Dentro del conjunto de jugadores brasileños seleccionados para disputar la Copa América de 1919, destacaba Arthur Friedenreich, el hijo de 27 años de un comerciante alemán de São Paulo. Por su velocidad, su destreza y su enorme capacidad para marcar goles desde cualquier sector del campo, a Arthurinho se le considera el creador del futbol-samba, hoy conocido como joga bonito. Había debutado con la selección en 1914 y fue nueve veces el campeón goleador del Campeonato Paulista de la época amateur del futbol brasileño.
El 29 de mayo de 1919, el día de la final del campeonato, Brasil jugaba contra Uruguay. Friedenreich llegó dos horas antes que el resto del equipo al Estádio das Laranjeiras en Río de Janeiro, entonces capital de la República Federativa de Brasil. Los vigilantes lo recibieron con palmadas en la espalda y palabras de aliento, prendieron las luces de los túneles y el vestuario para él.
—Hoje, Tigre, bola na rede.
Arthur respondió con una sonrisa tímida y, maleta al hombro, recorrió las entrañas del estadio sumido en sus pensamientos. El sonido de sus pasos retumbaba en el silencio de los templos.
Se despojó de su atuendo de calle y lo dobló sobre una banca de madera. Antes de ataviarse con los arreos, sacó de su maleta una polvera, una lata de brea, un peine y una borla.
SOLITARIO Y EN SILENCIO comenzó su rutina de histrión. Primero empapó su cabello rizado con agua helada y con el peine lo dividió en dos grandes secciones. Untó sus manos con suficiente brea y la embarró sobre su cabeza, apretando con las palmas hasta que desapareciera cualquier rastro de sus rizos. Se peinó una o dos veces hacia atrás y volvió a apelmazar los cabellos hasta que tomaron la forma de su cráneo. Retiró el exceso de agua y brea con una toalla y se lavó las manos. Entonces tomó la polvera y la borla. Frente al espejo, empezó a blanquear sus brazos, sus muslos y sus rodillas con generosas cantidades de polvo de arroz. Siguió con el cuello y con el rostro. Con las precauciones muchas veces repetidas de los rituales cotidianos se encargó de que no quedara ninguna sección sin polvear: detrás de las orejas, debajo de la barbilla, la línea del pelo, los párpados.
Cuando sus compañeros de equipo llegaron al vestuario, Arthurinho estaba perfectamente vestido con el uniforme blanco de la selección brasileña. Repetía ese ritual desde hacía diez años, cuando la buena reputación de su padre, Óscar Friedenreich, le permitió debutar en el Club Germania, a pesar de ser mulato. Ese día, en un partido violento que se alargó hasta el minuto 120 sin anotaciones, marcó de cabeza el gol del triunfo en el último suspiro del encuentro.
Arthur Friedenreich no participó en las ediciones de 1920 y de 1921 de la Copa América. El presidente brasileño Epitácio Pessoa prohibió la incorporación de jugadores de raza negra a la selección.
El blues del quirófano
