El fuego se inició de noche, en una calle de la aduana de Valparaíso, Chile, en 1843 —dice el arranque de Tierra quemada, la compilación de Cristóbal Gaete sobre incendios en la ciudad—, y fue devastador para los negocios de la zona. Se cree que un chico corría con una vela detrás de un ratón. Algo parecido ocurrió en Chicago el 8 de octubre de 1871. Una vaca del granero de O’Leary, de un barrio del sudeste, pateó una lámpara de querosén y prendió fuego a todo el lugar. El viento, enseguida, desató el desastre: 17 mil edificios destruidos —en su mayoría, con construcción de madera— y más de trescientos muertos se contabilizaron después en Chicago.
El fuego tiene, también, sus relatos místicos. Roma se quemó en el 64 d.C., y Nerón le echó la culpa a los cristianos. Muchos sostienen que, en realidad, el origen del incendio de Londres fue una chispa en una panadería —me refiero ahora a la del repostero de Carlos II, rey de Inglaterra— y no a los rayos o a la furia divina, pero otros dicen que Nostradamus vaticinó la catástrofe del 2 de septiembre de 1666. Que la frase famosa en sus Profecías, cien años antes —“la sangre de los justos será reclamada desde Londres, arrasada por el fuego, cuando tres veces veinte más seis sea escrito”— denuncia la corrupción de la metrópoli y anuncia su castigo consecuente. El número de muertos se desconoce, pero se estima que sí se quemaron más de un centenar de iglesias, y las puertas deacceso a la ciudad. La fábula se completa con la falta de reacción del alcalde londinense que, en un primer momento, despreció la propagación del fuego y no tomó medidas: “Una mujer puede apagar este incendio con una meada”, parece que dijo.
Hay más. Swedenborg, el místico, estaba a más de trescientos kilómetros de su casa cuando interrumpió la charla de la cena y, abrumado, les dijo a sus amigos que se estaba incendiando Estocolmo. Era el 19 de julio de 1759 y su visión fue describiendo el crecimiento de las llamas, las bolsas de humo, los detalles de las viviendas: cómo se consumían, cuáles se salvaban. Parece que Swedenborg se quedó por fin tranquilo cuando “vio” que el incendio acababa de detenerse a pocos metros de su casa. Casi enseguida, alguien mandó un correo especial a Estocolmo para confirmar el relato, y todos dieron por ciertas la exactitud y las referencias.
Acogedor y placentero en las estufas y cocinas, dador de alimento y soporte del sueño, tan hogareño como curativo, y a la vez violento, sanguinario, brutal purificador hasta la locura, el fuego ha venido adoptando en la historia para la conciencia de los hombres esta ristra de acepciones disímiles. Ese es el proyecto de fenomenología que Gaston Bachelard publica en 1938 con título Psicoanálisis del fuego. Ahí se trata de “desplegar las experiencias vividas” del elemento, “sin teorías ni explicaciones científicas ajenas”. Bachelard ubica el origen cavernario en el gesto repetido de la frotación del onanismo. Aunque, en rigor, la evidencia más antigua habla del pleistoceno medio —entre 600 mil y 200 mil años, según los libros— cuando el homo heidelbergensis percute una vez y otra vez un nódulo ferroso contra una roca dura, un sílex. Entonces salta la chispa, y se origina el fuego, y crece en las llamas y en símbolos. Freud lo propuso con una mirada sexualizada: habló de las lamidas y la voluptuosidad de las formas, de su relación con las uretras y la micción, de cómo este fuego primitivo exigió de por sí “una renuncia pulsional”. Y del mito de Prometeo: del fuego eterno robado a los dioses, para acceder al conocimiento, del buitre que diariamente roe el hígado, en castigo por el intento, por buscar asimilarse a la divinidad.
Stekel resume este tipo de vínculo en 1924, y lo que sigue es paráfrasis: la sexualidad incipiente y no gratificada empuja al individuo a buscar una solución simbólica de su conflicto entre instinto y realidad, y Jung piensa el fuego —también lo piensa Empédocles cuando habla de su fascinación y su autodestrucción— como un complejo fecundo y arcaico. Como recuerdo de infancia, como integrante de conversaciones y confesiones en la cocina, como símbolo de pureza y fascinación, como símbolo de locura y maldad, homicida, traidor, nuestra relación con el fuego es originaria, y necesita siempre estar contenida para no perder el control.
