Al yonqui del vinil sólo le preocupan dos cosas en la vida: acrecentar su acervo y angustiarse por qué va a pasar con su colección cuando muera.
Conforme me acerco al quinto piso cada vez más pienso en el destino que sufrirán mis discos. En teoría, se los heredaré a mi hija. Sin embargo, no sé si los conservará. Lo más seguro es que los malbarate. Y yo estaré revolcándome en mi tumba porque todo ese tiempo que invertí en conseguirlos, se va a ir a la goma. Sin mencionar el dinero gastado. La cuestión es que, si no se deshace de ellos, mi fantasma también sentirá angustia. ¿Los va a preservar en buen estado? ¿Los va a prestar? ¿Se los van a robar las visitas?
Hubo una época en que estuve enganchado al periflais. Varias personas me han contado que daba miedo, que en donde quiera que me paraba traía conmigo una bolsa tamaño jumbo y que dejaba un camino de polvo por donde pasaba. La neta no me acuerdo. Les creo, pero para mí no fueron malos tiempos. Por alguna razón que no puedo explicar,he olvidado los momentos en que me quedé esperando a un díler. Ahora que esa práctica ha quedado atrás, me he dado cuenta de que era un juego de niños. Ahora sí que estoy enviciado, y sufro y lo padezco. Comparado con la cocaína, es diez mil veces más adictivo. Y más difícil de sobrellevar. Me he convertido en un adicto a los vinilos.
Así como me ocurre con los libros de música, también tengo problemas para ordenar mi colección de discos. No me decido a darles un orden. Y he adoptado la filosofía de un amigo: mi orden es el desorden. Lo cual entraña un problema: nunca encuentro un disco cuando lo quiero escuchar. Ayer mismo me pasé media hora buscando el Rio Grande Mud de ZZ Top, mejor desistí y puse otro. Y es que, aunque le di varias vueltas a los quinientos discos que conforman mi colección, parece que se esconden. Y cuando andas en busca de otro título, es entonces cuando aparece el que llevabas días buscando.
Lo más sensato sería que los ordenara alfabéticamente. Pero me da una hueva infinita. No soy tan ñoño. Entonces los voy colocando conforme van llegando. Como en el mueble en el que tengo la tornamesa ya no cupieron, tuve que guardarlos en un armario. Y como ese también ya se llenó, los tengo en otro mueblecito de televisión dentro de mi cuarto. Mi colección está regada en tres lugares distintos. Hace tiempo un amigo que también es fanático del vinil me recomendó a su carpintero para que me hiciera un mueble nuevo. Pero me resistí. Estoy seguro que si eso ocurre, mi compulsión se acelerará hasta el punto que me deje sin un peso para tragar.
HE HABLADO CON OTROS AMIGOS QUE, AUNQUE TAMBIÉN SON AMANTES DEL VINIL, NO SE ENGOLOSINAN. ENVIDIO SU CONTENCIÓN
Como todo adicto consciente de su problema, hay veces en que paro. Logro sobreponerme a la tentación y durante meses no gasto en ningún disco. Pero entonces sufro una recaída y me compro diez de un trancazo. Aunque utilizo el streaming y el YouTube, cuando estoy en casa la manera en que me gusta escuchar música es en vinil. Lo confieso, el puto regreso del vinil me echó a perder. Ya soy incapaz de prestarle atención a un cd o un casete. Por mamón, por snob, por chagalaga o por todas esas cosas juntas.
Como todo adicto consciente de su desmadre, una mañana me despierto y me llega la aceptación. No puedes tenerlo todo en vinil, pinche vicioso, me repito. Y me quedo tranquilo. Durante un tiempo. Al menos con la cocaína descansaba, me ponía unos loquerones y luego me quedaba en paz. Con los discos no. Producen una clase de insomnio particular, uno que solamente los que lo padecemos podemos entender. Y es que la compulsión no descansa. No importa si estoy escribiendo esta columna, comiendo en las gorditas, teniendo sexo o viendo la NFL, sobre mi cabeza hay una nube con varios títulos rondándome, como buitres. Y yo soy la mejor de las carroñas.
Sé que 500 discos no son nada. Sé que hay gente que tiene miles. Pero los compré en un tiempo récord. No son el trabajo de toda una vida. El conocimiento sí, ese lo he amasado a lo largo de mi existencia. Quién compra esa cantidad en unos cuantos meses. He hablado con otros amigos que, aunque también son amantes del vinil, no se engolosinan. Envidio su contención. Yo no he podido. Yo soy una bestia. Quizá por eso me metía tanto periflais, porque no conozco la moderación. Y pensar que me hice mucho del rogar, al principio ni pelaba los viniles, me hice la mosquita muerta, pero una vez que tuve la tornamesa, el ampli y las bocinas Monitor Audio ya no quité el pie del acelerador.
Como todo adicto consciente de su condición, a veces me pregunto para qué compro otro vinil si algún día me voy a morir. Y no van a poder enterrarme con ellos. Para eso necesitaría un panteón entero para mí solo. Es la maldita adicción jugándome chueco. Porque ojalá ese pensamiento bastara para detenerme, pero no. Cuando bajo la guardia ya estoy otra vez echando discos a mi carrito de Amazon. Es la espiral de la droga. Y si estoy encadenado a ella, es que el ritual, la experiencia de escuchar la música en vinil es incomparable.
A VECES HE SENTIDO EL IMPULSO DE REHABILITARME. De deshacerme de todo. Mi hija me mataría. Pero me han dado ganas de hablarle a mis compas y decirles que se lleven todo. Que no quiero ver nada nunca más. Y después quedarme a meditar. Pero sé que de nada serviría. En unas cuantas semanas el síndrome de abstinencia me doblegaría y empezaría de nuevo. A armarme un equipo y a comprar los mismos discos que ya tenía. Soy un esclavo, a quién quiero engañar. Soy ese tarado que va por la calle con una playera que dice: I’ve got that on vinyl.
Ordenar los discos por bandas en orden alfabético es la norma, pero el caos siempre me ha resultado más encantador. Así que por el momento se van a quedar así. No importa que orita mismo tenga extraviado el The Life Aquatic de Seu Jorge. Un disco que me costó conseguir. Que anhelé mucho. Uno de mis favoritos entre los favoritos. Ahí está. Al rato sale. Pero volviendo a esa preocupación fruto de mi fanatismo, cuando muera la persona, mi hija, o quien sea que atesore el disco sopesará todas las horas que estuve pensando en él, deseándolo, hasta que la alegría de tenerlo por fin se materializó.
Como todo adicto consciente de su condición, he de dejar de preocuparme por qué les va a pasar a mis discos cuando muera. Lo importante es si los he disfrutado o no. Y la verdad, queridos music lovers, los he disfrutado un chingo. A rabiar.
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