Tres Santos Punks

Daniel Rodríguez Barrón es autor de novelas, relatos y ensayos. Su libro más reciente es Manual de resurrección para vagabundos y profetas. Ahora Bunker, ibrosampleados publica Tr3s santos punks. Según los editores, “a través de estos tres relatos, nos asomamos a las vidas de hombres y mujeres que, atrapados entre la violencia y la precariedad económica y existencial, se atreven a buscar lo imposible: el perdón en medio del caos, la esperanza en un callejón sin salida y la salvación de un alma que el mundo ya da por perdida”

Tres Santos Punks Foto: Especial

En el universo literario de Daniel Rodríguez Barrón (Ciudad de México, 1970), la muerte jamás se presenta como un mero accidente biológico, un designio azaroso del destino o una simple estadística administrada por el poder. Por el contrario, se erige como el territorio definitivo donde el individuo marginal, aplastado por las estructuras cotidianas, recupera el control absoluto de su biografía. Lejos de asumir la tragedia como una derrota pasiva, los personajes de Tr3s santos punks convierten el fin de su existencia en una decisión soberana, en un acto de insumisión radical que desafía tanto a las instituciones como a la inercia del tiempo.

ESTA BÚSQUEDA DESESPERADA y lúcida de autonomía atraviesa el tríptico narrativo bajo diversas formas de inmolación voluntaria: en el primer relato, Alonso Xitle y los integrantes de su grupo punk, La Perrada, transforman su música y la ayuda comunitaria en estruendoso manifiesto político y espiritual. No buscan salvar su “saco de huesos”, sino rescatar eso que todavía se atreven a llamar el alma frente a la maquinaria devoradora del Estado, convirtiendo su conflagración final en un acto de resistencia colectiva que desafía el orden estamental. En el segundo relato, José María, un profesor del CCH Sur, experimenta una vía de expiación marcada por la culpa y el tormento interior. Tras cometer un grave error por proteger a su perra (no queremos revelar la trama), Chema asume un destino trágico que lo conduce voluntariamente hacia una transfiguración mítica, un ser con cabeza de perro que paga su deuda a través del sacrificio. Finalmente, en la tercera historia, la niña protagonista rechaza el éxodo burocrático y el desalojo institucional frente al avance implacable de un huracán; y en lugar de rendirse ante la lógica de la naturaleza, prefiere desvanecerse bajo sus propios términos, revelándole a uno de los personajes la leyenda de una flor, y con ello, reclamando para sí misma una muerte construida desde su propio mito.

LEJOS DE ASUMIR LA TRAGEDIA COMO UNA DERROTA PASIVA,LOS PERSONAJES DE TR3S SANTOS PUNKS CONVIERTEN EL FIN DE SU EXISTENCIA EN UNA DECISIÓN SOBERANA

Sin duda existen precedentes a estas hagiografías fantásticas, la más evidente es La leyenda del santo bebedor de Joseph Roth, el santo clochard que intenta varias veces pagar una deuda, no lo consigue y al final tiene una epifanía; también hay alguna pincelada de la “Misa del ateo” de Balzac, y francos guiños a “Un corazón sencillo” y a la “La leyenda de San Julián el Hospitalario” ambos de Flaubert; sin embargo, aunque pudiera estar en deuda con cada uno de estos autores y cada uno de estos personajes, habría que señalar que ha sabido apropiarse del tema y hacerlo indudablemente suyo.

Su obsesión, como todas, viene de lejos: en su novela más reciente, Manual de resurrección para vagabundos y profetas, hay una Virgen de Dolores en el nicho de una iglesia a la que han rebautizado con grafiti “Nuestra Señora de los Punks” (tal vez ya estuviera escribiendo o ideando este nuevo libro); en otra de sus novelas, Retrato de mi madre con perros, hay una parroquia dedicada a Nuestro Santo Señor del Spleen a donde van en peregrinación los suicidas frustrados en busca de alguien que acepte matarlos. Y en ambas, hay una mórbida escena de crucifixión que se repite como vista a través de un espejo: en Retrato crucifican a un grupo de perros en pleno zócalo de la ciudad ante la multitud; en Manual, una bombacasera estalla lanzando clavos dentro de una veterinaria, y el narrador indica que varios de los animales “quedaron clavados contra los muebles y las paredes, creando un fresco de precisas crucifixiones, imaginado por un pintor que tuviera fe en el Infierno”. Seguramente hay más casos, pero me parece que con estos bastan para entender que la idea ronda su imaginación desde hace años.

¿QUÉ BUSCA CON ESTE RETABLO de esperpentos? hay que admitir que no han sido pocos los que ven en ello exceso o provocación. Pero, ¿no había exceso y provocación en el martirio de una santa a la que sacan los ojos, o en otra a la que cortan los pechos, y en tantas y tantos otros cuyas vidas están narradas en la Leyenda áurea y cuyos cuerpos destazados o desollados cuelgan, convertidos en imágenes, de iglesias y parroquias en medio mundo? Quizás Rodríguez Barrón busca lo mismo que los retablos tradicionales: amplificar el dolor, encarnar la culpa, potenciar la pérdida… tal vez su mayor escándalo sea que sus santos no están estofados con hoja de oro sino, como se dice son “de baja estofa”: líderes de bandas punk, niñas esperando el brote de una flor en medio de un huracán, maestros enloquecidos por la culpa y en busca de un extraño perdón.

Ya sabía Juan Carlos Onetti que la tentación de ser Dios “cuando es genuina, prefiere visitar a los muy pobres, a los desesperanzados, a los que no cayeron en la trampa de un destino ordenado”, a los punks, diría nuestro autor. Rodríguez Barrón construye una cartografía literaria —este libro no es más que un esqueje de sus obsesiones— donde la muerte deja de ser un mero hecho biológico para convertirla en un refugio insobornable, tal vez la única pertenencia real del individuo. Sus protagonistas logran arrebatarle a la burocracia, a la naturaleza o a la implacable anatomía de la culpa el monopolio sobre su finitud.


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