FAHRENHEIT 451
Claro que primero está el reconocimiento a la labor, pero la otra cara dicta que los mismos bomberos suelen estar entre las listas de sospechosos que provocan incendios. Particularmente, California registra un historial largo de voluntarios piromaníacos. Bombero incendiario, síndrome del héroe son algunos de los motes con los que se rotuló al caso más conocido, el de John Leonard Orr, que durante dos décadas fue capitán-investigador de incendios en Glendale, y finalmente sentenciado a 30 años de cárcel en 1992. Se cree que secretamente provocó más de dos mil incendios hasta el de la ferretería Ole’s Home Center, el 10 de octubre de 1984, con un saldo de cuatro muertos. Los reportes hablan, de hecho, de que cuando el grupo de investigación concluyó que el fuego de la ferretería había sido provocado por una falla eléctrica, fue el mismo Orr quien insistió en un acto intencionado. Llama la atención, sin duda. La elaboración de la compulsión de Orr: cómo él se ubica en un trabajo que de alguna manera le “permite” gestionar el incendio, y después, apagarlo. Además de una serie de huellas dactilares, halladas en artefactos que al final no estallaron, lo que verdaderamente desencadena la captura de Orr son los resultados de registro de su casa. La Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de fuego y Explosivos encontró un manuscrito, Points of Origin (Puntos de origen) de lo que parecía una novela inédita escrita por Orr. El manuscrito cuenta la historia de Aaron Stiles, “un investigador de incendios del sur de California” que se excita sexualmente cada vez que provoca fuego. Mantiene así “una especie de doble vida” entre su trabajo de asesoramiento técnico a las autoridades, y la “descarga de adrenalina incontrolable al ver las llamas devorarlo todo”. Y, según siguen los reportes, en el capítulo VI se narra con mucha precisión y detalle el origen del fuego de una ferretería en South Pasadena, y las muertes en consecuencia. A pesar de que Orr sostuvo que se trataba de simple ficción, el manuscrito aparece como prueba durante el juicio. Hay, además, otros detalles atendibles sobre la coincidencia entre manuscrito y realidad: provocar incendios simultáneos en lugares distantes entre sí —para distraer y segmentar las tareas de los bomberos; ubicar artefactos que iban a estallar en góndolas con materiales inflamables; y un modus operandi que singulariza, da cuenta de la personalidad: envolver siempre con papel amarillo un cigarro encendido junto con tres fósforos, y sujetar el paquete con una liga.
JURÍDICAMENTE, EXISTE UNA DISTINCIÓN MUY CLARA ENTRE INCENDIARIOSY PIROMANÍACOS. SEGÚN JULIA AURORA SANCHÍZ-FERRERO (1961),LA CATEGORIZACIÓN RADICA EN EL MOTIVO
Jurídicamente, existe una distinción muy clara entre incendiarios y piromaníacos. Según Julia Aurora Sanchíz-Ferrero (1961), la categorización radica en el motivo; es el motivo, dice, lo que distingue, la intención que parte aguas. No es lo mismo, anota, la provocación de un incendio con ánimo de robo, deseo de venganza, o incluso cobrar un seguro, que la convulsión repetida de alguien que no puede explicar la causa. Siempre, por supuesto, se trata de una acción dolosa y la seguridad pública es el bien vulnerado: no resulta del todo fácil determinar si la causa es prender fuego a la habitación de una sola persona, o a un pueblo entero. El caso es que el crimen de incendio está entendido como causante de estragos, igual que el descarrilamiento, naufragio, envenenamiento o adulteración de aguas potables o medicinas o alimentos, propagación de enfermedades peligrosas o contagiosas para las personas.
