EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

¿Existe vida después del Mundial?

¿Existe vida después del Mundial? Foto: Cortesía del autor

Pinche realideath, es una película de Nolan. Y para acabarla, una de las malas: Tenet.

El final de la orgía futbolística ha dejado más damnificados que la diarrea explosiva. Estamos hundidos en un limbo tan caníbal, que muchos hasta hemos buscado refugio en la liga mx. Cruda, malilla, depresión post-mundialista, o como quieran llamarle a ese maldito leviatán, es un hoyo negro que nos instala el chip de la tristeza. Una pena tan oscura que no se alivia ni tantito con el miércoles de 2x1 de helados Santa Clara. ¿Ya probaron el nuevo sabor capuchino?

Durante el Mundial la cotidianidad se acelera. Y en un planeta de Tranquilinos, eso significa rush rush rush. El cerebro babeante ante cada partido. Es como si anduviéramos todos bajo el efecto del crico. Pero ahora toca rehabilitarnos. Y cada uno vive el proceso de desintoxicación a su manera. Para mí, el secreto reside en mantenerme a flote hasta que arranque la temporada de la NFL. Pero mientras eso ocurre, he invertido las pocas neuronas que todavía me bailan en la masa encefálica en tratar de entretenerme. Pero no es una tarea sencilla. Hasta los memes de AMLO y Monsiváis han escaseado.

Debido a mi temblorina, bajé la guardia ante mi inquebrantable desconfianza que me despiertan las series. Y una noche, mientras me chingaba un tecito de muicle, comencé a fisgonear Spider-Noir. Hay tres formas de guacharla: a color, a color pintado a mano y en blanco y negro. Para no enfadar a los snobs, elegí verla a la antigüita. Me reconfortó que el Hombre Araña fuera un pedote. A este cabrón nomás le falta estar viendo el Mundial, me dije. Con la jeta de Nicholas Cage hasta me daba por pensar que le iría a Cabo Verde. Conseguí lo improbable: no aborrecí la historia. Aunque estuve a punto de abandonarla cuando el borrachín de Ben Reilly se enamora de la femme fatale. Puto cliché, me encabroné. Hollywood está muerto, bla bla bla. Sin embargo, hay un giro malandrón en la trama que hace que el romance con el héroe se vaya al carajo, como se fue el partido de mis Ratones Verdes contra Inglaterra.

Desde hacía tiempo quería visitar el Hard Rock, pero mi compromiso con el Trionda no me lo permitía. Así que, después de acabar la serie, me permití asomarme. Oh, dios de los cronistas, méndiga decepción me llevé. Qué lugar tan soporífero, más aburrido que el partido de Colombia contra Portugal. El sitio es horripilante. Las paredes de un color melón desteñido, como de habitación de hotel de cadena. Qué mal combinaba en unas paredes con un azul inentendible. No era aqua. No era cielo. Sepa la madre qué era. Había unos muros con un tapiz ininteligible también. Parecía la portada del Gran Gatsby en la versión que tiene la portada de la peli de BazLuhrmann.

EL LIBRO DE GARCÍA-GALIANO ES LO MEJOR QUE ME HA DEJADO EL FIN DEL MUNDIAL. LO PEOR HA SIDO LA XENOFOBIA CONTRA MIS CARNALES ARGENTINOS




Una de las cosas más chidas de los Hard Rock alrededor del globo es la memorabilia. Que en esta sucursal de Ciudad Godínez es más bien escasa. Pero como no podía fallar en nuestro México lindo y qué ritmo, teníamos que contar con un objeto de la máxima banda surgida de nuestras entrañas, esa misma agrupación que participó en la inauguración del Mundial, orgullo de nuestro país: Maná. Encima de los booths, más incómodos que los asientos en el Cinemascopio del Chopo, reside una lira firmada por los tapatíos autores de “Rayando el sol”. Ráyenme la madre, mejor. O unas líneas de perdis.

Pero lo peor de todo es la comida. Si a eso se le puede llamar alimento. Si eres un amante del rock y estás leyendo esto y planeas visitar el lugar, ya sea para conocerlo o por nostalgia del Hard Rock que estuvo en Polanco, vete ya comidito. Es más, enfrente hay una barra matona de tacos. Se llama el Yuca. Fixean tacones de pescado y camarón remozado, de chochinita, de oreja de elefante. No hay sillas. Estás de pie en la calle Dakota. Están sabrosones. De lo mejor de la Nácoles. Con lo que comen tres (o cuatro) ahí, apenas si le alcanza a alguien para comprarse unos aros de cebolla en el Hard Rock. Porque esa es otra, es carísimo el Toks rocanrolizado. Una experiencia así de charrísima, ni a Infantino se la desearía. Bueno, pero a Pedro Sola sí.

En pocas palabras, el Hard Rock mexica no es otra cosa que un Toks con unos cuadros colgados. No volveré ni muerto. Si un día quieren organizar mi funeral allí, soy capaz de levantarme del ataúd. En todo caso, prefiero que me lo hagan en esa copia nopalera llamada Jarro Café.

Una de las curas que me han ayudado a sobrellevar el fin del Mundial, ha sido salir a dar el rol en bicicleta. He recorrido la ciudad macizo. Me he lanzado desde Salto del Agua hasta el Azteca y de regreso. Una mañana me andaba meando, así que hice una parada en pits en una librería. En unos de sus botaderos encontré un libro que llevaba al menos cuatro mundiales buscando. Amigos me habían hablado de él como un documento de propiedades míticas. Habían prometido prestármelo. Sin embargo, nomás no se me hacía la machaca. Y aquel día, me lo topé como alguien que por fin abre el sobre y le sale la estampita que le falta para llenar el álbum del Mundial. Se trataba ni más ni menos de Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas de Javier García-Galiano.

Después de machacarme las piernas treinta kilómetros, me arrojé sobre la banca de un parque a mirosearlo durante una pausa de hidratación. Y con qué me topé: con el cuento llamado “El último penalti”. Texto que me hizo sentir en casa. Me produjo el efecto de que el Mundial no había terminado. Porque, claro, qué le queda por hacer a un sujeto de mi calaña después de que la FIFA nos estafara sino leer. Y nada mejor para bajarme la malilla que la historia de un árbitro que es asesinado. Ese deseo que me agarró por el pescuezo partido a partido. Esas ganas rancheras de matar a los ojetes del VAR.

El libro de García-Galiano es lo mejor que me ha dejado el fin del Mundial. Lo peor ha sido la xenofobia contra mis carnales argentinos. Sin la literatura de Fogwill o de Fabián Casas, y sin la música de Babasónicos mi vida no sería la misma. Que hay argentinos indeseables es verdad, pero en México no nos quedamos nada atrás. Siempre que escuches la estúpida frase “haz patria, mata un chilango”, acuérdate que no somos un modelo, que el clasismo y el racismo también lo ejercen aquí una bola de culeros. No dejemos que un pendejo como Eduardo Feinmann nos ponga en contra por ningún motivo.

Cada mañana, me despierto y me hago la misma pregunta. ¿Hay vida después del Mundial? Y lo más importante: si la hay, ¿merece la pena vivirla?

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