Tiene comezón ella y tengo comezón yo. La escucho darse pequeñas mordidas, lamerse las patas y rascarse cerca del pecho. La hemos llevado ya al veterinario y la ha revisado de cabo a rabo. Hurgó entre sus muslos, arriba de su cola, la barriga y entre su pelaje. Está un poco irritada —nos dijo.
—¿Es una pulga, doctor?
—¿Por qué sólo una?
—La última vez fue una sola.
Es dermatitis nerviosa. La comezón —nos dice el doctor— incrementa cuando cae la noche, o cuandose exalta porque volvemos a casa, o cuando se desespera porque no nos hemos levantado. En mitad de la nochelos perros también se aburren, y cuando no pueden dormir también se irritan. Escucho las mordiditas y el crepitar que producen los excesos de saliva que da vueltas por su hocico y se me crispan los nervios. Tiene comezón ella y tengo comezón yo.
ANTES DE ACOSTARNOS LE DIMOS SU MEDICINA y conectamos a la corriente de luz un difusor de feromonas caninas. Es inodoro y casi imperceptible, pues tampoco produce sonido y su luz es muy tenue. Según el veterinariono tiene efecto sobre las personas, por lo cual lo colocamos en la habitación. Muchos otros días, cuando me acuesto, la escucho morderse un poco las patas y los sonidos de su boca me producen una ligera sensación de repulsión, que no es por la materia y la naturaleza del ruido, sino más bien por su timbre. Vuelve a rascarse y siento comezón como ella y quiero levantarme a revisarla, pero me contengo para no tener que enjuagarme las manos y ponerme más crema.
De pronto deja de rascarse y al poco tiempo escucho los chillidos que suelta en ocasiones mientras duerme. En sus sueños —estoy seguro de poder verlos en la oscuridad del cuarto— una mujer mayor le acaricia la panza con sus largas uñas pintadas de rojo. Son caricias bruscas y torpes que en una situación distinta sentiría como un maltrato, pero ahora le parecen el mejor remedio para el hormigueo que le recorre todo el cuerpo. La escucho llorar y aunque siento comezón no quiero abrir los ojos ni prender la lámpara de la mesa de noche para buscar el ungüento. Pienso entonces en los platos que dejamos en el escurridor después de cenar, en las fotos de nuestros padres que están en la coqueta de la sala, en los balones sobre la consola y en las velas derretidas de la mesa de centro. Y, como en otras noches, me pasa por la cabeza la idea de que es muy extraña la extrañeza de ser uno mismo y no otro. Es muy extraño estar aquí y no allá y más extraño poder ponerlo en palabras y sentir el vacío que viene tras pronunciar una frase sin hacer ruido.
Entonces me rasco, y aunque siento irritación, sé que tengo comezón yo y también tiene comezón él. Y lo escucho roncar y no sé bien qué es lo que sueña.
Homero en IMAX. De cuando ardieron Troya e Ítaca