En los manuales de psiquiatría, en cambio, el perfil del piromaníaco aparece agrupado como trastorno compulsivo junto con la enuresis nocturna, el maltrato a los animales, la cleptomanía, la automutilación. La persona no reconoce qué la estimula, pero declara sentirse impulsada por sentimientos de frustración, cólera o ira. Esquirol refiere esta manía como “una variedad de la monomanía sin delirio, caracterizada por el deseo instintivo de incendiar”. Mientras que el psiquiatra alemán Emil Kraepelin, en 1886, distingue los incendios motivados por sujetos de “inteligencia perturbada, incapaces de detener impulsos”; los que actúan por ideas delirantes, o por depresión; y los “histéricos” / “epilépticos” para quienes no existe justificación. El punto es que apenas en 1967 la piromanía queda clasificada como trastorno de control de impulsos, con una intención notoria de psiquiatrizar la delincuencia. Lewis y Yarnell (1951) hablan de sadismo y de destrucción de objetos. Objetos psíquicos odiados: del fuego como elemento purificador que destruye el objeto malo de la vida imaginaria. Con todo, pese a las diferencias y a las clasificaciones, un dato se releva repetido y luminoso en su singularidad. No existe planeación del acto, esto era evidente en tanto estamos a nivel del trastorno. Y es un trastorno bastante raro. Pero además, el piromaníaco, la piromaníaca, siempre actúan solos. Repentinamente operan. Se habla de personalidades retraídas, hurañas, melancólicas, de la abrupta excitación sexual hasta el límite, y de la molicie y la amargura, el vaciamiento posterior.
Quiero detenerme en Eróstrato, el pastor que vivió en Éfeso, en Turquía, y al que se le conoce como el primer incendiario de la historia. Que prendió fuego al templo de Artemisa (Diana) el 21 de julio de 356 a.C., un templo revestido en madera y oro, de 115 metros de largo por 55 de ancho, considerado dentro de las maravillas del mundo. Dicen que, durante la tortura, Eróstrato confesó que lo hizo para que nunca nadie lo olvidara. Él habla, melancólicamente, de su sed de inmortalidad. Pero el rey persa lo condena a muerte e impone algo brutal: que nunca, en ninguna ciudad de Jonia, alguien vuelva a mencionar su nombre. El relato nos llega por Teopompo, que muchísimos años después cuenta la historia, y aparece también en obras como El Quijote, y cuentos de Lope de Vega.
LA CASA ARDÍA, EL CIELO AMARILLO ROJIZO PARECÍA EL PROPIO DEL OCASO [...] CUANDO HUBIERAN TERMINADO, NADA QUEDARÍA’. LA CITA ES DE ESA ESCENA FUNDAMENTAL DE LA QUEMADURA DE LA FINCA DE ANCHO MAR DE LOS SARGAZOS DE JEAN RHYS
Paréntesis sobre
los registros de casos de combustión espontánea humana, cuando el cuerpo comienza a arder, a incendiarse, sin fuente externa, sin razón aparente. 1746 es la fecha en que se publica por primera vez el término como explicación rara, cierto, pero posible de la muerte de la condesa italiana Cornelia Zangari Bandi. Dickens narra la historia en la novela Casa desolada (1852). Dicen que Cornelia se sintió pesada después de cenar, y que había bebido. Que fue acompañada a su dormitorio por su secretaria, con la que se quedó conversando un rato, antes de decirle buenas noches. Que al día siguiente, preocupada porque se tardaba, la chica fue a despertarla y encontró el cuerpo en cenizas, “cubierto de hollín”, aunque algunas partes permanecían intactas: tres dedos, por ejemplo, y la parte frontal del cráneo. Este estado se repite en todos los casos. Es el cráneo el que perdura, como si fuera imposible destruirlo del todo a pesar del fuego propio. Lo mismo con la condición de los muebles de las habitaciones —nunca aparecen quemaduras ni en la cama, ni en los sillones, cortinas o alfombras, ni siquiera objetos derretidos, a no ser más que algún pomo de puerta, el marco de un cuadro— pero sí se registra una pátina de grasa maloliente sobre ellos. También existe un cuento extraño, que sigue esta lógica y esta regla, de Frederick Marryat —amigo de Dickens— en 1834, y una indicación en el British Medical Journal de 1938: las víctimas de combustión espontánea suelen ser mujeres muy mayores y muy alcohólicas. Siguen estas líneas, los artículos publicados por Krogman en The General Magazine and History Chronicle sobre el caso de combustión de Mary Reeser, en Pensilvania, Estados Unidos, cien años después de la novela de Dickens. Krogman registra el asombro y el miedo al no encontrar muebles quemados, únicamente el cuerpo, como si el cadáver hubiera sido obsesivamente recortado de la escena. Parece cosa de la magia negra. El cuerpo muerto de Mary Reeser, en las mismas condiciones que el de la condesa, con un pie izquierdo —y su pantufla— con los huesos de la cabeza intactos, dice Krogman, porque la cabeza “no queda completa en los casos de quemado ordinarios. Ciertamente, [el cráneo] no se marchita ni se reduce simétricamente a un tamaño más pequeño. En presencia de calor suficiente para destruir los tejidos blandos, el cráneo literalmente explotaría en muchas partes”.
