Donna Haraway, volver a concebir el mundo

Donna Haraway utiliza la ciencia ficción y la biología para recordarnos que ninguna vida existe de manera aislada. Esta postura rompe las categorías tradicionales entre naturaleza y tecnología proponiendo nuevos lazos de cuidado que desafían la mirada antropocéntrica. También nos despoja de la inocencia y nos impulsa a tejer relaciones éticas en medio de la incertidumbre actual. Un análisis incisivo que recupera Elena Enríquez Fuentes.

Donna Haraway, volver a concebir el mundo Foto: Especial

…la frontera entre ciencia ficción y realidad social es una ilusión óptica.

—-DONNA HARAWAY

¿Qué pasaría si dejáramos de sentirnos la especie más importante del planeta? ¿Cómo cambiaría nuestra relación con el mundo si aceptáramos que no somos los únicos seres capaces de sentir, aprender, comunicarnos, construir herramientas y establecer vínculos? Las palomas, los delfines, los chimpancés, los elefantes, se reconocen ante un espejo. Los delfines se comunican entre sí con el uso de nombres propios. Los elefantes entierran a sus crías, las transportan para darles sepultura, experimentan duelo y luto.

Donna Haraway, una de las pensadoras más influyentes del siglo XXI, bióloga, escritora y filósofa propone volver a concebir el mundo desde una idea radical: nada de lo humano está separado del resto de la vida ni de la tecnología. Somos parte de una red de relaciones que nos precede y transforma. Lo que hacemos cambia a otros y, tarde o temprano, vuelve hacia nosotros. El pensamiento de Haraway no nos permite sentirnos inocentes ante la destrucción del planeta, pero tampoco nos abandona a la culpa. Conduce a asumir nuestra responsabilidad dentro de una red de interdependencias.

Su llamado es sencillo y revolucionario: Seguir con el problema. Ese es el título de uno de sus libros más célebres. Propone aprender a vivir con la incomodidad, las contradicciones, la incertidumbre, convertirlas en motor para seguir pensando, mientras todo continúa en transformación.

PARA HARAWAY PENSAR ES RECONOCER posibilidades, no cerrar conceptos; definir excluye, encasilla. Necesitamos romper las categorías y abrazar la complejidad. No hay esencias. No existe una esencia de mujer, hombre, animal o vegetal. La oposición entre civilización y naturaleza, hombre y animal, mente y cuerpo, a la luz del conocimiento actual, es insostenible.

Donna Haraway nació en 1944, en Denver, Colorado. Estudió zoología, introdujo en su formación materias de filosofía y literatura. Se doctoró en biología por la Universidad de Yale, con una tesis sobre el papel de la metáfora en el lenguaje científico. Fue durante décadas profesora en el programa de Historia de la Conciencia de la Universidad de California. Ahí, entre laboratorios y seminarios de filosofía, empezó a sospechar: la frontera entre ciencia y ficción es mucho más porosa de lo que la academia está dispuesta a admitir.

Utilizó esa sospecha como método. Haraway entrena perros de agility desde hace años, de esa convivencia diaria, física, sin traducción posible al lenguaje humano, nació una de sus obras más entrañables: Manifiesto de las especies de compañía. Ahí describe algo obvio, pero no evidente: perros y humanos llevan siglos moldeándose mutuamente. Ninguno de los dos sería quien es sin el otro. A eso le llama “otredad significativa”. Para Haraway ser quienes somos depende, siempre, de quién es parte de nuestra historia y cómo interactuamos con él.

HARAWAY DESCONFÍA DE LA POSTURA CIENTÍFICA QUE PRETENDE PRESENTARSE COMO NEUTRAL, SIN CUERPO NI LUGAR. TODA MIRADA PARTE DE UNA HISTORIA Y UNA POSICIÓN EN EL MUNDO

Uno de sus conceptos más citados es “generar parentesco”: making kin; emparentar es crear lazos, no de sangre, sino interespecie. Le llama a ese parentesco: chthuluceno; es tejer relaciones de cuidado y cooperación con quienes compartimos el destino de este planeta, sin importar si son humanos o no. Es crucial dejar de vernos como amos, buscar sinergia, hacernos responsables. Hay múltiples conexiones entre humanos, hongos, algas, cables de fibra óptica, ratas de laboratorio, estamos enredados en la misma historia, para bien y para mal. Nuestra historia es y ha sido: una historia compartida.

Haraway inventa el término chthuluceno de la combinación de los vocablos griegos khthôn (que significa “de la tierra” o “subterráneo”) con kainos (que significa “ahora”, un presente continuo y fresco). Tomó inspiración de una pequeña araña de patas largas de los bosques de California, su nombre científico es: Pimoa cthulhu. Le gustó porque suena parecido al monstruo Cthulhu del escritor H.P. Lovecraft, pero le cambió la ortografía, para alejar la idea de un monstruo apocalíptico, su deseo es conectar con las fuerzas antiguas y regenerativas de la Tierra.

Esto explica cómo Haraway acude a la ciencia ficción. En sus más de doce libros, la literatura de ciencia ficción es un referente indispensable, particularmente la obra de Ursula K. Le Guin y Octavia E. Butler. La literatura, narrar, es una herramienta de transformación, somos las historias que nos contamos. Toda historia tiene un narrador, un punto de vista.

Haraway desconfía de la postura científica que pretende presentarse como neutral, sin cuerpo ni lugar. Toda mirada parte de una historia y una posición en el mundo; advierte que reconocerlo no debilita el conocimiento, lo vuelve honesto.

Hoy la inteligencia artificial es un agente, organiza buena parte de nuestros vínculos y atención. Existen biorrobots impulsados por músculo, transistores de proteína de seda, la biología interactúa de forma directa con nodos de microprocesadores. Por eso las preguntas de la filósofa son urgentes: ¿con quién, o con qué, estamos dispuestos a hacer parentesco? Necesitamos ser conscientes: ¿cómo generamos nuestros vínculos?, ¿cuál es su sentido?

Entonces, ¿qué pasaría si dejáramos de sentirnos la especie más importante del planeta? Es momento de mirar desde otra perspectiva, como lo hace Donna Haraway. Imaginar nuevas historias es la única forma seria de cambiar la realidad, ¿podemos concebir un mundo donde no seamos los protagonistas?

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