Todo incluido

“Cada año las promesas del verano se cumplen con el disfrute de las mejores vacaciones. El horizonte contemplado a pie de playa constituye uno de los reclamos populares en ciudades turísticas como Cancún, Acapulco y Mazatlán. Hay menos de dos mil kilómetros de distancia para llegar al destino entre estos lugares de excelencia para el universo del mar mexicano”. Así comienza Samir Delgado este ensayo sobre el paso de la literatura de viajes tradicional a lo que podría llamarse ahora la literatura del turismo.

Todo incluido Foto: Esperanza Vaz

Sobre el mapa de los soles de la temporada estival, se pueden dibujar diagonales perfectas que conectan los puertos nacionales de mayor atractivo. Como los grandes centros turísticos de las islas del Caribe, en la costa mexicana el monocultivo de sol y playa ha generado riqueza y desarraigo, facturas y deudas, sueños y decepciones. Y como en otras latitudes, los últimos cincuenta años han dado a luz muchas novelas que relatan los encuentros de culturas bajo las sombrillas del verano, la literatura de viajes tradicional se transformó en libros donde la ciudad turística despertó a la universalidad.

Entre los títulos de una tradición incipiente que abarca desde el género negro a la poesía, ya se pueden citar clásicos y también novedades editoriales. Se cumplen treinta años de la edición de Isla de lobos de David Martín del Campo que fue galardonada con el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero. Mientras que Cancún, todo incluido de Carlos Hurtado, cuya primera aparición corresponde a julio de 2001, cumple su cuarto de siglo como la crónica sobre el apocalíptico turbo-turismo. Un libro que en palabras de Juan Villoro “profetiza los excesos de la región”, el enclave estelar donde playas, souvenirs y discotecas atraviesan la médula espinal de un imaginario transfronterizo que conecta la Costa del Sol española con el fondo de pantalla de la polinésica fotografía de Photoshop en la playa de Bora Bora.

IMITACIÓN DEL PARAÍSO

Y es que la magia turística imita al paraíso. La historia ha querido que el motor económico del progreso vaya más rápido en los litorales. Todavía las aguas turquesas de rincones como Playa Delfines, Playa Tortugas y Playa Caracol en Quintana Roo conservan un rango de plena soledad que se convierte en secreto a voces para muchos bañistas locales. El poeta mexicano David Anuar ha sido de los primeros en poner voz a lo no contado en la intrahistoria de Cancún con su libro Memoria de Gabuch. La vida turística ya no se circunscribe a las zonas hoteleras, también la población autóctona reclama su derecho al disfrute de los placeres del buffet y la happy hour. Disfrutar en una palapa de la gastronomía suculenta de los productos marineros representa una de las apetencias democráticas más deseadas. En Isla de la Piedra, todavía se pueden contemplar los vuelos rasantes de los pelícanos con una mística que forma parte de las olas sinaloenses, al igual que en otros muchos puntos de la geografía del Pacífico, desde Oaxaca a Baja California, el deseo de ver un rayo verde en el horizonte del atardecer cautiva a lugareños y foráneos. Las sociedades mestizas se consolidan a base de intercambios y enamoramientos, surgiendo nuevas residencias que hacen de lo global su raíz más peculiar, asimilando y reproduciendo escalas cromáticas del arcoíris multicultural, un desenlace de lo turístico que parece dibujar los parámetros futuros de las comunidades humanas.

EN ISLA DE LA PIEDRA, TODAVÍASE PUEDEN CONTEMPLAR LOS VUELOS RASANTES DE LOS PELÍCANOS CON UNA MÍSTICA QUE FORMA PARTE DE LAS OLAS SINALOENSES.

UN DILEMA PLANETARIO

La presencia de extranjeros con la leyenda del “todo incluido” muestra que el futuro llegó en grandes cruceros y la oferta de vuelos charter. Es un dilema planetario, las ciudades se parecen cada vez más, cuando los turistas hacen acto de presencia entre ruinas y museos. La mayoría de los resorts hoteleros de Puerto Vallarta o Los Cabos cuentan con historias aún por contar, más allá del Spa y del Chef, todavía las crónicas de los despegues turísticos premium están por escribirse, muchas ciudades desconocen su hermanamiento con esa etiqueta que las hace emparentar sus prodigios y problemáticas, entre manglares y playas se reproduce al infinito el vértigo de toboganes que contagian sus horas de mediodía con sabor a tejuino y pozol.

