estrellas de Los Ángeles, cerró finalmente sus puertas, Tarantino quiso estar allí. “Lo llevé yo”, recuerda Robert Rodríguez. “En cuanto abrió la puerta, la gente apareció con carteles de Pulp Fiction, asediándolo. Y Quentin dijo: ‘Madre mía, qué tipo ese. Le he firmado el póster y me ha mirado como si yo fuera un poli... ¡Porque no le he firmado los diez!’ ”
Dice Tarantino: “Se volvió difícil hacer muchas de las cosas que me gustaban. Yo pensaba: Si fuera Neil Jordan podría tener doce putas y nadie sabría quién coño era yo. Se me volvió difícil incluso dar un paseo. Aquellos con quienes topaba eran todos indigentes. Tenía que evitar el contacto visual, porque establecer contacto visual con alguien significaba invitarlo a que se me acercara. Mis rollos de chico normal, eso de ir a una tienda de discos usados y pasarme ahí dos horas sacando las cajas de las estanterías, mirando lo que tenían... se terminaron. De repente me vi acosado. Yo decía: ‘Oye, es mi día libre, sólo he venido a echarle un vistazo a estos discos. Como tú.’ ”
Peter Biskind, Sexo, mentiras y Hollywood. Miramax, Sundance y el cine independiente, trad. Daniel Majmías, Anagrama, 2026.

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MORALIDAD Y EFICACIA
Lo que necesitamos no es exhortación a la virtud pura, sino inteligencia responsable y humanismo aplicado, los únicos capaces de estar a la altura de los desafíos de la época. Sin duda, la oposición entre moral y ética, imperativo categórico e imperativo hipotético, buena voluntad y ética del interés es filosóficamente insuperable. Pero ¿cómo los “nuevos” encantamientos de la generosidad desinteresada tienen alguna posibilidad de hacerse oír, de contribuir de la manera que sea a transformar el universo tecnológico, nuestras formas de organización, nuestros sistemas de información y de comunicación? A qué pueden llevar esos sermones absolutistas sino a desacreditar, a desalentar de entrada las diferentes formas de innovaciones institucionales que, inevitablemente, deben integrarse en la lógica del mercado y del beneficio. Al cavar un foso infranqueable entre moralidad y eficacia, deber e interés, uno se erige en maestro intransigente de virtud pero al mismo tiempo se desvalorizan las acciones de cambio, necesariamente “interesadas”, que tienden sin embargo, más modesta pero más eficazmente, a edificar un mundo más habitable y más justo; se hace oscilar hacia el más puro y simple cinismo lo que puede ser una búsqueda realista y prudente de un mayor bienestar colectivo. Paradójicamente, los ensalzadores de la mano invisible mercantil pueden lanzar cargas hipermorales contra la ética de los negocios: para qué cambiar nada, tender hacia prácticas más cuidadosas del hombre cuando, de todas maneras, eso no es más que cálculo mezquino y malignidad estratégica.
Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber: la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, trad. Juana Bignozzi Ramallo, Anagrama, 1994.

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GORKI USURPADO
En su testamento Alekséi Maksímovich [Gorki] pedía ser sepultado junto a su hijo en el cementerio de Novodiévichi. Pero cuando Yekaterina Pávlovna se enteró de que el gobierno había decidido incinerar a Gorki para depositar sus cenizas en la muralla del Kremlin, llamó a Stalin y le dijo que si no podía cumplirse la última voluntad del difunto, al menos dieran a la familia un puñado de cenizas para enterrarlo en la tumba de su hijo. Stalin contestó que el gobierno decidiría. Yágoda le transmitió la respuesta: el gobierno consideraba que no era posible acceder a la petición. ¡Incluso desposeyeron a la familia del cuerpo y las cenizas de Gorki! Lo mismo sucedió con sus archivos. El mismo día de la muerte de Alekséi Maksímovich —mientras el escultor Merkúrov estaba elaborando una máscara de su rostro y el cerebro del escritor era trasladado en un cubo al Instituto del Cerebro—, se estableció una Comisión para que se ocupara de la gestión de la herencia literaria y de la correspondencia de Gorki. En realidad, el NKVD [Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos] se convirtió en el propietario de sus archivos.
Hay una versión que dice que los órganos descubrieron en casa de Gorki unas anotaciones escondidas cuidadosamente y que, al leerlas, Yágoda dijo muy enfadado: “¡El lobo muere siempre lobo!” Si fue realmente así, sólo Dios lo sabe.
Vitali Shentalinski, Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB, trad. del ruso Ricard Altés, Galaxia Gutenberg, 2014.

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EL ROSTRO DEL ALMA
La estilización típica del rostro humano se encuentra en las máscaras del Nô, el teatro ritual japonés, con una intención a la vez psicológica y espiritual: cada tipo de máscara muestra una cierta tendencia del alma, a la que pone al descubierto, en lo que tiene de fatal o generoso; así, la representación de las máscaras es la de los gunas, las tendencias cósmicas, en el alma. La diferenciación de los tipos, en el Nô, se obtiene por medios muy sutiles: cuanto más latente e inmóvil sea la expresión de una máscara, más viva será en la representación; cada gesto del actor la hará hablar, cada movimiento, arrojando luz sobre los rasgos, revelará un nuevo aspecto de la máscara; es como una súbita visión de una profundidad o un abismo del alma.

Titus Burckhardt, Símbolos, trad. Francesc Gutiérrez, José J. de Olañeta, 1982.

El blues del quirófano

