Para Sergio Sánchez Alpade, “Pollo” (†)
Y no pude conseguir la trifecta porque ya no alcancé boleto para el sábado.
VIERNES
Un par de horas antes del concierto me llegó un mensaje desde Towers. Había fallecido el Pollo. Sentí cómo se me encogían las tripas. Nunca es buen momento para recibir la noticia de la muerte de un amigo. Y menos cuando estás a punto de ir a David Byrne. Y te encuentras lejos, sin la posibilidad de acompañarlo en los servicios funerarios.
Durante un tiempo estuve en un chat con Pollo y otros cuates. En el que varios de nosotros no desaprovechábamos la oportunidad de descargar nuestra habitual amargura. En una ocasión Pollo dijo que no amábamos la vida. Lo que me resonó ahora que iba a ver a David Byrne. Creo que si alguien amó la vida fue Pollo. Así lo demuestra el tiempo que estuvo luchando contra sus problemas de salud. Quienes lo conocimos supimos de las condiciones contra las que tuvo que evitar naufragar. Y, sin embargo, hizo muchas cosas a pesar de las adversidades que le tocaron. Por eso mismo, en memoria del mismo Pollo, siempre nos decía que viviéramos todo al máximo, “ustedes que pueden”, decidí sobrellevarlo lo mejor posible y no bajonearme en el concierto. Porque, estoy seguro, que, de haber podido, Pollo también habría estado esa noche en el concierto de David Byrne.
Conocí a Pollo hace unos años. No tuve tanto tiempo para convivir con él. Pero el tiempo que compartimos lo disfruté un chingo. Algo decía Borges de las amistades que se ponen en pausa. Creo asimismo que la amistad no se puede contabilizar. Por eso si fueron veinte años o cinco, la relación que tuvimos fue sólida. Nos unía la pasión por la música. Y por la comida. Sí, por supuesto que me sentía triste. Quedaron cosas pendientes. Las cuales se saldarán ya en otro plano. Era fan de los Diablos. Y una tarde le escribí para decirle que le llevaría un vaso que le había comprado. Me contó que estaba en el hospital. Sí, otra vez más. Ya eran tantas, que estaba cansado. Y eso se notaba. Y pues bueno, ya no le alcancé a dar el regalo. Espero que estas palabras le sirvan de homenaje, a la amistad que quiso compartir conmigo.
Ese viernes en la noche llegué al Metropólitan y lo primero que vi fue una estampita de santo de David Byrne. Y los billetes con la cara de la Cabeza Parlante. Después de unos minutos las luces se apagaron y el concierto comenzó con una canción que no podía ser más apropiada. Como una despedida para el buen Pollo. Everyone is trying / to get to the bar / the name on the bar / the bar is called heaven, cantó el señor Byrne. Y no pude sino imaginarme a Pollo entrando en ese bar que es el más allá. Y recordé la única vez que me tomé unas chelas con él. De todas las veces que nos vimos, sólo una bebimos. Una tarde en el Versalles. Y vaya que le metió. Fue una buena peda. Después, ya no lo vi beber, pero sí compartimos la comida en muchas ocasiones. Qué buen cocinero era.
Estoy seguro que Pollo recibió el mensaje de David Byrne.
Después de esa intro, bailé y disfruté lo mejor que pude el privilegio de estar esa noche allí. Pero sin perder de vista que algún día, remoto o cercano, también entraré en ese bar llamado Heaven en el que ahora está Pollo.
EVERYONE IS TRYING / TO GET TO THE BAR / THE NAME ON THE BAR / THE BAR IS CALLED HEAVEN, CANTÓ
EL SEÑOR BYRNE.
DOMINGO
Cuando llegué al Metropólitan llovía. Me mojé un poco, en lo que caminé desde la estación del metro. Al parecer todo mundo estaba allí, pero no coincidí con nadie. Excepto con Héctor González, con quien me tomé una chela antes de que el show comenzara.
Todo preso es político, Carlos Solari lo sabía, todos lo sabemos y David Byrne lo sabe, y por lo mismo salió vestido, y sus músicos-bailarines también, con un mono naranja como el que portan los reos en la cárcel en Estados Unidos. A todos nos consta el amor que David Byrne le tiene a México. Por eso sus consignas Fuck ICE en las pantallas. Por eso presumió también que en su paso por Ciudad Godínez no desaprovechó la oportunidad de acudir a la lucha libre. Y tampoco de ir a tirar dancin al Barba Azul.
No recuerdo haber bailado tanto en un concierto, fue el mensaje que recibí al día siguiente de parte de un amigo. Y es que la noche del domingo fue una clase de aerobics para muchos de los que ahí nos congregamos. Ahora estuve en una sección más atrás, a diferencia del viernes en que me tocó en las primeras filas. Pero la fiesta se vivió con total intensidad. La versatilidad de David Byrne es única. A los Ramones no podrías haberlos puesto a bailar así. Esa quizá sea, entre otras, una poderosa razón de por qué el post-punk sigue vivo en las piernas de distintas generaciones.
Sin embargo, no faltaron los mamarrachos que se agarraron a golpes y los sacaron. Por dios, yo sé que he sido ese mamarracho y me he agarrado a golpes en alguna tocada. Pero nunca con David Byrne. Y en mi defensa diré que nunca he provocado. Ha sido a mí a quien me ha tocado lidiar con otro escandaloso mala sangre. Fuera de eso, todo el público estaba entregado a ese latigazo sonoro que nos hacía brincar como resortes incontrolables. Y a pesar de tanta felicidad, era imposible no sentir nostalgia por los Talking Heads. Ya estaban ahí las canciones, y el genio de David Byrne, qué más le costaba una girita de reunión. Y poder ver a la leyenda completa. Pero bueno, no fue. Y quizá no será. Y pues a disfrutar lo votado. Lo que teníamos a la mano. A ese gemelo musical de Norman Bates. Como el mismo David Byrne se categorizó. Y la neta es que sí se parecen. Bueno, se parecían. El David Byrne joven se parecía. Ahora, con el pelo totalmente blanco plata parece más personaje de El señor de los anillos.
Todo un agasajo el show, con David Byrne dándose el lujo del skateo, y con una banda que a ratos suena en referencia a Stevie Wonder, luego a Prince, luego a Beatles. Para después volver a sonar a Talking Heads. Un viaje musical por las últimas décadas, en las que David Byrne se ha dedicado a explorar un ritmo sí y otro también. Tres noches al hilo. Sesenta canciones. Y luego va a Monterrey y Guadalajara. A prenderle fuego a la casa. Es un atleta, David Byrne. Un deportista de las emociones. Esas que despierta cada noche en que suenan los primeros acordes de “Burning Down The House”. Himno con el que cierra los conciertos de esta gira. Y con el que manda a todos a soñar.
Varanasi y otros poemas