La era turística marcó un antes y un después. Un mismo sol se reparte por doquier para ofrecer bondades climáticas y beneficios en divisas. Hay lugares como España donde el final de la dictadura se explica con la llegada de turistas nórdicos y la pandilla de amigos que protagonizaron la serie televisiva Verano azul. La cultura de la playa se expandió como una tendencia sublimada de la vida en shorts y t-shirts de California. Los nuevos nómadas con gafas de sol implantaron su predominio y el surfing amplió el culto del bronceado como modelo de belleza. En tan sólo medio siglo, el mundo se hizo eternamente amable para los huéspedes con tarjeta de crédito, de las postales típicas se pasó a los reels de los últimos paisajes.

Todo incluido ı Foto: David Guijosa Aeberhard

Precisamente, un país como México se encuentra entre los destinos de mayor afluencia y predilección, la combinación entre lo ancestral y lo moderno constituye su carta de presentación. Muchas familias cambiaron su economía de subsistencia en el ámbito agrícola o pesquero, para insertarse en el sector servicios. Miles de profesionales de la hostelería ejercen su condición de anfitriones para que los clientes disfruten de su estadía. Y al otro lado de la barra del bar, esporádicamente se cruza la mirada del flâneur sobreviviente, capaz de escribir su perplejidad ante la multitud. El poeta mexicano Héctor Carreto, fallecido en 2024, legó un bello cuaderno titulado Clase turista, allí recorre catedrales y fuentes de Trevi, celebra a Raymond Chandler y Piccadilly Circus, se parapeta ante la Mona Lisa y las Majas, revisita Monte Albán y Troya, muerde manzanas y saborea helados.

Las voces literarias vuelven a ser un salvoconducto para no caer en el agujero negro del spot comercial que todo lo invade, los anuncios en bucle se apropian de sinfonías de Beethoven y melodías Beatle, lo turístico se reproduce como un dogma de transacciones ineludibles.

Como afirma el filósofo Michel Onfray, en su Teoría del viaje, vivimos en un “holocausto del recuerdo”, se ha renunciado a la memoria. A pleno sol, la sombra de las palmeras cobija a los cuerpos untados con perfumados bloqueadores de rayos ultravioleta. Además del tiempo y del espacio, hoy se debe incluir lo turístico en la cartografía de la realidad, la posibilidad de las islas visitadas por Michel Houellebecq ha derivado en ecuación algorítmica, todos los caminos conducen al azul de los mares y de las albercas.

LA CLASE TURISTA

En este devenir impaciente de la internacionalización del destino, el tránsito de millones de viajeros por aeropuertos y hoteles cuenta con retratistas que han inmortalizado la clase turista. Como el recientemente fallecido Martin Parr, el gran artista británico que estuvo en México en varias ocasiones y tomó grandes fotos, como aquella de la orilla de Acapulco, equiparada a un cuadro del polaco Józef Chełmoński de 1875 que se halla custodiado en el Museo de Varsovia. Son imágenes que se parecen entre sí, algunas anticipan el futuro y otras intuyen su pasado, los turistas son como el nuevo fantasma que recorre Europa y el mundo. En la película Roma de Alfonso Cuarón, la escena de la playa veracruzana es otra clave del porvenir, la actriz Yalitza Aparicio contemplaba con placidez el oleaje hasta que se percata de una ausencia, entra al agua para socorrer a los niños, la familia a pesar del peligro, conserva su integridad, la playa dotó a los protagonistas de vida futura.

Hay una curiosa denominación de orígenes que cristaliza el turismo en un tiempo suspendido como una hamaca en el idilio de las estaciones. Algunas piezas de Edvard Munch con nadadores de finales del siglo XIX disfrutan de un baño fosforescente. El artista noruego del cuadro El grito, subastado por 120 millones de dólares en Sotheby’s, también pintó turistas. Son los mismos seres etéreos y persistentes como hologramas, de los que se separa Italo Calvino al contemplar losárboles milenarios en el Jardin des Plantes de París o en el oaxaqueño rincón del Árbol del Tule, la presencia bochornosa de las cámaras hace que se pierda la esencia de todo. Incluso, el Premio Nobel Derek Walcottsitúa a un Filoctetes caribeño que sonríe en su canoa a los turistas, sabedor de que roban su alma con el disparo del flash. En su libro Destino de playa de 2024, el veracruzano Óscar Reyes Hernández introduce en el índice de sus poemas una cata de la introspección vivencial al estómago del monstruo: temporadas bajas, sistemas de desagüe, pleamar y relax, crónicas y pócimas de un mundo que no declina, sino que se expande.

