LOS IMPRESENTABLES

El virrey Revillagigedo

El virrey Revillagigedo
El virrey Revillagigedo Foto: Cortesía del autor

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO, quien debió despertar a una pesadilla sin fin cuando llegó a Tenochtitlán, no perdió detalle de cuanto vio. Tzompantlis, acequias, pirámides ensangrentadas y largas murallas, antorchas que no perdían su fuego aun en largas noches de lluvia. Díaz del Castillo notó que los perros no ladraban. Perros sin pelo incapaces de ladrar, como en un sueño.

Un par de años antes de entrar a la ciudad sumergida, un ejemplar hembra de galgo que los conquistadores llevaban consigo se extravió durante la expedición de reconocimiento por Yucatán. Toda expedición necesita su perro. Para los españoles fue la Lebrela de Términos, la perra cazadora de liebres extraviada en la Isla de Términos, hoy Ciudad del Carmen, Campeche.

Los conquistadores siguieron tras la ciudad prometida por los informantes, dejando a la Lebrela. Dos años después, cuando Bernal ya había visto a los perros imposibles, un barco de la flota de Cortés, perdido en temporales y vientos volvió a la isla. La Lebrela los recibió gorda, suave, con una liebre en el hocico.

Los xolos, con quienes los mexicas guardaban una relación extraña, eran amigos inferiores, eran comida y eran talismán para la muerte. No trabajaban, como la Lebrela. Esa noche Bernal soñó con Medina del Campo, su pueblo castizo; los hombres convivían con los cerdos, que se despedían de abrazo y beso antes de entrar al cazo.

Por esos días se selló el pacto secreto entre la ciudad y su animal espiritual, el perro callejero. Lo que vino después fue una larga historia de exterminio infructuoso. El virrey Revillagigedo ordenó la primera de las grandes matanzas. Se ofrecía a los guardafaroles cuatro pesos por cada cien perros muertos. Escribe Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío:

Concluido el teatro, cerrados los billares y cafés y retirada la gente a sus aposentos, quedaba el traidor enemigo de los perros dueño del campo. Dejaba su farol en medio de las cuatro esquinas, empuñaba su garrote y se deslizaba cautelosamente por las aceras. Encontraba un infeliz perro durmiendo descuidado en el quicio de una puerta, le asestaba un tremendo palo y le rompía las costillas o la cabeza.

La muerte a garrote no funcionó como medida de exterminio. Del Valle Arizpe cuenta que sólo en enero de 1799 se sacrificaron nueve mil 213. Ya nada funcionaría contra los perros de la ciudad. En 1902, la Junta de Saneamiento de la ciudad firmó un contrato con Rafael M. Carmona para otra matanza de perros. Se usaron cámaras de gas y hornos crematorios que recogían y aprovechaban la grasa. Minaron las calles con trozos de carne envenenada.

Ahora los perros gozan de nuevas y elevadas garantías individuales. Han incrementado los beneficios obtenidos de la ciudad y sus habitantes. No se puede matar a un perro. Octavio Paz escribió que la ciudad era la: “diosa cruel de las azoteas, de los perros errabundos que son nuestros franciscanos, nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos del sol”.


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