Cierra paréntesis. Claro que otros insisten en que Mary Reeser, en 1951, sólo decidió emborracharse y fumarse un cigarro antes de irse a dormir, que no hay razón para pensar su muerte como combustión espontánea, sino que cabe la idea de accidente, algo tan trivial, tan absurdo por lo trivial, como que la señora se prendió fuego a causa del cigarro encendido en su mano, como la historia que narra Cortázar,
todos los fuegos el fuego,
ya que los incendios, en literatura, abundan. Desde los pájaros inflamados por los oráculos griegos a las llamas que nunca se apagan en el infierno del imaginario medieval, del fuego que se prende por equivocación sobre el lomo de una ballena en Simbad el marino, a los cuentos alucinados de Jean Paul, a la fogata frente a la que Mary Shelley, una noche de 1816, habló para siempre de Frankenstein. Pienso también en las historias actuales, en el caso medio disparatado de un piromaníaco en Argentina, Kin Zhong Li, de origen chino, que fue acusado de incendiar, de madrugada, más de veinte mueblerías de Buenos Aires en 2005. Lo detuvieron cuando iba en bicicleta, con dos litros de nafta y una caja de fósforos y lo reclutaron en el penal de Marcos Paz. Pienso en su historia, y en todos los otros relatos que disparó.
Hay, también, incendios más clásicos. “La casa ardía, el cielo amarillo rojizo parecía el propio del ocaso […] Cuando hubieran terminado, nada quedaría”. La cita es de esa escena fundamental de la quemadura de la finca de Ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys, cuando los esclavos rodean la casa, y la van prendiendo por tramos. La novela se va cargando de palabras —dice chispa, dice humo a cada rato antes de narrar esta escena— para dar la dimensión brutal y liberadora del incendio que devora todo, que se lleva puesta toda la naturaleza y todo el espacio, y también el régimen de esclavitud y opresión. Y este incendio resuena otra vez al final: cuando es la mujer, la loca del ático —así le dicen— la caribeña que ya ha sido recluida en Inglaterra la que prende fuego a las cortinas para liberarse también.
Arde también la casa de Joana Burdenen las primeras páginas de Luz de agosto de William Faulkner. Arde y la observa una de las protagonistas, Lena Grove, de veinte años, que llega al pueblo para encontrar al padre de su hijo. Pero es en “Incendiar establos” donde este escritor cuenta la historia de un chico al que le piden que acuse o que defienda a su padre piromaníaco. Y el chico, anota Faulkner, “de haber sido aún mayor acaso hubiese adivinado la razón: que el elemento del fuego hablaba y llegaba a tocar en lo más vivo algún resorte ubicado en lo más profundo del ser de su padre”.
Y creo que estas palabras, en el cierre del recorrido, dan cuenta de todo el trabajo del fuego. De eso que el mismo Faulkner entendía como un fósforo en medio de la noche. Que la literatura no sirve para iluminar nada, así dijo, la literatura sólo sirve para iluminar mejor cuánta oscuridad hay a nuestro alrededor.
Entre auras farmeadas y guitarras imaginarias