COMO AFIRMA EL FILÓSOFO MICHEL ONFRAY, EN SU TEORÍA DEL VIAJE, VIVIMOS EN UN “HOLOCAUSTO DEL RECUERDO”, SE HA RENUNCIADO A LA MEMORIA. A PLENO SOL, LA SOMBRA DE LAS PALMERAS COBIJA A LOS CUERPOS UNTADOS CON PERFUMADOS BLOQUEADORES DE RAYOS ULTRAVIOLETA.

Junto a la pintura y el cine, la literatura ha sido un campo de gravitación para el implante del turismo como forma de vida universal. Los escenarios y las fronteras se mezclan para derivar en una tendencia narrativa de lo turístico que logró aclimatarse en varios idiomas y durante momentos fulgurantes de similar parentesco. En Grand Hotel, de la escritora alemana Vicki Baum, ya se puede apreciar el pórtico narrativo donde habitan personajes dispares que transitan dentro de un hotel en el año crucial del Crack del 29 y la Gran Depresión. En idioma español, tres novelas irrumpen en la década de 1970 para dar testimonio de los cambios sociales del turismo en España: La costa de los fuegos tardíos de Antonio Pereira, Catalina Park de Orlando Hernández y Torremolinos Gran Hotel de Ángel Palomino. Todas y cada una de ellas hacen un guiño histórico al advenimiento del turismo, a la apoteosis de los deseos y la libertad, a la inclemencia de un mundo soleado y en rebajas. Y en inglés, basta echar un vistazo a best-sellers de autores como Morris West, quien se embarca como turista a las Islas Hébridas escocesas en El verano del lobo rojo de 1971, un libro para la búsqueda de los últimos sentidos existenciales, sus diálogos “tardoplatónicos” participan de esta suerte de génesis literaria mundial con el triunfo del lado más insospechado de la posmodernidad bajo el ritmo del reguetón y sabor a pudínde coco y hielo raspado al estilo hawaiano.

MÉXICO “TURIFICADO”

Desde la Odisea homérica que llega a los cines en este verano bajo la dirección de Christopher Nolan, la astucia de la razón se impone a sirenas y cíclopes, la materia literaria da voz a los tiempos presentes que se consumen como bengalas festivas en la playa. Los orígenes “turificados” de México cuentan con sus testimonios ejemplares, así como personajes de raigambre mítica que pueden ser elevados al rol protagonista de otras conocidas novelas hispanoamericanas del realismo mágico. Es el caso de Úrsulo Moncayo en la novela Isla de lobos, quien cuelga el letrerito Do not disturb en su habitación de hotel mazatleco, allí pinta un Picnic pequeñoburgués con su don recuperado de clochard mexicaine, a ratos pide vodka Zubrowka en las rocas y en vasos old fashion. La trama novelesca incluye al guardafaros Lucio Padrón, hay pulmonías por el malecón y unos niños pescan jaibas, parguitos o jureles en el atardecer del Pacífico.

La política y los titulares de prensa también se hacen presentes, como al otro lado del país en la icónica Cancún todo incluido, donde el empresario Bernardo Amores denuncia la crisis turística en el Salón Nácar del Centro de Convenciones. Cada capítulo de la novela de Carlos Hurtado, reeditada por la duranguense Eugenia Montalván en una tercera edición de 2021, inicia con noticias de actualidad pasada, para dar rienda suelta al ingenio narrativo con turistas noctámbulos que recorren la avenida Kukulcán, bajo la violencia verde de las hojas de los cocoteros que se asemejan a los días de huracán relatados en Recuerdos de Cancún que Gabriel Vázquez dio a imprenta en 2008, libro coral con nacidos en Chetumal, camionetas militares y tours por bares de zona hotelera. La literatura mexicana está al día y goza de muy buena salud, libros recientes como Sweet Acapulco de Brenda Ríos ofrecen la última hora del laberinto turístico, con un hilo de Ariadna que se remonta a plaquettespoéticas como Viajes en avión de Jaime Labastida, con edición numerada de quinientos ejemplares firmados, reliquias líricas de 1968 que vaticinan la sensibilidad híbrida de canículas y lluvias. Sólo el poeta permanece en el aeropuerto y se reconoce ante el sueño del mar habanero, frente a los yunques de la playa celebra poder morir bajo un gran árbol y regresar a casa.


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